Por Facundo Barrionuevo

(APe).- La noche del miércoles pasado cortó el hilo de vida que unía a Marcos Posse con sus amigos, su familia y con esta tierra maltratada. Mar del Plata cargaba el cielo de humedad y se presentía tormenta, pero la lluvia del fin de semana se adelantó en el corazón del barrio Las Heras. Una lluvia desplomada de incomprensión por el destino, pero con una clara conciencia sobre la desidia estatal que no deja de provocar “daños colaterales”.

A Marcos lo aplastó un poste de la empresa telefónica en la puerta de su casa, mientras paraba en la vereda. Una empresa que no controla el estado de su tendido y un municipio que no inspecciona a sus concesionistas.

Marquitos, tenía 18 años y jugaba en el Programa de Fútbol “Pasión de barrio”. Un proyecto de fútbol social y popular que promueve modos diversos de vincularse con el deporte, la competencia, las relaciones de género y poder, la toma de decisiones, el arbitraje, el diálogo y los consensos. A raíz de esa participación algunos amigos y amigas, de esos que militan la dignidad rebelde lo habían convencido de darse una segunda oportunidad con la escuela, en el Plan Fines. Mientras, no dejaba de ir a la Quema a rebuscarse el pan del día trabajando con los residuos. Y en eso se le iban los días a Marcos y los suyos.

Nos enteramos desde Pelota de Trapo en el mismo momento que le daban la noticia a uno de sus mejores amigos. ¿Quién puede consolar una vida a la que le despojan la amistad cómplice de los 18 años? ¿Cómo se retoma el sentido después de un llanto que mana como las napas de agua subterránea? ¿A quién se le reclama por el abandono cuando ya está todo perdido?

Esta ciudad de fachadas y alfajores, hace rato que dejó de mirar más allá de las manzanas que rodean el centro turístico. La inoperancia estatal y la imbecilidad de los que gobiernan desparraman la mala suerte para todos lados. Parece que en estos márgenes, lo que hay que tener es suerte para no ser aplastado por un poste, morir calcinado, electrocutado o víctima de una bala.
Ser joven y pobre se convirtió, en algún momento de esta historia, en la condena de mirarse a diario con la muerte.

No hay cierre esperanzador para esta crónica. No hay aliento para dejar otra sensación, que no sea la de sostenerse con la rabia en los ojos.

Edición: 3739

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