Por Silvana Melo

(APe).- Veintiséis agrotóxicos en una cabeza de lechuga capuchina, un ministro que es parte de la pesada herencia y que insiste en la equivalencia del glifosato y el agua con sal, un equipo ministerial que abre las puertas a la fumigación indiscriminada para consolidar el modelo de agronegocios a costo de la mismísima vida. Un poder robustecido por empresarios y terratenientes, en el rumbo contrario de todas las investigaciones científicas serias que han demostrado las consecuencias terribles sobre la salud de los seres vivos, de agroquímicos prohibidos que la Argentina sigue utilizando como si aquí no hubiera pasado nada. De fitosanitarios, como se deben llamar ahora, desde que el poder, definitivamente en manos de la riqueza concentrada, interviene también el lenguaje.

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Por Carlos del Frade

(APe).- -Hay jóvenes esclavizados por el delito y la violencia – dijo en el aniversario 202 de la primera declaración de la independencia argentina, la intendenta rosarina, Mónica Fein. Una frase valiente y espesa. Muy espesa.

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Por Bernardo Penoucos
   

    (APe).- Cristian Pitty Álvarez tenía la muerte dándole sombra hacia años, muchísimos años. Lo escribió en canciones, lo dijo en entrevistas y lo expresó infinidad de veces mirando el lente de una cámara de televisión, habló del suicidio y del profundo deseo de irse, muy lejos, de este mundo. La ayuda no llegó o si llegó no sirvió y entonces la sombra se hizo muerte y el arma disparó. No llegó el amor para pelearle a la violencia y no alcanzó el amor para iluminar la sombra.

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Por Alfredo Grande

“Dedicado a las mujeres, madres coraje, que luchan

contra los asesinatos denominados gatillo fácil”

(APe).- Uno de los mandatos de la cultura represora es que los hombres no deben llorar. Esta prohibición asocia llanto con debilidad, con falta de virilidad, con flojera. Por eso decir “hombre” no es solamente un genérico que abarca hombres y mujeres. Hombre en el marco de la cultura represora es una máquina de producir, de rivalizar, de sobresalir, de triunfar y de destruir. Los hombres no deben llorar pero los hombres si deben hacer llorar. No solamente a las mujeres, a las niños y niños, sino a otros hombrecitos que no clasifican en el mundial de las bestias.

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Por Silvana Melo
   

(APe).- Las victorias suelen cimentarse sobre la tragedia. Y la verdad se oficializa en leyes y se legitima en las calles a partir de la muerte. Demasiadas veces fueron niñas y niños los que asumieron el sacrificio. Y parieron leyes con su nombre. La muerte de Justina y la marca a fuego de Brisa gestaron dos derechos incontestables. Pero ciertas hectáreas de la naturaleza humana suelen renegar de la empatía con el dolor.

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