Por Mariana Romero, desde Santa Fe

(APe).- El barro es origen. El agua parece comerse la tierra y la arena. De tan cansada ante el constante aguacero, ya no drena. Los más chiquitos andan con sus piecitos en el barro, como divirtiéndose; las madres, enojadas y en ojotas, les gritan, insisten para que salgan del lodo, como si fuese posible  escapar de aquello que los rodea. Más atrás cruzan por la calle principal un par de pibes que van a la escuela y que prefieren conservar el blanco de sus únicas zapatillas, por eso deciden cubrirlas con bolsas de supermercado, hasta que alcanzan el asfalto prometido y se deshacen de ellas, teniendo dos más de repuesto, para la vuelta. Otros, afortunados, andan también en botas de caña alta, pero son los menos.

Alto Verde tiene un  centenario a cuestas, y de ese modo parece exhibir juventud ante su madre santafecina que lo vio nacer como refugio de trabajadores portuarios. Sin embargo, es en esta isla - y no en la antigua zona sur de la ciudad- donde se respira el origen, donde está la génesis, distante de la civilización. El principio.

El barrio tiene cien años pero el  tiempo no parece transcurrir en esta zona. La línea histórica simula enrocarse, retroceder y no avanzar, lanzarse –en cambio- hacia atrás y dibujar el origen de la región, cuando todo era arena, barro, sauces, agua y rancho.

Sumas y cifras

Es que en Alto Verde las sumas son un problema. Ciento seis años al lado de una de las ciudades más importantes del país y no hay ninguna  calle asfaltada, sólo un colectivo de línea, una escuela por nivel, un dispensario, una comisaría. Para las cifras copiosas sólo resta la cantidad de pobres, las muertes, las balas.

Si no hay suelo firme, la línea 13 no entra al barrio. Ya cantaron esa verdad los chicos del grupo de rap costero “La voz del pueblo”, cuando le increpaban al intendente que se baje de su 0km particular y los acompañara a viajar en bondi. Sin embargo, el único servicio público de transportes, cuando llueve, sigue llegando sólo hasta la segunda manzana del Barrio,  dejándoles a los vecinos el periplo de atravesar la isla por el lodo para alcanzar el otro lado.

Con las últimas lluvias de abril, el barrio quedó aislado. Ni el colectivo ni los remises particulares ni la policía y tampoco la ambulancia ingresó a Alto Verde.  Los laburantes que vivían en las manzanas más cercanas se sometieron  a la obstinada odisea de peregrinación durante días para llegar a sus trabajos; muchos pibes se quedaron sin escuela, otros, sin comedor. María Cristina Cañete, la mamá de Gastón, un pibe de 16 años epiléptico, le contó a un medio local que tuvo que arrastrar a su hijo en una silla de ruedas por el barro hasta el Centro de Salud “Demetrio Gómez”, que queda en la manzana cinco. Allí esperó vanamente a que entrara la ambulancia para poder llevarlo al Hospital.

En estas condiciones, la meritocracia parece también empantanarse en el barro. Cuando la desigualdad teje estos escenarios, la desesperanza, la ira y el horror copan el escenario. 

Un estudio realizado por Sebastián Martínez, estudiante avanzado de Arquitectura (Fadu/UNL) acerca de las debilidades de la movilidad urbana y el acceso a la salud, demostró que Alto Verde es uno de los barrios de la ciudad  que  no presentan recorridos de transporte suficientes para una llegada rápida a un hospital público: “Una persona desde Alto Verde tiene dos horas promedio para ir y otras dos horas más para volver hasta un hospital”.

Es que en Alto Verde, las urgencias parecen aullidos mudos. Los pibes del barrio cuentan que en una inundación pasada, un chico murió  porque no lograron sacarlo de las fronteras del barrio. Esa partida  callada por los medios locales, refleja las fisuras del sistema que simula urbanización ahí donde sólo se instaura olvido y desidia: el centro de Salud estaba cerrado, la ambulancia no entró por el barro, la policía –como es costumbre ya- no está cuando la tarea es la colaboración.

Ronda la muerte

La muerte está escondida en cada pasillo, agazapada a la vuelta de cualquier rancho y suele marcharse sigilosamente, como a puntitas de pies, cuando hace lo suyo límites adentro. Ahora cuando las balas salen de Alto Verde, para impactar –por esas malas e injustas rachas del azar- en el cráneo de una niña que asiste al reconocido Club Regatas, que está del otro lado de la laguna, los medios no tardan en difundir la noticia y en direccionar el dedo acusador al barrio costero, así en su generalidad. Mientras tanto, nadie anuncia las balas que van en dirección al grupo de pibes que juega a la pelota en el campito de La Guardia –otro paraje costero-; ni cuando permanecen en sus casas y de pronto una balacera no parece pedir permiso para llevárselos a la Parca, como pasó ya con el ícono Kevin.

Una madrugada de domingo, los dolores despertaron a Gisela para avisarle que su niño iba a nacer. Su familia, como es ya una obviedad, no tiene auto particular y sabe que los remises truchos (como suelen llamarlos) no funcionan a esa hora; y los otros, los legales, no entran al barrio. El botero tampoco era una opción, saben en Alto Verde que no se cruza el charco de noche. Ingenuamente llamaron al 107 para que se acercara, pero las ambulancias estaban ocupadas o no estaban dispuestas a acudir con diligencia al llamado por la vida en el barrio. Fue por eso que emprendieron la tarea de acompañarla a paso lento todas las cuadras que los separaban de la parada y así, tomaron el 13. Fue mucha la fuerza de ese niño por salir al mundo, para llegar a donde se suponía debían contenerlo, que decidió asomar su cabecita en el colectivo urbano, para ser envuelto por una remera que alguna mujer, viajera amiga, donó y alcanzó a cubrirlo.

La frontera que separa las Santa Fe no es sólo una avenida, también es un riacho. Un charco que constituye una traza, un margen, que configura un periplo interminable, inabordable, inaccesible, cuando se intenta cruzar al otro lado.  Por eso los dejan ahí, rodeados de agua y anclados en el barro, en la arena que no drena. Por eso la Municipalidad decide tirar un poco de escombros, de tanto en tanto, para que parezca que están pisando tierra firme y los aullidos se disipen.

Pero al grito, como la fuerza del niño por nacer, no hay como sosegarlo.  Por eso los vecinos de Alto Verde clamaron con fuerza cuando los niños, jugando en el barro, encontraron -entre los escombros que la Municipalidad había arrojado- piezas de ataúdes, manijas, herrajes, crucecitas, chapitas brillantes y restos óseos. Recién hace unas semanas, el Intendente (quien casualmente recibió en ese tiempo felicitaciones del gobierno nacional) admitió el hecho y advirtió que los responsables tendrán su merecido. Sin embargo no se acercó a Alto Verde, ni en su 0km particular ni en la línea 13; para ofrecerles a los vecinos algunas palabras que intentaran explicar algo de lo acontecido. ¿Será por qué es notablemente difícil de declarar que desde el gobierno municipal se les arroja muerte?

El gobierno que trabaja para los desprotegidos, mientras arregla las calles del macrocentro santafecino, simula construir suelo firme para el barrio costero; para invitarlos, luego –con el clásico Santa Fe, la cordial- a caminar sobre muertos.

Orígenes

El barro es origen. Los niños siguen jugando, con sus piecitos desnudos en la arena que no desagua, levantando alguna crucecita brillante del suelo gastado. ¿Pensarán ellos –acaso- que ese objeto es el tesoro que los lanzará al otro lado?

Que no sea el clamor mezquino de los del centro el que los acune, el de aquellos que les cantan que bajo sus piecitos descalzos duerme el origen y se anuncia el fin. El rasguido de la guitarra será más fuerte, y será su coterráneo Horacio Guarany quien les tararee la nana de la esperanza.

 

Alto Verde querido, pueblito humilde del litoral:

 tus ranchitos dormidos, yo sé que un día despertarán

Canoïta que pasas rumbo pa’ la ciudad:

aguas arriba un día, tras la esperanza te he’ i de llevar.”

 

    Fotos: Mariana Romero

Edición: 3175

Recién editado

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