El Angel o la construcción del delincuente

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Por Silvana Melo

(APe).- La construcción de un delincuente es un trabajo fino, delineado con precisión por la maquinaria sistémica. Un niño incluido en la vastedad del descarte, desahuciado por el Estado desde su origen en el encierro de un asentamiento, en la cárcel eficaz de la villa de donde no se debe salir ni para ir a la escuela y menos para mezclarse con el adentro legitimado por las fronteras del camino de cintura y la gendarmería;

un niño que nace y que crece, a duras penas, en los arrabales del deseo, suele empeñarse en nacer con genética criminal. La trae -dicen los especialistas que sirven a las necesidades políticas de los mecánicos de la eliminación- en la propia piel gastada por la desnudez y el hambre. En la marca de origen. En la privación de todo aquello con que lo insultan las gigantografías y las imágenes de la felicidad global. En la pobreza que se les impone y después se les castiga. En la belleza que se les exhibe y luego se les aclara brutalmente que no es para ellos. En su propia felicidad imposible, transformada en bronca a medida que crece. Vuelta frustración. O decisión –tantas veces- de tomar por asalto aquella fiesta que se le negará siempre. Así matan o mueren, como suele ser la vida en la calle. La vida de los incluidos en el container que la eficaz ceamse del sistema suele llenar de niños para compactar.

La policía lo apodó el ángel. La policía –el brazo armado del mecanismo social purgante- hizo el trabajo sucio que las otras piezas del estado comenzaron con el cimiento del abandono. Lo fueron construyendo, le manejaron la rebeldía –cada niño que nace es la semilla para un cambio, es la esperanza de transformación, una pequeña revolución llorando a gritos- y lo vistieron de rencor.
Con 17 años de historia en las espaldas, el ángel está a punto de ser mayor y punible como los mayores y ya definitivamente destinable al infierno del Sistema Penitenciario, del que no se vuelve. Con la boca de las fieras abierta para desgarrarle la piel y las escasas certezas. Lo esperaron años. Lo guardaron en celdas ilegalmente, lo persiguieron, lo atosigaron, lo empujaron al robo y a la transgresión de los límites que impone la buena vecindad. El 3 de marzo un patrullero lo atropelló en Berisso. Dicen que manejaba una moto que había robado y que tenía un arma. Si es verdad o no –la fábula policial suele cargar con la culpa social de origen a un chivo expiatorio elegido y predestinado- ya es anecdótico. La única verdad –que suele ser la realidad- es que el pibe terminó con una pierna fracturada y enyesado hasta la cintura. Previa espera de tres horas en la calle, golpes y humillaciones. En el hospital San Martín de La Plata lo esposaron a la cama y lo incomunicaron. Inmovilizado por el yeso y el dolor pero encadenado, por las dudas. Es que él, como paradigma del peligro público, integra “el sector más amenazante de los excedentes de la población” (*)
La intervención de la APDH La Plata no logró abrir las esposas que ataban al ángel a su destino. Sólo la discusión intensa del Defensor del Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil, Julián Axat, tuvo la llave de esa mínima libertad en un destino con fractura expuesta.
El ángel fue Angel para la policía porque era un niño rubio y bello. No respondía al perfil estético criminal, lo que lo transformaba en más peligroso aún: un demonio disfrazado de querube, un falsario apropiador de los atributos de la buena gente. Peor que ninguno, demonio en bandeja para los Demonios. Fue justamente otra moto que quiso llevarse la que en 2009 lo hizo tapa de los diarios y bandera de la baja en la edad de imputabilidad. Siempre el sistema busca un ícono, saca un niño del container y lo exhibe en el patíbulo mediático para justificar la arremetida.
“Ya fue detenido 60 veces un chico de 14 años”, tituló Clarín el 7 de noviembre de 2009. Consumidor respetuoso e irrestricto de partes policiales, el diario aseguró que “tiene uno de los prontuarios más extensos de la capital bonaerense” y confió tranquilamente en la voz de La Policía, que le aseguró con indignación uniformada: “ya fue aprehendido 60 veces en poco más de un año”. Sólo Horacio Cecchi, desde Página 12, dobló el hierro del discurso enancado en las intenciones manoduristas del gobierno bonaerense: las 60 “causas delictivas” se reducían a sólo once denuncias ante la Justicia. Las fuentes policiales son el manantial donde abrevan los mediocres en el mejor de los casos. Y los engranajes mediáticos del sistema, en el peor. Es decir, en casi todos los casos.
La nota estigmatoria de la niñez en descarte necesitó su afirmación en otro pibe al que nombraron como Josecito. “Llegó a la detención número 40 de acuerdo con el recuento del personal de la comisaría primera de La Plata”. Josecito ni siquiera tenía edad. Sólo “integraba un grupo de chicos de la calle que robaba en Plaza San Martín”. El propio defensor Julián Axat presentó una denuncia contra la comisaría primera. La diferencia entre las fuentes policiales y los expedientes judiciales era rotunda y grosera: 40 a 3.
Las fuentes policiales, sin nombre ni sello institucional, susurran largas enumeraciones de apremios y persecuciones casi siempre por hostigamiento. Un pibe tomado por el cuello y tirado al calabozo por unas horas es una entrada ilegal a la comisaría. Sesenta veces es una construcción sistemática.
Lo peor es la eficacia. En algún momento lo logran. El pibe –el ángel, Josecito o el nombre con que le marquen la frente- se hará grande, con un pasado que sólo será sombra de su desamparo. Y un presente de rabia en descontrol. Las fuentes policiales se pondrán cara y gesto de nosotros lo advertimos, la opinión legitimada y coreuta pedirá castigo y él matará o morirá, según el casillero en que la rueda se detenga.
Entonces se habrá fracasado otra vez. Y al puzzle de la esperanza le faltará para siempre otra pieza irreemplazable.

 

(*) Eduardo Galeano, La Escuela del Mundo al Revés.


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