Por Claudia Rafael
(APe).- Cacerolas contra los poderosos. Las de aluminio que se abollan. Que se hunden con el golpe pertinaz del metal que resuena. Con el ritmo de una murga que no es ni será. Con la furia de la desesperación.

Cacerolas que se ennegrecen al calor del fuego directo. En la olla popular de los desarrapados. Que cobija al guiso pulsudo que se reparte mano a mano y se comparte en el corte de ruta o en el piquete callejero.

Cacerolas que hoy se escuchan en las calles de Santiago o de Valparaíso. Y que hace 18, 19 años sonaban en el asfalto porteño. Piquete y cacerola, la lucha es una sola, resonaba como ecos implacables hasta voltear a un gobierno que huía en helicóptero dejando antes la ristra de muertes impunes. Y duró lo que duró. Lo que perduran esas uniones nacidas del espanto y que se desarman cuando los que más pueden se reacomodan los bolsillos. ¿Por quién doblan las cacerolas?, decía entonces Alberto Morlachetti. En un interrogante que dejaba al desnudo esas alianzas espurias, falsas, en donde no hay una lucha de iguales. Sino una suma por conveniencias.

Cacerolazos contra los gobiernos populares. Como en el 73, cuando las ricas señoras de la más rancia burguesía salían a bordo de sus Mercedes Benz cacerola en mano. Y de ahí al pinochetazo que volteó a Salvador Allende y masacró a decenas de miles hubo apenas un paso diminuto. Cacerolas de materiales perennes y marcas de doble ese. Que no suenan como las otras. Que apenas tienen un sonido hueco. Que no se parece en nada a las tapas del aluminio con las que jugábamos cuando éramos chicos disfrazados para el carnaval. Son graves y pesadas. No se oxidan. Son capaces de derrocar gobiernos que llenan las otras ollas. Las chiquitas. Las de manija al costado. Las grandotas para un kilo o más de polenta bien calentita. Que abriga cuando en la vida no hay nada que abrigue y todo es puro desamparo y fragilidad.

Cacerolas que suenan aquí y allá. En todos los tiempos. En las geografías más remotas si somos el ombligo del mundo. En las más cercanas. Al otro lado de la cordillera. Con los pasos que se mueven mientras el fuego ahoga. Mientras la bala pega. Mientras el plomo abrasa. Mientras la vida huye. Mientras las ollas hacen oír su grito metálico de basta señores. Cacerolazo que no son 30 pesos sino 30 años de aguante y ajuste. De cinturón que aprieta hasta el no respiro.

Cacerolazo que es la historia entera en estallido metálico.

Cacerolas que hierven hartazgo. Que cocinan la rabia a fuego lento. Que retumban revuelta. Que guisan rebeliones. Que condimentan la lucha. Que la asan despacito para que no se queme sino para que arda con el sabor pimienta de los pueblos sublevados.

Y entonces algún día, un gran día, un día de aquellos donde amanecen soles que amasan futuro llegará para quedarse. Con la olla humeante y rebosante de alimento para la larga mesa compartida de los millones que ya no conocerán las múltiples palabras que nombran al hambre.

Edición: 3969

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