Por Silvana Melo
     (APe).- “¡Mariana, saltá!” gritó Virginia apretando en sus brazos a su niño de cuatro años. Las llamas hicieron imposible que ella entrara a sacarla. Mariana tenía 11 años y no pudo saltar. Murió entre las máquinas de coser del taller donde trabajaba su madre. Entre carreteles y blusas hilvanadas Mariana no saltó. Y fue otro nombre en la lista engordada con infancias que la industria textil guarda en su desván. Una lista de muertes de la clandestinidad, de la trata, de la explotación, del sojuzgamiento de niños y mujeres, de tantos que llegan de Bolivia para hacerse una vida mejor. Y terminan cautivos y hacinados. Esclavos de un sistema glamoroso en grandes marcas. Que se construye con carne morena, sangre invisible y multitud de nadas cuyas vidas y muertes cuestan lo mismo. Es decir, menos que la bala, que la llama, que la aguja que los mata.

Virginia Ramos, de 26 años, pudo sacar a su hijito más pequeño. Pero el fuego le alzó una muralla que la separó de Mariana. La casa donde vivían dos familias se redujo a escombros. El taller textil donde cosían la vida misma en cuatro puntadas para sobrevivir al menos hasta el día siguiente, guardó las cenizas de Mariana. Que apenas a los once años no pudo saltar. Y se sumó a la caravana de niños que se prepara para volver en semillas transformadoras desde las llamas de su esclavitud: Wilfredo (15), Elías (10), Luis (4), Rodrigo Quispe (4) y Harry Rodríguez (3), todos muertos en el incendio de un taller clandestino en la calle Luis Viale, en 2006. Y Rodrigo (7) y Rolando (10), en el taller de Flores, en 2015.

Virginia habrá logrado sortear esclavitudes directas, golpes en el cuerpo y en el alma, jefes que la encerraran en piezas ínfimas de donde no se puede salir. Bolivia aporta todo el tiempo carne morena para la pira sacrificial del capitalismo criollo. Donde se cose y se cose para los sellos estelares. Y se muere sin que nadie les sepa la huella de un dedo ni el nombre de pila ni si les gusta la naranja o la pera. El rojo o el celeste. Habrá logrado Virginia encerrarse en su casita alquilada con otra familia y la suya en un rincón donde la máquina rodaba dale que dale para los cinco pesos por jean que el glamour cobra dos mil. Pero las llamas, que son feroces y pertinaces, la persiguieron hasta quitarle a Mariana, una ofrenda más al Minotauro sistémico.

El estado no las vio nunca, preocupado porque las empresas corten el agua de quienes no pueden pagarla. O porque los gendarmes disparen en las espaldas de los que huyen. O porque los que no tienen techo donde guardarse ni suelo donde caerse no se vean iluminados por las luces del centro.

Mariana no fue el lunes a la Escuela 7 del Distrito Escolar 13 de Mataderos. En lugar de su presencia en el aula de quinto grado, hubo una colecta para su velatorio. La familia lo perdió todo en el incendio. Y ella ya no está. La familia se ve apenas, durante un rato, para algunos estamentos del estado a los que no les queda otro remedio que dirigirle la mirada. Los grandes medios no pierden el tiempo. Y ella andará con su nombre hermoso, tímidamente, en los títulos de los medios territoriales, los que van como las hormigas, en los pies del sistema, mordiéndole los dedos.

Dicen que fue la sobrecarga del enchufe por el arbolito de Navidad. O un espiral contra los mosquitos. La verdad es que se la llevaron las llamas.

Mientras, el estado le pespunteaba la muerte. Después de deshilacharle sistemáticamente la vida.

Edición: 3771

 

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