Por Silvana Melo
   (APe).- El vínculo entre la semilla, la tierra y la humanidad es germinal. Es cimiento de la cultura, del origen, de la vida que viene. Desde diez mil años atrás los pueblos intercambiaron semillas para construir la soberanía de los alimentos. Y de una vida de propiedad colectiva, polinizada por las abejas, con la cosmogonía de los bosques, con los espíritus trepados a la cintura de las mariposas.

La industria y el capital individualizan la vida. La vuelven privada y recoleta. La compran y la venden y entonces condicionan el futuro al mercado. Lo privatizan y lo concesionan. Lo licitan y lo adjudican al mejor postor. Entonces la vida y el futuro dejan de ser nuestros. Como la semilla que patentan, que escrituran, que le arrancan a la historia y al principio de los tiempos, la semilla que saquean y que vuelven propia y por la que hay que pagar para sembrar y para resembrar. Es decir: la vida pasa a ser un producto en las góndolas sistémicas. Donde debe acudir la madre tierra con un carro para elegirla y después pasar por caja porque ya no le está permitido parir con libertad.

Bayer –Monsanto tendrá su propia alquimia legal cuando los mismos legisladores que hoy confirmarán el presupuesto 2019 que mandan los jefes globales, voten la ley de semillas que se escurrió por la ventana sin que nadie la viera ni la escuchara y de pronto está sobre las conciencias de los diputados y los senadores para que la soberanía, de una buena vez, sea una placa conmemorativa en alguna esquina de la historia.

Ya no habrá libertad para sembrar un futuro más justo e igualitario. Donde la semilla de lo cosechado caiga en la tierra por pura mecánica natural y vuelva a crecer, única garantía de la vida todo el tiempo recuperada.

Es Bayer – Monsanto la multinacional para la que se acaba de moldear la privatización de la naturaleza. La irrupción de la transgénesis, hace más de veinte años, le permitió generar una semilla plástica, modificada en su genética, para que aguante los venenos más temibles, que pueden matar pájaros y niños pero no a su semilla blindada. Ahora podrá, uno de los símbolos más caros del capitalismo, no permitir legalmente que los productores reutilicen las semillas. Porque la semilla dejó de ser de la tierra, de las manos que la remueven para sembrarla, del bosque, de las abejas y de la madre que la germina. Ahora será de Bayer – Monsanto, de Syngenta, de Dow, del ramillete de empresas que 500 años después termina de apropiarse de las raíces del origen.

Si diputados y senadores votan la ley que cayó por la ventana sobre sus escaños, habrá que pagar regalías para usar las semillas. Y para resembrarlas. Porque serán ajenas. Y además de expulsar a los originarios y a los campesinos de sus tierras de propiedad colectiva y milenaria, se les expropiarán las semillas para después vendérselas. Y prostituir el juego ancestral del germen, la reverberación, el florecimiento y la eterna restauración de la vida.

Si la industrialización de la agricultura terminó con el 75% de las semillas originarias, la determinación de ilegalidad de la semilla nativa implica “el sometimiento de productores/as a pagos de regalías por años, cuando deseen guardar semillas para volver a sembrar”. Es decir, “la violación de un derecho básico, que da sentido a la agricultura”.

Criminalizar la semilla es criminalizar a los pueblos, a las pequeñas producciones, a las nuevas ruralidades que desde abajo, desde la base de la vida, pelean –con una brutal desigualdad- por una alimentación sana, sin venenos, diversa y soberana.

Antes de votar, los legisladores de dudosa representatividad deberían atreverse y mirar allí donde las multinacionales no les consienten la mirada. Hacia los semilleros, que no son exactamente Bayer-Monsanto, que les dejó sobre los escaños el paquete armado para aprobar sin siquiera leerlo y menos aun cuestionarlo. Mirar hacia los semilleros que son las inferiores de esta humanidad. Los que esperan un futuro más o menos vivible, un mundo por el que no tengan que inmolarse para darlo vuelta como una media. Una vida con cierta dignidad, donde los antecesores sean sus próceres. Y no los sojuzgados que no se atrevieron a decir que no a la expropiación del futuro.

Edición: 3751

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