Banderas

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(APe).- Las celebraciones que se montan sobre sangre y martirio deben ser, inexorablemente, gateras de una carrera hacia la dignidad. Ciento treinta y un años hace que sobre los mártires de Chicago se corre este maratón de infierno y tantos, tantos van quedando en el camino.

En esta tierra de pan, el año pasado agonizó con un millón y medio de desocupados. En cuatro meses se han caído del sistema algunos centenares de miles más. Es un millón y medio de familias sin ingresos. Más el 34% de trabajadores sin registrar. Es decir, un 45% de la población en condiciones de trabajar sin salario, sin cobertura sanitaria, sin aportes jubilatorios. Sin dignidad. Sin futuro.

Ni los desahuciados de este mapa feroz ni los privilegiados que todavía marcan tarjeta a las 8 tienen quien los represente. Quien los represente en serio, sin usarlos como herramienta para su propia construcción empresaria y/o política.

Mientras los tareferos misioneros sostienen sus carpas a la vera de la yerba mate sin almuerzo, ni hoy ni mañanas para sus pibes, el Momo Venegas le regala el escenario a Mauricio Macri. Y canta “sí se puede” porque los que pueden son bellos, amarillos y ricos. Y los peones de la zafra se mueren de bagazosis y los sojeros de glifosato en la sangre.

Mientras la industria se cristaliza y el empleo se diluye, la CGT hace su acto a puertas cerradas. Las CTAs prefieren la escuela itinerante, una después de haberse asociado con un gobierno y un estado (con todas las concesiones que implica) y la otra, mareada y perdida, con la obesidad cegetista. Y la izquierda divide la revolución en dos.

A todos el gobierno les techa las paritarias. Pero el techo es para los trabajadores. El sindicalismo de púlpitos suele no sufrir estas penurias.

La brecha es cada vez mayor, la desigualdad corroe el futuro de los niños, recorta la voluntad y cultiva la rabia, la inseguridad pasa, de ser un problema de hambre y urgencias para los desechados del sistema, a convertirse en una contrariedad de bienes privados para la riqueza concentrada.

No hay buenas noticias para los trabajadores. Ni para aquellos que lo son aunque se les impida ejercer.

Pero suele haber muchos –más de los que a veces el desasosiego implanta- que no dejan de soñar con el trabajo esforzadísimo de transformar este mundo. Los derechos, saben ellos, se conquistan y cuando llegan los lobos en devorada, se lucha y se recuperan. Por eso ellos suelen no rendirse. Nunca. Y por eso vamos atrás de esas banderas, las de las trabajadoras invisibles para las estadísticas, las de los changarines de la esperanza.

Para que no nos derrote esta tormenta. Al fin y al cabo, nos ha llovido la historia sobre la cabeza. Y las buenas noticias han sido sistemáticamente escasas.

Por eso primero el aguante. Y después, agarrar a la historia por los pies para dejarla cabeza abajo. Y estemos, por fin, una vez, en la infantería de la victoria.

Edición: 3388


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