Por Claudia Rafael

(APe).- La historia de Efraín duró 16 años. Entre los esteros y la pobreza profunda. Efraín Esteban Vázquez Gamarra vivía en Santa Rita, Misiones, Paraguay. Con su mamá y sus 13 hermanos. Iba a séptimo grado. Y solía ir al esteral a buscar los tributos del agua para llevar a la mesa de su familia. Pescar para vivir. O para sobrevivir, entre pobrezas que van arrancando las riquezas de la tierra para desnudar de soles y vientos. Y naufragar entre las penurias del capitalismo que divide injustamente a las mujeres y los hombres.

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Por Carlos del Frade

(APe).- -Después de la pausa más capítulos sobre esto que está pasando…seguimos con el asesinato de Sheila en detalle…-anuncia el conductor de la cadena nacional privada sobre el asesinato de Sheila. Habrá que agradecerle la sinceridad: “…después de la pausa más capítulos”. La novela del morbo y la perversión. Sin chequeo de fuentes ni nadie que cuide la intimidad de ninguna familia. La matan y la vuelven a matar cada cinco minutos. Mientras tanto, los matadores seriales de guante blanco, los planificadores del saqueo que inauguran la sede del FMI en la Argentina colonial del siglo veintiuno, siguen su tarea silenciosa e impune.

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Por Alfredo Grande

(APe).- Escuchadme. Estoy en la edad en la que como no puedo dar malos ejemplos, apenas puedo dar buenos consejos. Así me lo enseñó Oscar Wilde, y cuando lo escuché me pareció que mi tiempo de dar malos ejemplos era eterno. Quizá ni siquiera sean buenos consejos los que puedo dar. Pero he aprendido que es más importante saber de quién hay que alejarse que tener alguna idea de con quienes conviene acercarse. Unidos, pegoteados, ensamblados, compactados con todo aquello que nos hace pelearnos contra nosotros mismos, pelearnos contra todos aquellos que pueden enseñarnos, orientarnos, ubicarnos, conducirnos.

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Por Silvana Melo

(APe).- Y fue Sheila y es Sheila otra piba tirada a la basura, estragada y muerta, arrollada y atada, puesta en una bolsa negra, precintada como ese futuro que quedó en el camino, desalojada del vientre de esta vida porque era Sheila una velita en la tempestad sistémica, un corderito en la masacre de la condición humana. Y Sheila no tuvo ojalá, no tuvo más que castigo por la propia furia de sus lobos, por ser pequeña y flaca como la esperanza que un día se fractura y no hay férula que la sostenga. No tuvo ojalá ni utopía ni deseo de mañana Sheila, mordida por los lobos cercanos, devorada por predadores de su sangre, hecha residuo y tirada en bolsa a la basura, como se arroja lo que sobra, lo que fastidia, lo que le coloca una cereza brillante a esta vida mustia y desgarrada.

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Por Silvana Melo

(APe).- Ojalá que estas palabras aparezcan antes que su cuerpo. Ojalá que no haya que escribir, una vez más y otra vez, sobre un cuerpito inerte, en una bolsa negra, en un container o un baldío. Ojalá que Sheila, de apenas 10 años, no sea víctima, una más y otra, de un sistema que se devora a las niñas para calmar la ansiedad hambrienta de sus mil brazos. Los de una familia quebrada, sin trabajo ni rumbo, cruzada por el narco para sobrevivir; el narco como único garante de algún modesto desvarío. Los de un estado que se corre alegremente para que los abatidos sistémicos se acomoden donde deben estar, al margen, hacinados contra los confines de la vida. Los de un destino fatal que le tocó. O bien de un destino tejido hábilmente por las moiras del capitalismo, que pican con su aguja la vida y la muerte, tan aleatorias como ese destino rojo de nena de diez años a la que alguien se llevó el domingo a la tarde cuando jugaba en el patio común del barrio Trujui de San Miguel.

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