Por Sandra Russo

(APE).- Dos balas perdidas en Rosario, la noche del 31, encontraron sus blancos en dos nenas, de 4 y 11 años. Las balas perdidas rara vez se pierden. Son disparadas al aire en un rito salvaje, porque aunque sean disparadas como una forma de vago festejo, de festejo furioso y enrarecido, esas balas caen y a veces, como ahora, perforan el destino de cualquiera.

 

El hecho más grave ocurrió alrededor de las 0.30 del 1 de enero, en el patio de una vivienda ubicada en Casiano Casas al 1.300, donde Yamila Segura, de 4 años, mientras observaba los estallidos multicolores de las cañitas voladoras, cayó al piso sangrando con una herida en la cabeza. La escena no puede ser más escalofriante: desde sus cuatro años, Yamila debe haber mirado azorada ese espectáculo del barrio iluminado por los estruendos de la pirotecnia. El embeleso se convirtió en dolor, en sangre. El mundo recibió así a Yamila: le mostró un perfil festivo, una noche de gente alborotada, y de pronto, lo festivo se travistió en siniestro, cuando la bala perdida encontró ese cuerpito indefenso.

Yamila fue trasladada de inmediato al Hospital de Niños "Víctor J. Vilela", donde se constató que la herida era profunda y que había sido provocada por una bala perdida. Un vocero de ese centro asistencial dijo que el estado de la niña era de gravedad.

El segundo episodio ocurrió el mismo día, minutos antes: en el barrio Las Flores, la otra víctima fue Vanessa Carafatto, de 11 años, a quien la bala perdida le entró por el antebrazo derecho.

Se tiene que haber perdido la noción de cosas muy importantes para disparar balas de plomo al aire una noche de Año Nuevo. Pasa en todas partes y pasa siempre que hay gente que lo hace. Gente que no festeja nada, es cierto, porque la sola idea de imaginarlos apuntándole al aire no transmite alegría ni diversión, sino más bien el patetismo de los que no saben absolutamente nada del amor.

Fuente de datos: Diario El Siglo - Tucumán 02-01-07