Por Bernardo Penoucos

(APe).- No levantan la voz, ni se exasperan. No le hablan a un sujeto colectivo y la categoría pueblo rara vez es incluida en alguno de sus discursos. No se enojan en cámara -sonríen relajados-; se muestran equilibrados, mantienen la compostura. No le hablan a las masas ni a la clase trabajadora, le hablan al ciudadano, al argentino, a vos, promulgando una homogeneización contraria a cualquier interés de clase, a cualquier lucha de intereses.

La estrategia comunicacional es, casi, perfecta. El modelo político actual, su idiosincrasia, su ética y sus valores neoconservadores logran ingresar por la puerta de adelante a cualquier casa: a una villa, a una casa de clase media, a un country. No explicitan, como forma, la rabia ante la injusticia, sino más bien que militan por la esperanza y por el reconocido esfuerzo individual. No terminan de decir -cuando dicen- casi nada, porque no necesitan decir “lo que la gente ya sabe”, mientras parte de la gente dice que sí, que ya sabe, sin saber qué sabe y cómo lo supo. Tienen una herramienta cuasi lapidaria, una suerte de epidemia que se mueve como agente multiplicador y es la educación para la desconfianza, un continuo mensaje xenófobo masivo que nos dice que de nada sirve el amontonamiento y la movilización, porque eso “es el pasado y al pasado no volvemos más”.

Sacan la historia del análisis de lo actual y de repente parece que todo lo han inventado ellos, inclusive ese estadio superior a la democracia que, algunos, se animan a nombrar meritocracia. Nos quieren pacientes, dice el Indio. Es así, nos quieren pacientes y muchas veces lo lograron y lo siguen logrando.

El neoliberalismo no es sólo un plan económico excluyente, un proceso de desindustrialización impulsiva, una clase política dominante dócil y entregadora. No, el neoliberalismo es algo más grave, si es que existe algo peor. Es una fábrica de desconfianzas, un manual que nos enseña la autoculpa, una lima que va desgastando los lazos solidarios, una herramienta que sirve para colarse en la subjetividad y construirnos otros pensares y otros sentires: sujetos sujetados, diría José Pablo Feinmann.

El neoliberalismo sabe hacer eso muy bien, porque ya lo ha hecho y ya le resultó. Porque lo hizo en dictaduras pero también lo sabe hacer en democracia lanzando su voz a los 4 vientos, explicando el desguace como si nada, marcando posicionamientos en universidades y en reformas que retrasan décadas. Enjuiciando sin jueces, judicializando lo político, haciéndose acreedores de una reserva moral insustituible.

Allí en la sobremesa, en el club, en el asado, en el barrio y en la escuela, el neoliberalismo se sienta, opina, ríe, convence, eructa y se va.

Edición: 3506

Recién editado

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