Por Silvana Melo

(APe).- Ni siquiera la muerte le puso nombre.

La noche del incendio en una cabina del Sarmiento salía humo por las alcantarillas y las bocas de la avenida Rivadavia. El lunes ya se moría cuando los bomberos encontraron un montoncito sin alma de lo que fue alguna vez un ser humano. Un hombre, se supone. Sin documento ni un papel arrugado que certificara existencia. Para que alguien supiera que murió. Al menos. Porque de su vida nadie tuvo registro.

“El incendio de una cabina en desuso del Sarmiento provocó una muerte”, titulan los diarios del martes en la capital. Se detuvieron los trenes. Se evacuó a los pasajeros. Pero había alguien a quien nadie vio. A quien nunca nadie vio. Un cuerpo “en situación de calle”. El vulgar eufemismo de la “situación” encubre la tragedia de un tipo abandonado históricamente por el estado. Que lo dejó un día sin casa, sin recuerdos, sin historia, sin identidad. Puesto en cualquier esquina a dormir de día. A orinar en las puertas de los galpones. A comer los desechos de los que existen. De los normales . De los que están en situación de casa, confort, mesa y baño completo.

La noticia habló de un muerto. Lo encontraron hecho un carboncito. Después de todo: de la evacuación, del fuego extinguido, de la profundidad del túnel en soledad. Un muerto que no es nadie porque fue nadie mientras respiró y tuvo los ojos abiertos.

Un muerto que descansará de una vida feroz en una bolsa negra en la morgue de Viamonte. Hasta que alguien lo barra porque fue nadie, es nadie y a los nadie no se los reclama.

La noche que la estación Miserere bufaba humo para Rivadavia alguien murió.
Alrededor, los carteles exigían un voto, la compra de un labial, el recuerdo de 51 muertos. O preguntaban a gritos por una ausencia.

Hay quienes se vuelven ceniza. Hay quienes se vuelven afiche. Los que pueden tienen rostro. Los que no, serán una sombra desnombrada. Un título anónimo en un diario.

Edición: 3432

Libros de APE