Por Carlos del Frade

(APe).- -La realidad indica que hay una superabundancia de grupos que actúan con este modus operandi de dos personas en motos disparando contra grupos de personas, edificios públicos o casas particulares y que, a partir de esta proliferación de esta mano de obra delictiva hay mucha gente dispuesta a aprovecharla – sostuvo el fiscal rosarino Miguel Moreno al responder sobre la balacera contra el Concejo Municipal de la ex ciudad obrera.

La frase tiene componentes perturbadores que describen un presente denso y complejo.

Por un lado, la “superabundancia de grupos” capaces de disparar y, por otro, la “proliferación de esta mano de obra delictiva”.

¿Cómo se llegó a semejante situación?.

A fines de los años noventa, en el umbral del tercer milenio, el oficial responsable de la entonces Dirección General de Drogas Peligrosas de La Santafesina SA, Mario Dalagnola, le decía a este cronista que en la ciudad existían dos mil personas, aproximadamente, que vivían del incipiente negocio del narcotráfico.

Veinte años después, aunque no haya nuevas estimaciones oficiales sobre el número de personas que viven de esta arteria fundamental del corazón del capitalismo, es lógico pensar que la cifra se ha multiplicado.

Pero la “proliferación de esta mano de obra delictiva” habla de mucha gente potencialmente dedicada al sicariato.

Lejos, muy lejos de la estigmatización de la ciudad, es imprescindible ponerle palabras al por qué de esta “proliferación” de “mano de obra delictiva”.

Uno de los principales saqueos que sufrió la Argentina en los últimos años fue la eliminación de la idea fuerza que nutrió a varias generaciones, aquella de la niñez como única privilegiada.

Repetidas veces hemos marcado la necesidad de pensar en el costo de semejante desaparición.
De ser únicos privilegiados a primeros perjudicados, la realidad de la niñez en Argentina, de la mitad de las chicas y los chicos en la pobreza, supone un feroz retroceso en el que las víctimas son las pibas y los pibes.

La “proliferación” de “mano de obra delictiva” es, quizás, la más elocuente postal de la deliberada destrucción de valores colectivos y lazos solidarios.

Es difícil imaginar la reconstrucción de esos valores y esos lazos sin que por lo menos se hable y cuestione, desde la política, esa realidad en la que prolifera la “mano de obra delictiva”.

Porque la frase del fiscal rosarino, sincera y sentida, excede los límites de la geografía del sur santafesino.

Interpela a las grandes mayorías pero, fundamentalmente, a quienes no pueden admitirla como parte del nuevo paisaje del presente desolador.

Durante cuarenta años los negocios del narcotráfico y las armas empezaron a desarrollarse en Argentina y América del Sur.

Hijos directos de los números de grandes empresas del imperio, estas arterias del corazón del capitalismo impusieron la idea que la seguridad es resultado de la demagogia punitiva.

La “proliferación” de la “mano de obra delictiva” muestra que invadir los barrios de fuerzas de seguridad ha fracasado con el estrépito de las muertes de pibas y pibes que piantan muy antes de tiempo de estos sitios estragados.

Para que haya menos mano de obra delictiva, habrá que volver a insistir en palabras, sueños, ideales, inversión social y tantas otras cosas que hoy no pueden gambetear la ridiculización de los espíritus pragmáticos y cínicos.

Porque la necesidad de una sociedad más humana necesita otra mano de obra.

Una proliferación de pibas y pibes que sean capaces de pelear por lo que sueñan y no que se resignen a ser parte de las pesadillas de las minorías del privilegio.

Edición: 3783

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