Por Claudia Rafael

(APe).- Si Abril no hubiera estado ahí en ese exacto instante. Si la familia de Abril hubiera regresado a su casa, en Ringuelet, 10 minutos antes o 15 después. Si Abril hubiera estado sentada en otra parte del auto. Si quien hizo el disparo hubiera tropezado en ese instante y la bala hubiera impactado en una pared o en el asfalto. Si esto, si lo otro. Qué importan las preguntas sobre azares y casualidades. Si, después de todo, la muerte de Abril se inscribió en el contexto de una sociedad violenta. Parida por un sistema violento en el que vivir o morir son parte de una misma moneda. Qué más da. Si después de todo, el que disparó, los que dispararon, los que en un segundo equis de la historia del domingo que pasó en las afueras de La Plata, modificaron el rompecabezas de la infancia definitivamente. Tal vez sin proponérselo. Quizás sin decidir otra cosa que salir a rapiñar lo que se pueda. Lo que derrama un modelo inequitativo que viene pariendo crueldades. Que gesta una condición humana que se nutre de la perversidad. Y en donde no importa si Abril iba a una escuela o a otra. Si Abril estaría leyendo, como tantos otros chicos en esta época del año durante estos días, los padecimientos de otra nena como ella que vivió apenas 15 años durante el nazismo. Si Abril escucharía música o jugaría con alguna mascota. Nada de eso tiene hoy algún valor tangible porque Abril fue asesinada en el contexto de una sociedad que fue constituyendo su propia pirámide de valores. Donde queda al desnudo la humanidad misma cincelada por la destrucción de una condición vital que podría hacer de su horizonte la ternura, el abrazo, la ética, la equidad.

No hay un monstruo en el espejo de quien presionó el gatillo para que una bala acabase con la vida de Abril. El espejo refleja a la humanidad misma en su singularidad más vergonzante. Porque como plantea incluso Agamben, el sentido humano abarca a las dos categorías de quienes están de un lado y del otro del alambrado en los campos concentracionarios. Abril y quien la mató pertenecen ambos a la categoría humana.

Hay una degradación ética en quien asesina que interpela a la sociedad siempre y cuando la sociedad acepte mirarse y cuestionarse colectivamente hacia dónde está caminando. No hay salida para la condición humana cuando la inequidad, la fabricación de falsas realidades, los olvidos, la categorización hacia el victimario como portador exclusivo del “mal absoluto” son el eje de la reacción social.

El portador de la bala que destrozó la vida de una nena no es, definitivamente, un monstruo. Rebajarlo a esa categoría es negar la multiplicidad de rostros de la condición humana. Y negar, por sobre todo, cómo, silenciosa, paciente y sigilosamente la sociedad construye categorías y las fija a sangre y cemento.

La muerte de Abril no es cualquier muerte. Es la muerte de una nena de 12 años. Como los 12 años de Rocío, que murió envenenada al comer una mandarina de un árbol en una vereda. Como Micaela, de 13, baleada por bandas narcos en Fiorito. O Cinthia, de 9, también atravesada por las balas en la villa 21-24. O Kevin, de 9, asesinado por la violencia de la prefectura en Villa Zavaleta. O Sabrina, por las balas perdidas policiales mientras estaba en el recreo, dentro del patio de la escuela.

La infancia muere de muerte violenta.

Con el crimen de Abril se perdió –como solía decir Alberto Morlachetti- una pieza fundamental del rompecabezas sagrado de la vida.

Edición: 3479

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