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| El nido del Che |
(APe, 16/06/0).- Cuando el crepúsculo explotaba en un amarillo intenso, la estatua del comandante fue envuelta por esa luz que venía de otro lado. A metros de la vieja estación de trenes Central Córdoba, las pibas y pibes -integrantes del Movimiento Nacional Chicos del Pueblo- habían estampado sus manitos cargadas de ternura en un mural multicolor que gritaba que el hambre es un crimen. Hubo chocolatada, música, murgas, sol y colores en la tarde del jueves 12 de junio, en el encuentro convocado por la Mesa Regional de Trabajo por la Infancia de Santa Fe, a través de sus incansables militantes Mariel Valasciani y Roxana Solitro; la Juventud Guevarista y el Proyecto Sur rosarino. La excusa era el monumento al Che y la proximidad de sus ochenta años, la necesidad, como siempre, son las hijas e hijos del pueblo. Aquella aureola que dibujó la despedida del sol, en realidad, acunaba el alba que vendrá en un amanecer para todos. La ternura de los purretes le pusieron calor humano a la estatua y nunca como esa tarde se hizo verdad la consigna de Guevara, “endurecerse sin perder la ternura jamás”. Porque la ternura estaba allí, en el territorio frágil de las pibas y pibes que bailaron, cantaron y dibujaron, mostrando la urgencia de la transformación en sus propias humanidades. Para el guerrillero nacido en Rosario, los chicos del mundo eran el principal objetivo de la urgencia de la revolución, de la necesidad de derrumbar el capitalismo por ser un sistema que multiplica perversiones. Cuando se despidió de sus hijos, el comandante sostuvo que “la cualidad más linda del revolucionario” es sentir “en lo más hondo de cada uno cualquier injusticia que se cometa en cualquier lugar del mundo”. Ahora, a ocho décadas de su nacimiento, las organizaciones sociales y políticas que se reunieron alrededor de su estatua, retomaron el desafío de tender puentes entre aquella acción e ideas con las vísceras de la existencia colectiva de los argentinos, el presente de los pibes. Por eso fue la Queca Kofman, Madre de Plaza de Mayo de Santa Fe, “la Madre de los Chicos del Pueblo”, como la presentó Mariel, quien habló al conjuro de aquel amarillo misterioso que parecía devolver la vida a aquello encerrado en la estatua hecha por setenta y cinco mil llaves que llegaron de distintos lugares del planeta. “Hubo muchos Che en la Argentina y hoy vengo en nombre de ellos a decir que la lucha continúa. Por eso llevo el pañuelo blanco y también tengo el orgullo de llevar esta pechera azul que denuncia que el hambre es un crimen. Porque es necesario construir una revolución para que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos puedan ser felices y libres que es el gran mandato del Che Guevara y de los miles que lo imitaron. Por eso, queridos chicos, hasta la victoria siempre”, dijo la maestra entrerriana, Queca Kofman, Madre de Plaza de Mayo de Santa Fe. Cuando bajó el escenario, de espaldas a la estatua del Che, decenas de pibas y pibes tomaron de la mano a la Queca y juntos repartieron los volantes de la campaña del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo: “El hambre es un crimen”. Después siguieron los cantos, la música, los colores, las banderas luminosas y no había frío que pudiera borrar la entrañable transparencia de los hijos del pueblo, el verdadero nido en donde vuelve a acunarse Ernesto Guevara. |




(APe, 16/06/0).-