Por Silvana Melo
  (APe).- El lunes, en el mediodía ardiente de Santiago del Estero, un tren de carga arrastró a un camión de hacienda. Con cuarenta novillos para la faena. La presiesta se volvió fuego y un despertar desde la necesidad a la inclemencia. El pueblo de Pinto supo, en un rumor que se expandió como las llamas en la pólvora, que había comida viva tumbada en las vías. E irrumpieron de a cientos para hacerse de un trozo de carne para la navidad. O para la noche misma, cuando no suele haber nada.

El 50,2 por ciento de los santiagueños son pobres. En las carnicerías se vende a 1.200 pesos el kilo de nalga. La milanesa es inaccesible para gran parte de los 5.000 habitantes de Pinto. Donde la comida, viva, descarriló el lunes a la hora del mediodía.

Unas 300 personas –calculó el encargado de la estancia Los Jagueles, origen de la hacienda- surgieron como de la nada, con cuchillos de la cocina, y un sueño precario, ancestral: la comida más preciada pero fuera del alcance de los pobres. De la mitad de los santiagueños. La carne proteica, ritual, cimiento del alimento argentino.

Pero esa comida estaba viva, tumbada en las vías del tren. Hay un punto donde la crueldad del hambre habilita otras fierezas. Mujeres y niños bañados en sangre de pies a cabezas. Acuchillando con tramontinas del almuerzo diario a vacas sin faenar. Los animales se matan antes. Y se despostan después. Más allá de la muerte en sí misma, la faena busca reducir el dolor. El deguello, el golpe certero en la cabeza y después la producción del alimento. Es el cotidiano de los mataderos. El día a día para poblar las parrillas de los domingos. Hoy elitistas como nunca.

Pero el lunes en las vías de Pinto las vacas que nunca llegaron a Tostado –Santa Fe- fueron descuartizadas vivas. Les rebanaron los cortes a cuchilladas mientras aún tenían vida. Las vías de Pinto eran una olla de sufrimientos donde se guisaban el hambre, el dolor, el mañana que huyó, el estado que mira de lejos, los martirios de las mujeres, de los niños, de los animales, todo adobado con la sangre que tiñe la vida, la muerde, la descarta, la devora.

Los dos o tres centenares de personas que se lanzaron sobre la posibilidad de la comida inaccesible defendían a puntazos cada carne. La defendían con los cuchillos propios. La defendían de la necesidad del otro. Todos bañados en la misma sangre. Esperando asar, machacar para milanesas, poner sobre la plancha el bife impensado, el bife que cuesta sangre. La desmesura del que no tiene.

Se llevaban la carne en bolsas, en cajas o sobre los hombros.

Las vacas que pudieron escapar vagaron por las calles de Pinto, a 235 kilómetros de la capital. Saben, por instinto, que su destino natural es la muerte. Más temprano que tarde.

Pero como cualquier ser humano huyen del sufrimiento.

Como las mujeres y los niños bañados en sangre huyen del hambre. De la injusticia. De la tragedia de la humanidad.

Edición: 4435

 

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