Por Bernardo Penoucos

(APe).- La urgencia está en imaginar el momento justo del golpe, la esquirlas de la bala ramificándose en el cuerpo vencido, la capucha en la cabeza, helada la espalda y entumecidos los huesos. La urgencia está en observar con ojos de humano la mirada del humano secuestrado un segundo antes de la noche, el traslado tabicado, el mudo grito sin eco perdiéndose en los bordes del desierto y en la inocencia del viento.

La urgencia está en ver el cuerpo molido por verdugos propios y ajenos. La urgencia está en divisar de cerca y con ojos abiertos la venta de la niña a manos adultas, la transacción de la carne y la transacción de los cuerpos, el fusilamiento del pibe en esquinas vacías, justo frente al mural que recuerda a otro pibe que también supo la misma suerte y el mismo destino en otro fusilamiento.

La urgencia está en ver de cerca y sin distracciones banales los dedos pequeños de los niños golpeando la mesa y pidiendo el almuerzo porque saben que esquivarán la cena, saltearán la merienda y faltará mucho para el desayuno.

La urgencia está en poder respirar el viciado aire que etiqueta desde el por nacer a los niños que transitarán los hogares y que de adolescentes transitarán los institutos y que de jóvenes y tan viejos llorarán escondidos en la lobreguez de las cárceles.

La urgencia está en desaprender las lógicas impuestas que violentamente nos han puesto en tristes y ciegos escenarios, en indiferencias organizadas, en naturalizaciones obscenas, en invisivilizaciones varias y peligrosas.

La urgencia, la necesidad primera, el motor y el impulso radican en esa incansable búsqueda del rostro arrancado, del familiar secuestrado, de la niñez ultrajada.

La urgencia está en ponerle nombre, cara y palabras.

Digamos Santiago, digamos Julio, digamos Marita, digamos Luciano.

Pero digamos, con urgencia y constantemente, digamos.

Edición: 3436

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