Por Claudia Rafael

(APe).- ¿Qué hacía el policía santafesino Francisco Aldo Olivares, durante una custodia irregular a un camión de gaseosas, con su 9 milímetros reglamentaria en un bolsillo? Fue el martes 29 de octubre, entre las 10.30 y las 11 de una mañana tranquila en Ignacio Risso al 2200 de la ciudad de Santa Fe cuando ejecutó por la espalda y a unos 30 metros de distancia a Lautaro Saucedo, de 17 años. ¿Basta para resucitar a un pibe y sanear a toda una institución declarar como hizo que “no fue mi intención, estoy muy apenado de lo que pasó. Quise proceder como personal policial, estoy profundamente mal por lo ocurrido, no era lo que yo quería. A los familiares les pido perdón, es algo irreparable”?

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Por Carlos del Frade

(APe).- -Tire primero, pregunte después.

La frase definió medio siglo de procedimientos policiales en el segundo estado argentino, en la provincia de Santa Fe, geografía por la cual pasa el mayor flujo de dinero del país del sur porque desde sus puertos sale el 80 por ciento de las exportaciones cerealeras. El hombre se llamaba Agustín Feced. Al que alguna vez le ofrecieron la comandancia de la Triple A y que rechazó porque quería que fuera por Canal 7 y en cadena nacional. Le gustaba matar y torturar. La causa por delitos de lesa humanidad lleva su apellido. Era el jefe de la policía rosarina en los tiempos de la noche carnívora de la dictadura.

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Por Alfredo Grande
(APe).- En el verano setentista, una consigna respondió a las palabras del General: “en su medida y armoniosamente, vamos a armarnos, armarnos hasta los dientes”. Los combatientes que habían derrotado varias veces a los padres e hijos pródigos de la “Revolución Argentina”, que había pretendido entronizar a Onganía como un faraón implacable, no toleraban el giro a la derecha fascista que Perón toleró, propició y luego, ya no pudo controlar. Murió en las vísperas, contrario a lo que el sentido común dice. Vísperas de la masacre planificada de combatientes, de militantes, obreros, profesionales, simpatizantes, adversarios, disconformes.

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Por Silvana Melo

(APe).- El cuerpo de Esmeralda estaba entre los árboles y la tierra de Morillo. Ahí donde alguna vez pasó el tren. Ella tenía apenas 14 años y la única vida que conocía era la de su comunidad. La vida era su vida wichi, el monte, el camino de tierra al pueblo Coronel Juan Solá, las casitas de barro de Misión El Chañar. La vida era esa vida corta, sin mañana a mano, con la oferta criolla tan lejos pero única oferta. Inalcanzable. Esa vida olvidada, confinada ahí, en los rincones del mundo. Y ahí quedó el cuerpo de Esmeralda, muerto a golpes, mientras la ciudadanía registrada en los padrones votaba. Elegía presidente. Y ella muerta por ahí mientras la comunidad la buscaba. Desechada. Prescindida. Antes de su muerte.

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Por Claudia Rafael

(APe).- La justicia es igual a las serpientes. Sólo muerde a los descalzos, decía en sus misas el arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero aquel que –antes de ser asesinado por los paramilitares en 1980- aseguraba que existen entre nosotros los que anexionan campo a campo hasta ocupar todo el sitio y quedarse solos en el país. La Justicia entrerriana fue ayer esa serpiente. Que pretende frenar con su sentencia las luchas ambientales que se vienen sosteniendo desde hace años para proteger a los gurises y a las y los maestros de las escuelas rurales, a las familias que viven en el campo y a las que padecen las consecuencias sanitarias de los venenos que llegaron en la década del 90 para quedarse.

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