Por Ivana Altamirano (*)

(APe).- Barrio Güemes es el primer barrio- pueblo de la ciudad de Córdoba instalado a las orillas del arroyo La Cañada, entre el centro y la Ciudad Universitaria. Su paisaje muestra las pocas casonas antiguas que quedan, entre casas chorizos, galpones y edificios modernos, que remiten a la oleada migratoria europea del XIX. Algunas viviendas de antaño, ya rotas y descascaradas, son hoy pensiones de migrantes latinoamericanos mientras que otras son distinguidos bares de tragos, comercios de diseño y de antigüedades.

La vieja Cárcel de Encausados deja ver la maleza que prolifera ante los ventanales rotos por los que en otras épocas se asomaban los presidiarios. Este edificio -hoy abandonado- históricamente contribuyó a la estigmatización del barrio tildado de “delincuencial” y “arrabalero”. Con la idea de “mejorar y “revalorizar la zona” se cerró en el 2012 y los presos fueron trasladados a las afueras de la ciudad. Lejos quedó la promesa del gobierno provincial y municipal de convertirlo en un centro cultural, en un espacio de juegos o en una escuela técnica.

El encauce por donde pasa el arroyo que desemboca en el río Suquía y que en los siglos pasados se llevaba rancheríos de Güemes al crecer, es hoy un emblema típico de Córdoba: La Cañada. Hecha de cal y canto rodado es donde caminan los ratones y donde los jóvenes se juntan a charlar, fumar, beber y enamorarse. La antigua plaza que fue parada de carretas que comerciaban frutas, legumbres y hortalizas, es actualmente un centro cultural y una feria artesanal: el Paseo de las Artes.

Aun con el paso del tiempo, los gobiernos y la llegada del “progreso”, el barrio linda entre la distinción y la pobreza. Conserva una cierta división entre lo que antes se llamaba Pueblo Nuevo (zona más cercana al centro de la ciudad donde habitaban familias de renombre) y El Abrojal (parte del barrio más alejada y poblada con rancheríos de negros, indios y mestizos).

Pero bien al fondo del barrio, el paisaje cambia: se ven en sus suburbios calles con aguas servidas, escaso alumbrado y casas viejas que dejan ver entre sus puertas o en los ventanales ropas colgadas al sol como si fueran tolderías. Los perros recorren las calles y se tiran bajo alguna sombra mientras los viejos vecinos se sientan en la vereda para mirar cómo pasa la vida.

En un almacén de barrio Güemes está Alondra, que tiene 10 años. Llegó hace un tiempo del Perú con su madre en busca de una mejor vida. Durante la mañana va a un colegio de monjas privado, situado en el centro de la ciudad, y durante la tarde atiende el negocio en el que trabajan ella y su mamá. Venden frutas y verduras, alimentos varios, pan y bebidas desde las 9 de la mañana hasta las 11 de la noche. A la siesta suele ser un horario muy tranquilo de ventas pero no es motivo suficiente para cerrar el comercio. Cuando su madre se va a hacer las compras “de mercadería” a la siesta o a la noche, Alondra se queda sola. Mientras espera que los clientes entren, sobre el mostrador, la niña hace los deberes en su cuaderno de clases.

Alondra atiende a los clientes, cobra, pesa y le paga a los proveedores. Hace cálculos matemáticos con una rapidez mental envidiable mientras controla la veracidad de los billetes con que le pagan. Elije las frutas o verduras para cada cliente, incluso les hace precio u ofertas para que compren un poquito más. Algunas veces se la puede encontrar comiendo chocho, ceviche, papa rellena o alguna otra comida típica del Perú. Cuando se hace de noche, coloca una reja en la puerta y sigue atendiendo.

En la oscuridad los clientes cambian y la niña comienza a vender cervezas y botellas de vino. Alrededor de las 10 de la noche llega su madre en un rastrojero y descarga sola cajones de frutas y verduras mientras Alondra sigue atendiendo. A eso de las 11 de la noche aparecen trabajadoras sexuales y vendedores callejeros con pequeños paquetitos de nylon del que aspiran cocaína. Los naranjitas nocturnos son los principales consumidores y expendedores. De fondo se escuchan algunos tiros mientras los patrulleros pasan sin ver ni escuchar nada. Alondra vende las últimas bebidas de la jornada y algún alimento mientras su madre avisa a los clientes que ya se cierra el almacén y las ventas.

La descripción anterior es sólo una muestra de la situación que viven en Argentina algunas niñas y mujeres migrantes. La migración latinoamericana ha sido -y es- foco de cuestionamientos por parte de ciertos sectores sociales que la culpan ante la falta de empleo por su mano de obra barata y en negro.

En nuestro país, los discursos xenófobos ven a la migración como una amenaza asociándola con la sobrepoblación de los centros de salud y educación públicos. En efecto, la Dirección Nacional de Migraciones en el 2016 anunció la creación de un centro de detención de migrantes que se hallan en situación documentaria irregular, criminalizándolos. Incluso, cuando se reabrió el debate en torno a la baja de la edad punible, se puso en la mira a los jóvenes y niños migrantes como causantes de la delincuencia.

El caso de Brian, hijo de migrantes peruanos a quien con quince años se acusó de matar a otro niño en la Navidad del 2016 en Flores, Buenos Aires, fue el chivo expiatorio de discursos condenatorios que asociaron migración, adolescencia y pobreza con delito.

Alondra: niña, migrante, alumna y trabajadora, representa una de las tantas infancias de Córdoba y de Latinoamérica, pero el trabajo infantil no es exclusivo de la migración. Es común ver en los bares turísticos a niñas y niños mendigando o vendiendo chucherías en la soledad de la noche. Por las calles céntricas de Córdoba se ven adolescentes y niños limpiando parabrisas por pocas monedas. Aún persisten formas de trabajo infantil encubierto en los que niñas y niños se ven obligados a “ayudar” en tareas de albañilería, limpieza doméstica o cuidado infantil por parte de niñas o chicas adolescentes.

De hecho, en los caminos y rutas que llevan a los viajantes a las serranías cordobesas, se observan niñas y niños vendiendo productos caseros tales como mermeladas, tortillas y conservas. Si el trabajo infantil existe es porque existe la necesidad de subsistir, porque no hay garantías por parte del Estado para cubrir necesidades básicas como el alimento y la vivienda.

Las escuelas públicas situadas en las barriadas populares acogen a diario a niños y niñas que van a los comedores para recibir, en muchos casos, el único alimento del día. En ese contexto, donde miles de niñas, niños y adolescentes viven en la exclusión y la pobreza, es difícil comprender los Derechos de la Infancia.

En un lugar de Argentina, Córdoba, barrio Güemes, cuando se hacen las 11 de la noche, Alondra y su mamá cierran el negocio y caminan unos metros por la vereda hacia una puerta que da a un pasillo. Al fondo, ellas viven junto a otras personas migrantes: niñas, niños y mujeres en su mayoría. ¿Con qué sueños habrán llegado Alondra y su mamá? ¿Qué soñarán esta noche? Mañana será un nuevo día y Alondra se levantará a las seis de la mañana, se pondrá el uniforme escolar y llegará en horario puntual al colegio como todos los días. Al salir de clases, volverá al trabajo junto a otras niñas y madres peruanas y en su mochila guardará sus ganas de jugar y con ellas parte de su infancia.

Volarán sus deseos, se irán por los cielos sus aventuras, las fantasías de pasar el tiempo con sus amigas o de volver a Perú para encontrarse con las personas queridas que allá quedaron. Pasará un benteveo y cantará al amanecer entre las palomas que sobre poblaron los árboles de la ciudad y Alondra entonará su canto por dentro. ¿Qué melodías, qué canciones sonarán en su corazón? ¿Qué significados nuevos le dará a su universo de niña pájaro, de pequeña migrante?

(*) Mención en el Concurso de Crónicas de Infancia Alberto Morlachetti

Edición: 3370

 

 

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