“Amarás la gran ciudad y en ella a

los niños descalzos que no quieren

ser héroes de la miseria”.

Jaime Sabines

(APe).- Cabría responder a esta pregunta por la contraria: ¿recuperables de qué...para qué...para quién?

En este artículo se intentará una aproximación al proceso de recuperar un lugar social justo para el chico expulsado a la calle, es decir, carente de lugar. No se trata de recuperar al chico para la sociedad puesto que si está en la calle, es la sociedad la que ha producido su expulsión. Se trata de crear las condiciones individuales y colectivas para generar el lugar social que desde la comunidad, la escuela, la familia le ha sido negado. O, en otros caso, desde estos mismos ámbitos se tratará de potencializar los precarios lazos y soportes que mantienen su lugar.

Suele pensarse, en este sentido, que con brindarle abrigo, alimento, cariño, comprensión, será suficiente para que “no vuelva a la calle”. Es necesario, desde el principio, alejarse de las consideraciones simplistas, románticas e idealistas que, como conducen al fracaso, terminan de confirmar el prejuicio acerca de la “irrecuperabilidad” del chico de la calle, adscripto al estereotipo que le asigna como destino el delito.

Ser un chico de la calle implica haber aprendido a sobrevivir en ella. La sobrevivencia no se reduce a la provisión de medios materiales de vida sino a la constitución de valores y referentes identificatorios que le dan sentido a ese “ser y estar en la calle”, sin los cuales sería imposible tolerar el desamparo, convivir con el terror, probarse en los límites de lo insoportable, de la violencia y la agresión, el hambre, el frío, la persecución policial, las migajas de caridad, el desprecio reiterado. El mirar “desde la vidriera” a los chicos que van de la mano del adulto, protegidos hacia la escuela. En suma, aprender que es “otro”, que no es semejante a los de su misma edad, que él es de la calle, que vive por y de la calle.

Tiempo y espacio sin límites

También aprendió a moverse en un enorme espacio, casi sin límites, en un tiempo sin horas, lo que amplia su marco de relaciones hasta hacerlo coincidir con ese ancho “mundo ajeno”. como en una “libertad incondicional”, sin la atadura del tiempo y del espacio.

Esta peculiar vinculación con los otros y las cosas, el espacio y el tiempo, conforman su modo de ser y hacer su identidad, su cultura, donde quizás lo único permanente ha sido su propio cuerpo: su olor, resistencia, textura, “poder”. Por ello el “reencuentro” de su lugar social implicará abandonar este modo de ser y estar con las cosas y los otros, cambiar de cultura, abrirse a un proceso de construcción y reconstrucción de valores y capacidades.

Ofrecerle “abrigo, afecto, protección, comprensión” al chico de la calle parece una opción sensata. Sin embargo, son goces y necesidades que hay que volver a crear. Por ello, una visión inmediatista ante los conflictos y dificultades de “conquistarlo” señalará al chico como incorregible , semilla de maldad, irregular social, discapacitado afectivo, en suma, “desagradecido”...

Seducir para la vida

El vínculo madre-hijo depende de que ella pueda “seducir para la vida”. Entre la madre y el recién nacido debe construirse un patrón de interacción que haga posible el “avenimiento” entre ambos, diríamos, como una suerte de ensamble, código común que no se da de manera automática ni inmediata, por más amor y deseo que haya hacia el niño. Si construir un vínculo no es algo espontáneo ni con el recién nacido cuando toda la historia está por escribirse, cabe preguntarse cómo ha de gestarse un vínculo con el chico de la calle cuando en su historia nada ha pasado por “seducirlo a la vida”, sino todo lo contrario.

Hambreados, hacinados, castigados, desamparados, postergados, excluidos, desesperanzados de generación en generación, difícilmente madre-hijo, adulto-niño puedan articular un vínculo que “seduzca para la vida”...

Y, como en los primeros tiempos de la vida, el lugar social pasará por contar con uno o dos adultos acompañados por un grupo, en calidad de continentes, que se comprometen a dar y sostener la vida, estar a disposición, al servicio del otro hasta tanto pueda autonomizarse o acceder a una independencia relativa.

Siguiendo con esta analogía, desde el chico cabe esperar que se avenga a algunas propuestas y que reaccione en forma imprevisible a otras. Por ejemplo, para quien la ternura es casi desconocida, y su cuerpo valorizado por su resistencia al dolor, a la intemperie, por su rudeza, bravura, la ternura puede ser vivida como una afrenta, una ridiculización. Habrá que poblar el cuerpo de gratificaciones para que pueda valorarse a sí mismo, también desde la protección y el cuidado.

La ternura

La ternura es el vehículo privilegiado del vínculo humano, proveedor de capacidades para mediatizar y orientar la afectividad y superar el caos inicial. Posteriormente, este vínculo dará soporte a la capacidad de reconocer al otro como semejante, de inquietarse y responsabilizarse por las consecuencias de sus actos, es decir: de confiar en la reparación. Esto se hace posible cuando se ha experimentado la perdurabilidad, disponibilidad, de las figuras vinculadas, constitutivo del sentimiento de amparo, de la confianza en la resistencia del amor.

Esta reconstrucción o construcción es de crucial importancia para los chicos que deben reapropiarse de su lugar social puesto que precisamente el conjunto de procesos que lo arrojaron a la calle le han dado una visión del otro como peligros, desconfiable, inconsistente, irreparable, vengativo, etc...; por eso, vive cercado por el inmediatismo, la imprevisión , la impulsividad. Con esto se asocia el hecho de que el chico de la calle ponga a prueba una y otra vez los nuevos vínculos, que los ataque, que desafíe a las nuevas figuras identificatorias de las que necesitará tolerancia y límites, contención y esclarecimiento, flexibilidad y coherencia, comprensión y no justificación cuando transgreda y, permanentemente, la confianza en la utopía que construyen, el deseo vivo de justicia, aún en la adversidad.

Pero la reinscripción vincular será proveedora de identidad si, al mismo tiempo, el chico se reapropia también de su saber, de su hacer y de su poder implícitos en sus estrategias de sobrevivencia en la calle, interrogándose sobre su origen, su devenir, redescubriéndose como niño, joven, pueblo, trabajador, condición de acero y cristal, presencia profética de la calle.