Por Claudia Rafael

(APe).- Y Maite murió. Los cinco años de Maite se jugaron enteros a la sola ficha de la violencia. Ahí donde matar o morir parecen puestos por un sistema en el que es posible festejar el nacimiento del hijo de un dios disparando balas a los cielos. Maite murió cuando debía vivir. Maite ya no es ni será. Maite estaba sentadita con sus cinco años a la mesa de la noche que prometieron sería buena. Mientras las balas que son plomos portadores de muerte serpentean por los aires en las manos de un adulto que se siente poderoso y juega a agujerear nubes y arcoíris y desnuda vidas. Las destroza. Las estraga para destruir la infancia. Para devastar la condición humana.

A Maite la asesinó una bala perdida. ¿Quién la perdió? ¿Cómo se perdió esa bala sistémica que es capaz de arrasar con una niña de cinco años? Las balas perdidas de este modelo que sólo es capaz de parir violencias se van llevando a las niñas como Maite con la misma pertinacia con que se arrebataron hace cinco años los días de Kevin, de 9, en Villa Zavaleta. O de Serena, de 7, en Santa Fe. De Yamila, de 4 y Vanesa, de 11, durante los festejos que despedían el año 2007. O Julián, de 3, mientras se tributaban balas perdidas al 2009 que empezaba a asomar.

“El que quiere estar armado que ande armado, el que no quiere estar armado que no ande armado. La Argentina es un país libre”, dijo la ministra hace apenas dos meses. El buen vecino que disparó a los cielos para festejar 2018 años después el nacimiento del hijo de un dios gozó de una libertad que Maite no tuvo ni tendrá.

La ministra avaló y le puso voz estatal a una realidad de hecho. “El estado de excepción en el que vivimos es la regla”, diría Walter Benjamin.

“Si el futuro tiene textura de niños cada muerte lo disminuye”, escribió alguna vez Alberto Morlachetti. Sin Maite, la textura del futuro es más vidriosa y quebrantable.

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