Por Oscar Taffetani

(APE).- El primer delito del que tengamos noticias aquí, en el sur de América, fue perpetrado en 1516. Según consta en los registros coloniales (Documentos relativos a la conquista del Río de la Plata, Madrid, 1872), un marinero de la expedición de Juan Díaz de Solís, de apellido Calderón, denunció a su compañero López de la Garza por hurto de una faltriquera con 15 reales de oro. La Garza admitió el hurto, pero alegó que había sido en cobro de una deuda de juego. Entonces, el Piloto Mayor ordenó que a la mañana siguiente, dos horas después de la salida del sol, se castigara a López de la Garza con diez garrotazos, aplicados "con fuerza y sin conmiseración".

El castigo no llegó a cumplirse, porque al amanecer atacaron los charrúas, matando -y luego devorando- a Juan Díaz de Solís, a Calderón y a López de la Garza.

La moraleja que se desprende de esta historia es que nunca al investigar, juzgar o condenar un delito, debe perderse de vista el contexto.

Criterio semejante ha empleado el juez en lo correccional Luis Schlegel, al absolver de culpa y cargo a un hombre de 40 años, padre de dos niñas de 4 y de 2, detenido a la salida de un supermercado cuando llevaba oculta entre sus ropas una pequeña horma de queso.

La causa llegó a juicio oral y el fiscal pidió para el frustrado ladrón de queso cinco meses de prisión. Un castigo ejemplar, que apuntaba a evitar la reincidencia y desalentar a cientos (o miles) de ladrones potenciales de quesos, que acechan a la vera de los supermercados.

Pero el juez leyó atentamente el expediente, vio que aquel hombre había pasado ocho años en prisión por un robo a mano armada y que manifestaba el sincero deseo de cambiar de vida; tuvo en cuenta que el acusado declaró que el queso iba a servir para alimentar a sus hijas; y tuvo en cuenta también que el valor de lo hurtado -15 pesos- era insignificante.

"Este caso -escribió en su sentencia- trata de un pequeño queso. No lo sustrajo el procesado de la canasta de otra persona, ni del morral de un mendigo, sino de una góndola de una empresa que tiene un departamento de Prevención de Pérdidas. Eso es parte del riesgo empresario, y para reducirlo están los sistemas de seguridad, requisito de pólizas de las compañías de seguros..."

El juez dejó caer así una gota de racionalidad, sobre un delirante mar de injusticias e inhumanidad.

Le dio así una lección a los halcones letrados, a esos abanderados de la “tolerancia cero”, a esos constructores del sórdido infierno blanco en donde las niñas del desocupado no tienen derecho a conocer el sabor, ni el color, ni la alegría de un queso.

 

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