Por Silvana Melo

(APe).- A las diez y media de la noche del 29 de agosto dos aviones de guerra salieron de la base de Apiay, en Bogotá. Volaron rumbo a la vereda Candilejas, en la zona rural de San Vicente del Caguán. Bombardearon un rincón que se llama Caquetá donde, determinó el gobierno de Iván Duque, había restos de la disidencia de las FARC. Y también había niños. El 4 de noviembre (dos meses y días después) se supo que ocho volaron en retacitos, como las pelusas de los panaderos cuando el viento las sopla. Los campesinos de la vecindad dicen que fueron 16. Y que a los dos o tres niños que habían quedado vivos los militares los remataron. Desde que se firmó el acuerdo de paz en 2016 con la guerrilla de las FARC han asesinado a más de 740 líderes sociales en Colombia. La sangre corre con el tumulto de los ríos. Y riega el narconegocio que sigue sosteniendo gran parte de la economía colombiana.

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Por Silvana Melo y Claudia Rafael

(APe).- No se perdona la irreverencia. No se perdona a un pueblo cuando se pone en pie. Los enemigos acechan con sus garras cuando se rompe con los patrones del Norte que manejan hilos desde oscuras oficinas dentro de la misma casa del gobierno. Esperan el momento exacto. Fogonean a los patrones locales, blancos y millonarios, para que estén listos para asestar el gran golpe. Y así lo hicieron. En la figura de Luis Fernando “el macho” Camacho, que llegó al Palacio Quemado con una Biblia en una mano, la bandera boliviana y la carta de renuncia para que Evo Morales la firmara. Ya no el Whipala, que los hombres de Camacho retiraron de los edificios oficiales para quemarlos en las calles.

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Por Claudia Rafael

(APe).- “El fuego pa´ calentar debe venir siempre desde abajo”, testimonia una de las hojas quemadas que sobrevivió –quién sabe cómo- al incendio que intentó acallar a la APDH La Matanza. La hoja, que muestra una protesta de trabajadores marchando con sus cascos y su lucha a cuestas, no desnuda, sin embargo, que hay otros fuegos destinados a destruir.

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Por Alfredo Grande
(APe).- “Testaferro es un sujeto jurídico, un mandatario, que presta su identidad como persona física en un contrato o para la titularidad de un negocio que en realidad le corresponde a otra persona, es decir, que actúa en nombre propio y asumirá todas las responsabilidades aunque luego transmita los negocios, bienes o beneficios que adquiera la persona que representa.” Una definición no deja de ser un corral semántico. Abramos ese corral y dejemos que “testaferro” se convierta en un concepto pegaso que vuele libre sobre diferentes territorios. Primero desalojamos “sujeto jurídico” y lo reemplazamos por sujeto político. Ahora mal: el sujeto político no necesariamente es colectivo, no necesariamente es grupal, no necesariamente es vincular. El sujeto en la matriz de la cultura represora puede ser un individuo. Y su duplicación ser apenas una “individualidad doble”. O sea: imagen espejada. Esa imagen espejada puede tener masivas repercusiones. Rating, viralización, likes, me gusta, retweet. El Uno se disfraza de Múltiple. Por eso no es lo mismo la voz que el eco amplificado de la voz. Con un buen equipo de audio todos tenemos voz de orador de barricada.

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Por Silvana Melo

(APe).- Ahora que se diluyó la espuma mediática, la estigmatizante, la de instagram, la de twitter. La de los progres y la de los odiantes. La espuma en la boca de la rabia y la espuma de la pleamar en las orillas. Ahora que dejaron de publicar su foto y de llamarlo pobre, villero, morocho, marginal. Unos y otros. Y de eternizarlo en su condición. Unos y otros. Ahora que se fue de la diestra del Presidente Electo y que recuperó su gorra. Ahora que volvieron a olvidarlo. Ahora que volvió a su anonimato. A su barrio invisible, pauperizado, colgado de los apartes donde pasa el futuro, como las reses en la carnicería.

Entonces ahora sí hablemos de Brian.

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