Por Sandra Russo

(APE).- Los vecinos del barrio Alejandro Heredia, de la ciudad de Tucumán, son creyentes. Y cuando llueve, miran al cielo y ruegan. ¿Qué le piden a Dios los vecinos del barrio Alejandro Heredia? “Que nos tenga lástima”, dicen. Esos vecinos también le ruegan al Gobierno, pero no que les dé colchones nuevos para reponer los que les pudre el agua. Piden bolsas de arena para proteger las zonas más vulnerables de esas cuadras.

 

No hace falta una tormenta para hacer temblar a esa gente. Apenas escuchan lluvia, salen corriendo. Buscan un lugar seguro para llevar a sus hijos. Buscan parar el agua que se estanca. Es que viven encallados entre dos gigantescos pozos que con cada lluvia desbordan y el barrio, humilde, ya tiene un barro perenne y un tremendo olor a humedad.

“Puse sobre ladrillos las camas y los roperos para que no les llegue tanto el agua, pero no podemos subirlos más que unos cuantos centímetros, así que igual terminan mojados. Además, el agua empieza a chorrear por las paredes como a baldazos, y el techo aguanta...”, describe Zulema Salinas, una de las vecinas, con una resignación esculpida a fuerza de vivir una y otra vez el mismo drama.

La casa de Zulema queda en la manzana 6 del lote 27 del barrio Heredia, cercano al Mercofrut. El cronista de La Gaceta relata que a simple vista se puede corroborar la angustia de esa vida cotidiana: hay una marca negra a medio metro del zócalo. Hasta ahí sube el agua. “Entra directamente por la puerta, llena de basura y escombros. Antes de que se largue la lluvia llevamos a los chicos a la casa de mi abuelo y, después de envolver la ropa, nos encerramos los ocho en este cuartito y rezamos para que deje de llover”, abunda, y es posible imaginarse cuánta angustia late en el pecho de Fabiana Toscano, otra vecina, cuando un trueno adelanta el espanto que viene.

Hace poco, agrega Fabiana, pasaron toda una noche parados, “como gallinas”, porque se mojaron los colchones y llovió todo el día. La ropa en la casa de Zulema permanece en el ropero, que a su vez descansa sobre los ladrillos fuera del alcance de la familia. Los chicos andan desnudos. No son dueños ni siquiera de lo poco que tienen.

Los pozos que les arruinan la vida a estas once familias del barrio Heredia no son naturales. Hace unos diez años, para hacer obras en otra parte, sacaron arena de allí y crearon esos pozos. El barrio no puede rellenarlos. La bolsa de una tonelada de arena cuesta cinco pesos. Está fuera del alcance de esos vecinos la tarea de rellenar los pozos. ¿Deberían ser ellos los que se hagan cargo? Mientras las asistentes sociales del gobierno tucumano visitan cada tanto el barrio y prometen ayuda pero después no vuelven, cada vez que llueve ellos le piden a Dios, por lo menos, lástima.

Fuente de datos: Diario La Gaceta - Tucumán 13-01-06