Por Alfredo Grande
   (APe).- A pesar que la luz estaba prendida, la habitación estaba en penumbras. Una vieja bombita de 60 w apenas alumbraba el ambiente. La suciedad de la lámpara colaboraba para la mortecina luminosidad del lugar. Una enfermera ordenaba un armario de medicamentos. No le resultaba difícil, ya que eras pocos y el armario demasiado grande. Siempre imaginó que había tenido otros usos, quizá demasiados, antes de estacionar en la agrietada pared de la habitación 54 del único hospital psiquiátrico de la Provincia. Dos tarugos intentaban hacer honor a su función de sostén, pero era obvio que a la brevedad cederían a la impetuosa gravedad de los cuerpos.

Vagamente la enfermera recordaba que un tal Newton pudo concebir una ley que daba cuenta de la gravitación universal. Sonrió con amargura al recordar sus años de estudios universitarios, donde supo graduarse con mérito. Por algo parecido a una decisión, pero que nunca fue exactamente lo mismo, solicitó el traslado al hospital de enfermos mentales. La excusa fue estar cerca de una tía abuela que la había criado, y que por razones que nadie supo jamás, tuvo una crisis de excitación psicomotriz, alucinatoria y delirante. Ideas sobre la revolución mundial, el hundimiento del capitalismo y el degüello en plaza pública de todos los capitalistas y amanuenses, bastó para que la insania fuera decretada para siempre.

Cuando la tía abuela murió, Lucrecia quedó moribunda. Y decidió quedarse desde esa curiosa forma de pensar que la salud es posible cuando estamos cerca de personas más enfermas que nosotros. La paciente que había traído desde la guardia, interrumpió su descanso. Que no era plácido, a pesar de los sedantes que un psiquiatra joven, todavía no demasiado contaminado por la toxicidad de la institución, le había recetado. Lucrecia recordaba que también le insinuó que cuando uno duerme solo, es difícil encontrar placidez. Si fue un elegante intento de levante, en eso quedó. En un elegante intento.

Le resultó extraño que desde la guardia pidieran habitación individual por unos días. En realidad, nunca había habitaciones, y menos individuales. Pero el Jefe de Psiquiatría estaba alertado por algunas expresiones de los pacientes, que le resultaban inquietantes. La posibilidad de un electroshock quedó rápidamente descartada, no por las firmes convicciones teóricas del Jefe, sino porque hace tiempo el hospital no disponía del aparato destructor de cerebros.

Lucrecia la observó por primera vez. Antes la había mirado, pero ahora la observaba. Si le hubieran preguntado si era linda, aunque en el hospital hacia décadas que nadie preguntaba nada, hubiera respondido que no, pero que era bella. Lucrecia no recordaba quién le explicó la diferencia entre lo bello y lo lindo. Pero en ese momento lo entendió. Sin poder entender claramente lo que hacía, comenzó a acariciar su pelo. Intuía una hermosa cabellera, castigada por vaya uno a saber qué sufrimientos. Tuvo un leve temblor cuando la paciente comenzó a despertar.

–¿Qué es este lugar? Lucrecia le sonrió con ternura, cosa poco habitual en ella en los últimos años.

–No es fácil decirlo... Para algunos es un hospital… Pero todos saben que es apenas una cárcel a cerebro abierto. Lucrecia sonrió por su propia sutileza.

–Creo entender… Una vez me tomaron por loca –dijo serenamente la paciente. –Me tranquiliza. Me han dicho cosas peores y me han pasado cosas peores que estar acostada en esta cama acompañada por vos. Cuando la paciente le tomó la mano, Lucrecia pudo conmoverse.

-¿Cuál es su nombre, señora? -preguntó con genuina curiosidad.

–No me digas señora. Me llamo Evita. Nadie sino el pueblo me llama Evita. Solamente aprendieron a llamarme así los descamisados. Los hombres de gobierno, los dirigentes políticos, los embajadores, los hombres de empresa, profesionales, intelectuales, etc., que me visitan suelen llamarme señora; y algunos incluso me dicen públicamente Excelentísima o Dignísima Señora y aun a veces, Señora Presidenta. Cuando un pibe me nombra Evita me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra.

Lucrecia empezó a entender por qué la habían enviado a una habitación individual.

–Pero señora, digo Evita, la verdadera Evita falleció hace mucho. No recuerdo la fecha exacta –Lucrecia titubeó ante su ignorancia- pero creo que fue antes del 55. La paciente asintió. La acarició a Lucrecia con ternura. Vio en su rostro reflejado miles de rostros de sus queridos grasitas, sus descamisados, los trabajadores que tanto la amaron.

–Yo le dije a Juan. El me escuchaba, pero nada más. Quizá debiera decir nada menos. ¡Que te escuchara Perón no es poca cosa!- Evita sonrió. Siempre sus palabras eran espadas de doble filo.

–Mire señora… Evita… -Lucrecia se corrigió en el camino – no sé porque está acá… La verdad es que me importa, pero no puedo averiguarlo.

–No importa, los que me encerraron haciéndome pasar por loca lo saben… Y pronto vos te enterarás.- Lucrecia se sobresaltó. Comenzó a escuchar muchas voces, algunos gritos. Una sinfonía que en ese cementerio de almas hacía muchos años no se escuchaba. Abrió las ventanas. Una creciente multitud de internados se acercaba a la habitación. Nadie supo decir cómo se enteraron que una paciente de nombre Evita estaba allí.

-¿Qué está pasando, Lucrecia?- Muy agitada, casi entusiasmada, contestó – Evita, están acercándose muchos internos, digo pacientes… ¡son trabajadores! - Lucrecia se sorprendió de sus palabras. –Evita se sentó. Firme. Decidida.- Los descamisados saben, aunque no siempre saben que saben. Pero mi pueblo nunca se equivoca…Otros pueblos no sé…

Lucrecia se paró en la cama, abrió las ventanas. El sol hirió de muerte a la lamparita de 60 w. La luz invadió sin permiso toda la habitación. Lucrecia comenzó a saludar a los que por decenas, por cientos, se acercaban. “Evita querida, tu patria es socialista”. Ya los gritos eran atronadores. Lejanas sirenas de patrulleros, ambulancias, camiones hidrantes, bomberos se acercaban. Por algún extraño motivo que nadie supo explicar, no ingresaron al predio del hospital. Quizá algún recuerdo de masacres recientes. Lucrecia la miró a Evita que, ya decidida, se levantaba de la cama.

– ¿Qué es la patria socialista? La pregunta de Lucrecia esbozó la mejor sonrisa. Ahora Evita no sólo era bella, sino que nuevamente era linda. –La patria socialista es la felicidad del pueblo. Se puede decir más complicado, pero no es mi estilo- Evita, radiante, comenzó lentamente a acercarse a la ventana. La multitud era una fiera que había salido de su jaula y acumulaba fuerzas para el zarpazo final. Cuando Evita apareció los gritos y aullidos de varias generaciones atronaron cada uno de los espacios del hospital. Llegaban ahora de todas partes, del barrio, de las casas vecinas, de los negocios, de las plazas. Evita, con un temblor que no quiso que se notara, les habló a sus “descamisades”, mostrando una actualización en su lenguaje que sorprendió a Lucrecia.

– Yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle, por eso jamás me deslumbró la grandeza del poder y pude ver sus miserias. Por eso nunca me olvidé de las miserias de mi pueblo y pude ver sus grandezas. Ahora conozco todas las verdades y mentiras del mundo. Tengo que decirlas al pueblo de donde vine. A los trabajadores, a las mujeres, a los humildes descamisados de mi patria y a todos los descamisados de la tierra y a la infinita raza de los pueblos como un mensaje de mi corazón (**).

Lucrecia se dio cuenta que lloraba recién cuando el sucio guardapolvo empezó a mojarse. Evita continúa, a punto de quebrarse su voz.
– Ustedes me pidieron en el año 1951 que aceptara ser vicepresidenta de Perón. No les contesté en ese momento. En un mensaje radial contesté que renunciaba a los honores pero no a la lucha. Ustedes no merecían esa respuesta- Un murmullo de cierto desconcierto recorrió como electricidad a la gran masa del pueblo. –Por eso – continuó Evita con la voz ya definitivamente entonada – no renunciaré a la lucha, pero ¡tampoco renunciaré a los honores!-

Evita querida, la patria socialista… Un eco interminable, infinito, que abrazó a varias generaciones de militantes, combatientes, guerrilleros, trabajadores, atronó el tiempo y el espacio.

–Evita querida, la Patria Socialista. Repetido infinitas veces. Y por primera vez en su vida, Lucrecia entendió el placer de llorar de alegría.

(*) Basado en "Detrás de la Santa Puta" de Sergio Wischñevsky. Página 12, mayo de 2019.

(**) Eva Perón, Mi Mensaje. Editorial Centauro.

Edición: 3872

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