Por Silvana Melo

    (APe).- Mientras las villas hacinadas de la CABA resisten inermes la invasión viral, el cuerpo de Luis Espinoza apareció en un precipicio, ahogado en una bolsa negra, muerto en Tucumán pero encontrado del lado de Catamarca. Mientras el Presidente visitaba la provincia que dicen que es el jardín de esta república, un peón rural había sido desaparecido por la policía de ese jardín hacía una semana. Sin que al gobernador se le moviera el barbijo. Mientras la política y las empresas mediáticas dirimen el poder tironeando de la cuarentena un tipo común terminó muerto, asesinado, tirado entre los pastos de la montaña de Andalgalá, aunque él vivía, trabajaba cuando había y fatigaba una vida durísima y anónima en Monteagudo, un pueblo tucumano.

Ahí donde la policía los sorprendió, a Luis y a su hermano Juan, cuando habían ido a cobrar y pasaban a ver a la familia. El grupo venía cebado, de reprimir una carrera cuadrera por violación de la cuarentena. Y de paso y por las dudas empezaron a pegarle a Juan. “Cuando Luis intentó frenarlos se escuchó un disparo y un golpe desmayó a Juan. Cuando despertó su hermano ya no estaba”, relata Adriana Meyer. Y no lo vio más.

Hasta ayer, que apareció en una bolsa negra. Entre las montañas empinadas. Del lado de Catamarca. Los que se quebraron dicen que el subcomisario de Monteagudo cargó el cuerpo en el baúl con la ayuda de cuatro policías. Mientras Tucumán se negaba a adherir a la Ley Micaela.

El jardín donde se obliga a las niñas a parir, el jardín donde el hijo del genocida asegura que no conoce mujeres asesinadas por el hecho de serlo, el jardín donde fueron emperadores José Alperovich y Beatriz Rojkés. El jardín donde la misma policía que desapareció a un peón rural mató por la espalda a un niño de once años.

Y al gobernador, tampoco se le movió el barbijo.

Edición: 4008

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