Por Claudia Rafael

(APe).- El dedo acusador del Estado depositó la culpa en el pobrerío. Ese que noche tras noche, mañana tras mañana, recorre las calles de tierra y olvido y mete sus manos ajadas en lo que otros abandonan. Para sumar migajas al flaco banquete cotidiano. Pan viejo, harina o arroz con gorgojos o una bolsa de sal que no era sal. Doce niñas y niños y dos adultos terminaron internados en el hospital municipal de Olavarría con una grave intoxicación con bromato de potasio. Una bolsa de basura en la puerta de una panadería contenía recipientes con ese químico usado como mejorador del pan pero prohibido en Argentina desde 1997. Y que ese Estado que señala a los más desarrapados como culpables de haberse y haber intoxicado en el intento desesperado por sobrevivir, no controla. O permite abiertamente quién sabe por qué razones.

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Por Carlos del Frade

(APe).- “…como a los nazis les va a pasar, donde vayan los iremos a buscar…”, cantan las pibas y los pibes que compusieron el principal sujeto social de la quinta marcha nacional contra el gatillo fácil por las calles de Rosario, la ex ciudad obrera. Los versos y la música ya tienen casi cuarenta años.

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Por Alfredo Grande
     (APe).- En algunos manuales de artefactos domésticos solía decir: es tan fácil que hasta un niño puede hacerlo. Lo fácil es el oasis de la cultura represora. Habituada a impedir todo, a inventar problemas donde debería haber soluciones, a poner el carro delante de los caballos y a matar a los caballos de hambre, a indultar a los victimarios para culpabilizar a las víctimas, a ser dura con el débil y débil con el duro, la cultura represora necesita degradar la complejidad a complicación y la dificultad a la facilidad. Desde el pago fácil hasta el gatillo fácil.

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Por Claudia Rafael
Foto: Juliana Miceli

(APe).- “Prohibido olvidar”. La bandera con la imagen de los pibes de Monte es tajante: “los mató la policía”. Y veda la desmemoria, desde la palabra escrita, en un país que carga muerte sobre muerte joven en donde los distintos emblemas del Estado descerrajan plomos sobre una vida cada 21 horas. Mientras el poder aplaude y condecora.

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Por Silvana Melo
    (APe).- El conurbano aprieta once millones de personas en apenas el 1% de la piel del país. Todos esperan a dios, que dicen que atiende cerca. Pero la demanda es tan grande que su oficina está detonada de niños que comen mal o no comen. De niños que toman agua impura. De niños con el futuro jugado por ausencia total de nutrientes en su dieta diaria. Porque en los últimos meses uno de cada cinco chicos del Gran Buenos Aires (GBA) pasó hambre. Son una multitud. Capaz de llenar estadios y de extenderse kilómetros en marcha por las rutas destruidas de este lado del mundo. Con hambre.

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