Sobrevida, desamparo y muerte en la calle
Publicado: Martes, 07 Julio 2020 23:29
Sobrevida, desamparo y muerte en la calle

Por Claudia Rafael (APe).- Entre las bocas de fuego de la imagen hubo una mujer. Un ser humano. Y fue la vida misma apagándose entre las llamas en lo que fue su casa: tenía la escritura provisoria (hasta que los desalojadores compulsivos dijeran lo contrario) de un trozo de vereda con la autopista como techo. Alguien o algunos –la verdad nunca hace luz sobre los márgenes- la roció seguramente con algún líquido y la hizo arder. No hay identidad, no hay nombre y cuando lo hay nadie tiene la certeza de su verosimilitud. Después de todo, cuenta a APe Barby Alegre, de la organización Sopa de Letras, “hay quienes olvidan sus nombres después de hacerse de llamar de otra manera durante años. Y también hay quienes prefieren elegir el propio". "Nosotros pasamos por ahí el domingo al mediodía. En Virrey Ceballos, entre San Juan y Cochabamba. Y creímos que sólo habían quemado las cosas. Pero sabemos que el sábado a la noche alguien prendió fuego en una de las ranchadas y estamos averiguando en hospitales pero todavía no tenemos claridad”, contó a APe cuando todavía no habían logrado confirmar la muerte. “En ese lugar –describió ayer en la tarde- suele haber varias personas, que van y vienen. Y por eso mismo no hay certeza de quién es la víctima. Tenemos muchísima bronca y muchísimo dolor. Queremos que este horror sea visible. Porque sea la chica que imaginamos que es o cualquier otra son las mismas personas que acompañamos todos los días, a quienes llevamos la comida, de quienes escuchamos sus historias”. Barby cuenta de los quemados. De las casitas hundidas entre cenizas. Del hombre prendido fuego por los dos vecinos de Mataderos hace un año y de los otros dos que murieron entre las llamas en las barrancas de Belgrano. Reconstruye la historia de la familia que vivía en una casa rodante en Boedo. “Nosotros los ayudamos a construirla. Allí viven una pareja con siete hijas e hijos. Tuvieron mucha suerte porque perdieron todo pero nadie murió”. Son las historias de los subsuelos del sistema. Que invisibiliza a los nadies o toma –a través de sus brazos vengadores- la decisión de borrarlos definitivamente de la vida. A los 33, una mujer vive con su hijito de 8. Desde la vidriera de ese submundo al que los arrinconó un modelo que trasciende pandemias y covides el niño mira. Ve a los hombres astronautas descender del camión, dispuestos a manguerearlos. Intuye que no es una amenaza. Y acierta una vez más de tantas. Hace demasiado frío. La madre del niño le contó a Barby la escena que los dejó sin nada esta semana. Desde Sopa de Letras le quita el velo a muchas otras crónicas de las ranchadas. Apura el diálogo con APe porque tiene que volver a poner el cuerpo en las calles del sur porteño y de Lanús. Donde coincide en la entrevista virtual con Jonatan Zaín, Julieta Garay y Marina Bo, los tres de la organización Bondi Sur. Todos ellos son los ojos de los caídos, de los rotos, los que fueron cayendo por los acantilados del modelo hace dos o tres años o los que empiezan a asomar por las ollas callejeras hace escaso mes y medio o dos, en plena pandemia. También están “esos pibes de 30 que viven en la calle hace 17 ó 18. Pasaron por todo. Por casas, por instituciones pero pasaron la mayor parte de sus vidas en la calle”, cuenta Jona mientras habla del espacio que se armaron hace ya tiempo en la estación de trenes de Lanús y al que uno de esos pibes asiste jueves y domingos por la noche. “No podés estar acá…” José tiene 38 años y es paraguayo. Las calles del sur del conurbano son su territorio. “A mí la policía me echó un montón de veces de los lugares en los que paro. Me siento como una pelota de ping pong, como un perro, de un lugar a otro. A veces no sé qué voy a hacer: circule, circule, te dicen. No me dejaron ni ir al baño. Personas como yo que no tenemos dónde caer muertos… Creen que llevamos esta vida por gusto de estar así. Y eso me baja el ánimo, las ganas de vivir se te quitan, porque no sos un animal, sos una persona. No puedo pasar a Constitución porque no te permiten, no puedo irme. Falta un poquito más de amparo, de gente que te entienda. Dónde voy a estar yo mientras no pueda ir a ninguna parte… yo soy una persona en su sano juicio, asimilo las cosas, qué puedo hacer. Acá si me pongo a dormir no le puedo hacer mal a nadie. Me pueden prender fuego, que son los riesgos que uno corre. Me trabaja la cabeza, me puede pasar. Antes de la cuarentena los chicos que salían de fiestas te veían y te zarandeaban, se te morían de risa. Ahora no son ellos, la policía te hace salir, no podés estar acá, pero qué puedo hacer… me voy a la plaza y otra vez viene el patrullero. Me vengo a la estación, acá no podés estar… tengo paciencia pero me indigna, me frustra…” Reglas de la calle Bondi Sur mira el rostro del pibe de 30 y lo rescata con una sistematicidad de años del sitial del olvido cada jueves y cada domingo. Jona, Barby, Julieta y Marina hablan de viejos anclados en las calles desde que la circularidad de los márgenes los va llevando a dejar de pagar la luz, a no tener gas, a quedar a oscuras y con techo para dormir pero platos vacíos para comer. Demasiadas veces hay una pulseada con integrantes de fuerzas de seguridad. “Algunas veces tuvimos que sacarle pibes a la policía cuando los estaban corriendo. Pero lo que suelen hacer es verduguearlos hasta cansarlos”, desgrana Jona. Y Marina acompaña el relato: “Están buscando la reacción. No es directamente la violencia sino provocar un por qué para actuar. Hay muchos chicos que están en consumo, en la plaza, y cuando estamos las organizaciones sociales no los provocan tanto, pero hay muchas veces en que están realmente densos”. La pandemia les cambió el escenario y sus protagonistas. “Si bien tenemos personas que son históricas, que están con nosotros desde hace años, hay unos cuantos que encontraron ollas nuevas más cercanas al lugar en el que paran o en el que viven y dejaron de venir. Pero apareció mucha otra gente, con o sin techo, que recurre a nosotros por la pandemia. Hay un muchacho que viene desde Claypole; otro, que era voluntario de una organización en capital y era de Lanús que cuando se quedó sin trabajo en la pandemia empezó a venir a comer a la estación. Hay una mujer, Norma, que tiene cerca de 80 años que vive a 10 cuadras de la estación y viene a comer. Y nosotros le queremos llevar el bolsón a la casa y no acepta, porque quiere venir”. Se juegan seguramente crónicas de soledad y aislamiento. Y Norma, como tantos, necesita de la palabra compartida. La calle tiene otras reglas. Ajenas a los protocolos ministeriales. El pico de botella o el faso compartido, el calor humano de dormir cuerpo a cuerpo en una vereda y entre cartones, la cercanía imprescindible que no sabe de alcoholes en gel o lavandinas, el barbijo que pasa de manos y cubre de repente otras narices y otras bocas. “Pero es lo que hay, reflexiona Jona. Hay muchos que por la desesperación, para conseguir un mango para llevar a la casa, hacen cosas que saben que los ponen en riesgo por más que no quieran. Y además, cuando vuelven a la casa no pueden desinfectar todo lo que traían, un baño, cambios de ropa. Ya sus vidas mismas son un riesgo”. Julieta necesita seguramente hacer a un lado la oscuridad. Y elige, a la hora de privilegiar imágenes que le dejaron marcas, el momento de decir a la gente que retira el bolsón que no pueden ampliar el número de quienes lo recibirán: “entregamos dos bolsas. La de comida y la de higiene. La realidad es que no sabemos cómo llegar de una semana a otra, cómo conseguir las cosas. Por ahí algunos de los que se llevan el bolsón traían el nombre de gente de su entorno que necesitaba también. Y a nosotros no nos da. Entonces propusimos que entregaríamos algo más pero que lo tendrían que compartir y la gente, para nuestra alegría, se súper prendió”. Para seguir caminando hace falta reconciliarse con esa humanidad que no quema a una mujer que vive en la calle sino que elige compartir lo poco que queda. El mismo dulzor le dejó a Marina un episodio personal doloroso. “Hace unos meses, al inicio de la pandemia, mi mamá fue hospitalizada de urgencia en el Evita de Lanús. En medio de la incertidumbre de no saber cómo seguía mi mamá, que estaba muy grave, yo deambulaba perdida, esperando un milagro, y me encuentro con uno de los compañeros que vive ahí por el hospital, en la calle. El me vio y me brindó lo que por ahí yo le di durante tanto tiempo, la contención, la escucha, el abrazo. Invertimos los roles, él me escuchó y me acompañó en ese momento que para mí era muy difícil. Es algo que guardo en el corazón”. Quien llega primero… El más viejo en años de calle primerea. “Los que viven hace años en la calle se saben mover. Tienen calculados los tiempos según los horarios de las ollas. Los que son nuevos, muchos abuelos, asoman con el tuper y esperan, como con vergüenza. Se acercan cuando ya no queda nada para entregar. Aparece mucha gente bien vestida, que tuvo años de trabajo, que tenían casa, pero dejaron de pagar la luz y se las cortaron, dejaron de tomar los medicamentos. En pleno invierno, un viejito jubilado, llegaba en ojotas a la estación de Lanús desde Capital. Contaba que se levantaba llorando de hambre. Cuando supimos que vivía cerca de nuestra sede en capital, pudimos ayudarlo a que pudiera empezar a cobrar algo mínimo. Va a nuestra sede a comer”, suelta Barby. Los más nuevos y los más desarrapados abundan en sus precariedades. Un hombre dormía, en plena lluvia, en una plaza de Lanús. “Estaban él y sus pertenencias en el medio del charco de agua. Cuando un compañero nuestro llegó a tratar de ayudarlo, se encontró con un camión limpiando bajo la lluvia. Era de la municipalidad de Lanús, y estaban diciendo que iban a llamar a la policía. Tiraron todas las cosas del hombre en el camión que se quedó sin nada”. Son los habitantes del desarraigo. Los pobladores de la intemperie. Los que cayeron de todos los mapas. Abrupta o paulatinamente. Los que perdieron o los que nacieron y crecieron sin el estatus de sujetos. Los que pueden ser mirados como si fueran transparentes. Sin ver en sus rostros ajados siquiera los harapos de su humanidad. Qué mal puedo hacer durmiendo acá, se pregunta José. Tal vez sea el simple mal de existir. Y una vez más se cincela al futuro con el formato indecible de la tristeza. Habrá que arremangarse de ternuras para nockear a la crueldad en el cuadrilátero de la Historia. Edición: 4040  

Luz
Publicado: Jueves, 02 Julio 2020 17:03
Luz

Por Silvana Melo (APe).- Los cuatro años de Luz Emily se apagaron una madrugada de plenísimo invierno, a las cinco de noche de la mañana. Y ella supo, acaso antes de morir, que los monstruos de los cuentos, que se cuelan por la ventana o aparecen por las cañerías, pueden vivir en casa. Y ser personas de carne y de hueso, con cara de papás a la hora de comer. Luz se apagó junto a su mamá, mientras dormían. El poderío cobarde del hombre que mandaba entre esas paredes las mató durante el sueño. Por estrangulación, dicen los partes policiales. Es propio de la represión patriarca apretar el cuello de sus víctimas. Hacerles saber quién manda ante la insolencia independentista que suelen ejercer las mujeres. Apretar un cuello es impedir hablar, gritar, respirar. Así mata la policía a los negros en Minesota. Así mata la policía a los pobres en Tucumán. Así matan los Jacintos Apodacas a sus parejas y a las niñas de sus parejas para disciplinar. Para dejar en claro quién tiene la escritura de las vidas, quién la propiedad del sol de las mañanas, quién el percutor que enciende la luz de las niñas que se llaman Luz. Jacinto Apodaca se llama el hombre que vivía en la casa con María Magdalena y Luz. Haciendo de novio y sustituto de padre, capataz de los cuerpos y gendarme de las vidas. El sábado a la tarde las encontraron en Moreno, una de las zonas más desventuradas del conurbano. María Magdalena tenía 23 años. Luz, 4. Mamá de nombre bíblico, reivindicada por el cristo menos machirulo del dogma cristiano-patriarcal. Luz, arquetipo del alba. De la aurora irreverente que no le dejaron encender. A principios de abril, cuando la pandemia recién aterrizaba en estas fragilidades Ada, de 7 años, comprendía como Luz que los monstruos de los cuentos en la realidad real son hombres de carne, de hueso y de manos que pueden acariciar y pueden apuñalar. El novio de su madre Cristina, usó un cuchillo para exterminarlas. Y ella no pudo siquiera utilizar la varita mágica con la que consiguen todo las Adas que llevan hache. Abel Romero, en la casa que compartían en Monte Chingolo, protegió su propiedad con el cuchillo. Las apuñaló, las enterró en el patio y luego armó una historia inverosímil que relató sin una sola emoción. Ada tenía apenas siete años. Era una mujer pequeña con nombre de maga y con ojos de nubes claras grises azuladas. Hay virus para los que nunca habrá vacunas. Cazadores de brujas sueltos por las calles y los baldíos, por los cuartos de las casas donde viven las Luces y las Adas, que no caerán bajo una inyección en el brazo una vez por año. Pandemias de la historia que piden a gritos la audacia de las mujeres para bajarlas del cielo. Y enterrarlas en las fosas que los verdugos tienen pensadas para ellas. Edición: 4036

Hermano
Publicado: Viernes, 26 Junio 2020 17:39
Hermano

Por Claudia Rafael (APe).- 18 años. La masacre ya obtuvo su mayoría de edad. 18 años después se siguen viendo sobre el puente que atraviesa la ex avenida Pavón, a la altura de la estación Darío y Maxi, en Avellaneda, las mismas dos figuras entrelazadas y la misma y exacta frase que marcó la historia. Sean capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia. Darío frenando con su diestra a los monstruos uniformados, de carne y hueso, que galopan hacia sus humanidades jóvenes armados de crueldad. Darío con su mano izquierda que pugna por sostener los últimos respiros de Maxi. 18 años de esa escena que perdura congelada para siempre. En un tiempo que no conocía de esta pandemia pero sí de tantas otras. En un tiempo que los vio morir a ambos por los plomos de esa otra pandemia sistémica que históricamente buscó curar con balas y golpes la peste del hambre que no cesa. Darío y Maxi, 18 años después, como símbolo de lo más bello de la condición humana aún en las circunstancias y los contextos más perversos. El abrazo, el que hoy está vedado. La ternura, ésa que jamás hay que perder –decía el Che- a pesar de endurecerse en los caminos de la necesaria transformación. 18 años después, con una mayoría de edad que amenaza con alcanzarlos a los dos, a Darío y a Maxi y dejarlos niños. Llegará un día, después de todo, en que la masacre sea mayor que sus dos íconos. ****** No vi las predicciones del espantoQue le arrancaba al sueño mi palabra.En este invierno que pega tan duroEstá lejos tu boca que me amaY se me desdibuja en el futuro,Y junio me arde rojo aquí en la espalda. ****** Darío era un constructor. Construyó con barro. Con ladrillos. Construyó con una carretilla y con sus cuadernos plagados de apuntes. Darío construyó empatías y construyó ese instante congelado en el que pugnó por arrancar a Maxi del plomo de los despiadados. Construyó a tantos y puso en pie a su hermano Leo y a su padre y a sus otros hermanos. Y construyó sueños colectivos diseminando semillas en la barriada. Dice Leo. “La masacre me hizo entender muchas cosas que él decía, me permitió entender aquella famosa frase del Che “sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo”. Que es algo que Darío transcribía muy seguido en sus apuntes de las reuniones que se vivían por aquellos años de militancia barrial desde el MTD (Movimiento de Trabajadores Desocupados). Y entender que esa frase tenía un sentido y un significado al ver cómo Darío se movió, cómo vivió, cuando resistió primero contra la policía tirando piedras, enfrentándose cara a cara y casi cuerpo a cuerpo contra ellos. Pero que una vez iniciada la represión él también ayudó a compañeros a replegarse, a compañeros heridos, a uno de los heridos de bala de plomo y calmó a otros. Hay audios en los que se escucha su voz calmando compañeros y manejando la retirada. Replegando ante el avance de la represión y él con esa actitud. “Darío había pasado de largo ese 26 la estación. Sin embargo, volvió. Cuando entré y una vez que me pude pasar limón en los ojos y ver un poco más, vi a Darío socorriendo a Maxi. Y diciéndonos que nos fuéramos. Pero él se quedó, con una persona que no conocía poniendo en práctica la frase del Che…” Salí con las razones de la fiebreY una tristeza absurda como el hambre,Y cuando en el corazón la sangre hierveEs de esperar que se derrame sangre. Dice Leo. “Me permitió rearmar tantas cosas en mi cabeza encontrar su cuaderno de apuntes y ver que esa frase del Che tenía un significado concreto. ´Contra cualquiera´, dice la frase. Y él se quedó hasta el final. La noche del 25 de junio, en la reunión de seguridad, él ya había dicho que iban a empezar a matar compañeros. Y aun así, sabiendo todo esto, cuando ve la represión vuelve y lo socorre a Maxi y nos alienta a todos a que nos fuéramos. Y me hizo entender que frases que parecen cosas sueltas no lo son. Entonces fue empezar a indagar sobre otras cosas. Esta necesidad de acompañar al que sufre. A mí me tocó perder a mi hermano y fue muy duro. Yo tenía 17 años cuando lo mataron. Me costó mucho porque me venía sobreponiendo de la muerte de mi vieja. Y estando con él era diferente. Yo andaba como bola sin manija por la vida y él me hizo bien”. Hermano en la delgada línea rojaque te me fuiste dos minutos antescon la indiscreta muerte que en tu bocaentraba en cada casa con tu imagen.Yo estaba junto a vos sobre tu gritobesándote feroz la indigna muertemientras te ibas volando al infinitofulgor de la mañana indiferente... Dice Leo. “La masacre, la muerte de mi hermano, nos movió a apoyar a tanta gente que sufre, que es víctima de causas armadas, de gatillo fácil. Todo esto nos cuesta mucho y nos llevó por años a guardarnos tantas cosas emocionales y mantener la coraza. Yo tengo 36 años y de repente me encuentro tratando de usted a tanta gente más chica que yo y tal vez sea porque en algún lugar de mí mismo siento que sigo teniendo aquellos 17 años porque me quedé como ahí, cuando mataron a mi hermano. Y quizás tiene que ver con ese modelo patriarcal que nos obliga a mantenernos duros y firmes, con fortaleza permanente. “Que mi hermano me haya querido tanto, que me haya querido cuidar, que me haya enseñado que la vida tenía otro sentido que el de estar haciendo nada en una esquina y compartí momentos con él y conocí la militancia, lo que es luchar y tener la oportunidad de ser mejor persona de lo que fui”. Mi extenso corazón es una ofrendaque pierde sangre en esta calle cruda.Yo tengo un nombre rojo de piquetey un apellido muerto de veinte años,y encima las miradas insolentesde los perros oscuros del cadalso. ****** 18 años después. 26 de junio. Ya padre, él es una de las semillas regadas por su propio hermano. Dice Leo: “Es muy raro este junio. La pandemia, el trabajo que hacemos con los vecinos que están restringidos de salir a trabajar y llevar el mango a su casa. Como en cada momento de crisis que sufrimos desde que existimos. Tenemos 20 años como organización. Y una vez más estamos luchando contra la crisis económica y la crisis humana que genera la pandemia. Y si bien hay que preservarse no podemos permitirnos olvidarnos de las otras, de los otros. “Pero vuelve también a ser otro junio cargado de impunidad porque vuelven a estar en el poder varios de los responsables. Aníbal Fernández, como interventor de los yacimientos de Río Turbio; Felipe Solá, como canciller; Duhalde, como asesor del gobierno… Y es indignante ver que quien fue gobernador durante la masacre de 2002, cuando Nora Cortiñas lo llamó para saber qué había pasado él le contestó que se quedara tranquila que era una guerra de pobres contra pobres”. Aunque me arrastren rojo en las veredascon una flor abierta a sangre fría.Hoy necesito un canto piqueteroque me devuelva la voz silenciada,que me abra por la noche algún senderopa' que vuelva mi vida enamorada... (*) (*) Extractos de Junio el poema (hecho canción) de Jorge Fandermole. Clickear acá para escucharla. Edición: 4033

Morir en cuarentena
Publicado: Viernes, 26 Junio 2020 13:08
Morir en cuarentena

Por Alfredo Grande   Dedicado a Silvia Bleichmar, mi amiga personal y en la tarea que me ayudó a creer un poco más en mí. (APe).- En uno de sus libros más implicados, Silvia Bleichmar reflexiona: “en la recuperación del ´valor esperanza´, que el cuerpo agobiado de la sociedad civil encuentre un alivio, una brecha (...) la política ha dejado de entusiasmarnos, aunque algo perdura como una chispa debajo del carbón que ahoga, que la apatía pareciera desplegarse más en aquellos que intentan conservar lo poco que les queda y que las clases medias convalidan la exclusión social y la deshumanización a través de la caridad” (“No me hubiera gustado morirme en los 90”, 2006) La prestigiosa psicoanalista presentó mi primer libro y en el tercero hizo una crítica del segundo. La autorreferencia vale. El psicoanálisis implicado, como fue pensando desde 1993, es definido como “un analizador del fundante represor de la cultura”. La historia podría ser contada como la mutación del fundante. La constante es que el fundante es represor. Desde ya, los analizadores históricos han intentado y pocas veces logrado, clonar el fundante represor en un fundante deseante. Aunque dicho de una forma rebuscada, estoy hablando de lo revolucionario, y en su extremo límite, de la revolución. La cultura represora, que de eso se trata, intenta y casi siempre logra, que su fundante quede oculto. Es una especie de internet profunda que organiza nuestras vidas y nuestras muertes. Ignora que aunque los ojos no ven, el corazón siempre siente. La racionalidad sentida, según palabras de León Rozitchner, tiene razones que la razón no entiende. Y el burrito del teniente, nuestro propio yo atormentado, tiene carga y sí la siente. Ahora todo está en la superficie. Los indicadores de la distancia óptima, el alcohol en gel, la lavandina, el barbijo, son señalizaciones explicitas de que lo demoníaco quiere su lugar en la tierra. Quizá también en el cielo. Ahora queda claro en qué consiste la “nueva normalidad”. Se ha incrustado en la subjetividad un núcleo de certeza: la cercanía mata. Los Quilapayún en su inmoral Cantata Santa Maria de Iquique cantarían: “es peligroso estar cerca amigo”. El semejante tendrá el lugar del rival. Aquel que con sus gotículas puede arrebatarme la vida. Desde el comienzo de la cuarentena, se ha implementado una catequesis ante la cual sólo cabe rezo y obediencia. “El enemigo sin rostro”, “Un ejército invisible”, “La única vacuna es la cuarentena”. Estas analogías militares y sanitaristas delirantes, han contaminado lo que podríamos llamar “la ética combatiente de las masas”. Un alto ladrón de tierras mapuches, jugador de nivel internacional, apela a la resiliencia como motivo de esperanza. Mientras se queda con tierras mapuches, nada le importará diferenciar entre un resiliente y un combatiente. El resiliente tiene la capacidad de no quebrarse y volver a una situación anterior. El combatiente tiene la capacidad de no quebrarse e inventar una situación inédita. Los combatientes son realistas porque piden lo imposible, como enseñara el Mayo Francés. Por eso la “nueva normalidad” será la “vieja anormalidad”, pero ahora aceptada. Podremos jugar en el bosque, mientras el virus no está. Pero podrá volver, y con su capacidad de matar nada marchita. Hay una normalidad perversa, berreta, que es simplemente aceptar la anormalidad como normal. “Así es la Vida”. Pues mal: a ese título encubridor le di respuesta en mi cuarto unipersonal: “Así no es la Vida”. El título de la película que protagonizara Enrique Muiño y Elías Alippi, en versión descubridora, hubiera sido: “Así es la muerte”. Pero la gran industria del entretenimiento empezaba a desplegarse. El fundante represor de la cultura se amplifica en una infinidad de formas de asesinar. En cuotas o al contado. Hoy debería estar incorporado que con “la democracia no se cura, no se come, no se educa”. Pero la gran noticia son las sesiones con zoom. Y la gran ausente en todo ese festival de mensajes es la educación popular. Lo malo y lo bueno vienen en formato obligatorio. Legal. Policial. Sigue vigente que la letra con barbijo e hisopado entra. Imágenes de cadáveres en las calles, cifras de nuevos contagiados, de nuevos fallecidos, ocultamiento de la cifra de curados, es un coctel preparado para generar pánico como nueva normalidad. Aun en democracia, y muy especialmente en democracia porque es el mejor sistema de ocultamiento de los privilegios, sigue uniendo el espanto y no el amor. Los grandes predicadores del amor son los mejores torturadores. La tortura se legitima, incluso se legaliza con: el hambre, el desamparo ante la catástrofe habitacional, las aguas contaminadas y además, canillas que ni siquiera gotean, los materiales pesados en sangre, los asesinatos sistemáticos llamados “gatillo fácil”, el chocobarismo que tiene su continuidad en el Bajo Flores, el exterminio cruel de los originarios y no tanto, y todo estas formas de tortura siguen. Y muchos están pensando en cómo perfeccionarlos. Como todos saben, la tecnología es apenas el mensajero. El mensaje lo escriben los grupos ultra concentrados y supranacionales. Las Naciones Unidas son el arbusto. Es imposible distribuir la riqueza. Es necesario impedir que se concentre. El aporte a las grandes riquezas, ya que uno de los propulsores no quiere llamarlo impuesto, supongo que temiendo un efecto boomerang, sigue esperando su aplicación. Ni hablemos de nacionalización o expropiación. El poder, incluso con su identidad autopercibida democrática, apela a diferentes formas de legalidad, de controles policiales, de detección precoz, etc. La insistencia en sostener el aislamiento por espanto, nunca logrará la respuesta necesaria. El estado paranoico utilizará más recursos en descubrir desertores, transgresores, que en fomentar solidaridades y convicciones. El cuidar cuidarse es una práctica autogestionaria, conocida en todos los colectivos populares. Quedarse en casa en un programa de mínima. Porque reproducir en cada casa el individualismo egoísta y mezquino que hay fuera de la casa, es un maquillaje más. Creo que la batalla cultural es, aunque parezca parte de mi delirio senil, poder amar la cuarentena. Aun en su nombre encubridor: aislamiento social preventivo y obligatorio. Lo obligatorio nace para ser transgredido. Hecha la ley y hecha la obligación, hecha la trampa. ¿Quién cuida a los que dicen que nos cuidan? Si la pandemia nos hace traicionar la política de que el poder fundante es del pueblo, entonces los grandes poderes de la tierra habrán encontrado la solución final. Y los rebeldes, los disconformes, los sublevados, los poetas, los combatientes, seguiremos buscando el problema inicial. El enigma del origen. Cuando Prometeo les roba el fuego a los dioses, se lo entrega a los mortales. Prometeo en una de sus acepciones, es “previsión”. O sea: deberemos prevenirnos de los mortales que decidieron y consiguieron devolverle el fuego a los dioses. Y toleramos que Prometeo siga castigado. No quiero morir en cuarentena porque pretendo volver a arrebatar ese fuego. Y además quiero contarle esa historia para ser escrita, a mis nietos y nietas. Estoy seguro de que mis hijos e hijas van a estar de acuerdo. Edición: 4032

La bala en los 12 años
Publicado: Miércoles, 24 Junio 2020 12:25
La bala en los 12 años

Por Silvana Melo(APe).- Fernando cayó a las diez de la noche del primer día efectivo del invierno. Una bala le atravesó la espalda en una sombría periferia independiente de toda presencia del estado que se estira por el sudeste de la capital de Salta. Barrio 26 de Marzo se llama. Apenas 12 años había vivido Fernando, siempre en una barriada oxidada por el olvido, donde no entra ni la ambulancia ni la policía porque esa tierra es de los que eligen mandar y tienen más fuerza, más pistolas y más cocina para cortar, vender y consumir. Dicen que fue una disputa de barras, pero se vio sólo a los bravos de Juventud Antoniana que viven por las vecindades. Y esa noche salieron a cazar con balas, machetes, cuchillos y el ardor de los que no tienen nada que perder. Ni nada que ganar. Y ahí estaba Fernando, asomado a la jungla, espiando cómo sería la vida si le hubiera tocado crecer y ocupar el huequito que le habría quedado en un mundo tan expulsivo y hostil. La bala le llegó cerca de las diez y no a medianoche como dijo la policía. Le entró por la espalda y no por la panza, como dijo la policía. Y fue una locura marginal que pasó por su esquina y lo dejó exangüe ahí no más de la puerta de su casa. Y no una pelea de barras como dijo la policía. “Que no sabe nada porque acá no entran ni cuando uno los llama”, como dijo la doña hablando al aire como para quien quisiera escucharle tanto desamparo. Y es que en el barrio 26 de marzo no manda nadie tal vez y por eso “venían gritando que acá mandan ellos”. Y en el barrio nadie manda ni cura ni cuida. Por eso los antonianos –que así dicen llamarse- tiraban bala para un lado y otro, buscando un cuerpo que cayera como símbolo de poder. De un poder tan efímero como la vida de Fernando, que apenas duró doce años. Estaba su tía cuando la sangre empezó a brotar como de una canilla, llevándole la vida con una rapidez incontenible. Su prima de 16 años quería detenérsela y los enfrentó. Le pusieron una pistola en el pecho. “Vinieron directamente a matar”, dice la tía a El Tribuno, mientras lo define como un changuito tan lindo. Dicen que la ambulancia no llegó nunca al barrio 26 de Marzo. Alguien puso el auto para que el cuerpito de Fernando conservara dos toques de vida para llegar apenitas al Hospital. En el camino le pidió a su tía “decile a mi mamá que la quiero”. Y no hubo más chances para él. Mamá, palabra escrita en la pared de la casa, tiene 40 años y es vendedora ambulante. Dejó de ser ella cuando supo de la muerte. "La tuvieron que derivar al hospital Ragone porque desvariaba. Está destrozada. Nadie le va a devolver a su changuito". La policía llegó muy tarde. Cuando ya nada. Para redactar partes en jerga uniformada, con datos al azar. Total, no existen oficialmente los vivos y los muertos del barrio 26 de Marzo. Circunvalante de lo que sí se ve y omitido en las agendas oficiales. Un barrio fuera de pandemia, donde la vida pasa sin barbijo y con el distanciamiento social de la selva. A seis habían detenido ayer después de Fernando muerto. Después de que su sangre sigue todavía regando la esquina de la casa. Después de que se hizo visible él, y su casa y su nombre andaban rondando la tapa de los diarios de Salta. Lo vieron después de su sacrificio, como sucede siempre con los niños de los confines. No existen hasta que los matan. Y aparece la foto de cumpleaños , con el pulgar perpendicular al índice para hablar de una mentirosa felicidad trunca. Edición: 4031      

Un San Jorge que salve una vida de dos años
Publicado: Martes, 07 Julio 2020 14:09
Un San Jorge que salve una vida de dos años

Por Facundo Barrionuevo (APe).- En Mar del Plata, empezaron los fríos húmedos, esos que calan los huesos. Eran las diez de la mañana del jueves 2 de julio. Uno de esos días que quedan entre los paréntesis climáticos que forman los temporales de lluvias finas. Los barrios de las afueras del ejido urbanizado crecen sin parar por fenómenos sociológicos diversos. Con calles difíciles de transitar, poquísimas luminarias, con bajas frecuencias de transporte público, microbasurales y con ausencia de instituciones educativas y de salud. “La causa quedó a cargo de la Fiscalía de Delitos culposos”, así concluyen los medios y portales marplatenses, en varias notas periodísticas en los últimos días. La referencia es sobre el incendio de una vivienda en el Barrio San Jorge, donde las llamas y el humo se llevaron la vida de un niño de 2 años. El oeste marplatense está lejos. A 40 minutos de reacción del SAME y el cuartel de bomberos. En esa eternidad, los vecinos y familiares dejaron jirones tratando de apagar las llamas de un Dragón que lo devoró todo en segundos. El oeste, el sur y el norte de la ciudad están lejos de la sensibilidad política expresada en programas serios de urbanización. La última gran idea fue una versión costera del MetroBus que no llegó a expresarse ni siquiera en papeles. En la Feliz, los niños y niñas se cuentan con las dos manos semana a semana, entrando al Hospital Materno Infantil por intoxicaciones con monóxido de carbono, fruto de la calefacción por braseros. “En el mejor de los casos se quema carbón, las familias prenden lo que tienen para pelearle al frío, resto de podas o basura si es necesario”, nos cuenta una fuente para APE. Un dirigente social nos dice que “se hace difícil incluso, conseguir la leña para hacer de comer en los merenderos y comedores”. ¿Cómo no narrar desde la rabia? No es posible el “quedate en casa” seguro, cuando los interiores están desarmados. En el Barrio San Jorge la vivienda incendiada comparte el lote con otras dos de la misma familia. El hacinamiento de muchos contrasta con una realidad desigual donde un tercio de las viviendas que cuenta el municipio están vacías . Una garrafa, una conexión eléctrica precaria, un brasero. No hay explicación para la muerte niña, para los pibes y pibas que se nos van antes de tiempo por causas evitables. Los señalamientos acusadores de negligencia nunca apuntan al Estado. No hay figura legal para el estrago masivo que el Dragón de la ausencia estatal realiza cada invierno. No hubo esta vez, como en la leyenda, un San Jorge que mate al dragón y recuerde al rey que no se olvide de los pobres. Edición: 4039  

Cincuenta centavos
Publicado: Lunes, 06 Julio 2020 12:56
Cincuenta centavos

Por Carlos del Frade (APe).- Todavía andan las moneditas de cincuenta centavos entre las manos argentinas. Del otro lado del número, la “casita” de Tucumán. Y hoy, 204 años más tarde, nos siguen rondando las mismas encrucijadas. Y la misma pelea de fondo por nuestros sueños para no terminar sufriendo las mismas pesadillas que otros –extranjeros o autóctonos- nos quieren imponer. "Nos los representantes de las Provincias Unidas en Sud América, reunidos en congreso general, invocando al Eterno que preside el universo, en nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia que regla nuestros votos: declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli. Quedan en consecuencia de hecho y de derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia, e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias. Todas, y cada una de ellas, así lo publican, declaran y ratifican comprometiéndose por nuestro medio al cumplimiento y sostén de esta su voluntad, baxo el seguro y garantía de sus vidas haberes y fama. Comuníquese a quienes corresponda para su publicación. Y en obsequio del respeto que se debe a las naciones, detállense en un manifiesto los gravísimos fundamentos impulsivos de esta solemne declaración", decía aquella declaración del 9 de julio. Dos cosas para destacar: Provincias Unidas en Sudamérica, origen y destino de Patria Grande. No hay posibilidad de liberación sin los pueblos del continente, sin sus pueblos originarios que encarnaron las banderas emancipadoras en los ejércitos de Bolívar, San Martín, Artigas, Güemes, Juana Azurduy y Andresito Guacurarí. Y la segunda, remar contra la corriente del poder hegemónico. En aquel momento, Carlos María de Alvear había ofrecido estos arrabales del mundo a Inglaterra, primero y después a Portugal y España. Vendía la sangre derramada en praderas, barrancas y montañas. Sin embargo, aquellos congresales decidieron la independencia. Inventar un país desde lo propio y a pesar de los factores externos que amenazaban el sueño colectivo inconcluso de la igualdad. Pero era la declaración de la independencia solamente de España. Nada más que eso. Para colmo con ningún diputado de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba que ya habían declarado la independencia un año antes en Arroyo de la China, la actual Concepción del Uruguay, el 29 de junio de 1815, cuando formábamos parte del gran proyecto político que fue la Liga de los Pueblos Libres liderado por José Gervasio Artigas. Recién el 19 de julio de 1816, después de una sesión secreta, el texto agregó que nos hacíamos independientes de cualquier nación de la Tierra. Una sugerencia del diputado de Buenos Aires, Pedro Medrano. Había una idea fundamental: la independencia debía ser la continuidad de aquel sueño de 165 locos que el 25 de mayo de 1810 habían decidido inventar un país, una nueva nación sobre la faz de la Tierra, como diría Vicente López Planes en la letra del himno que jamás cantamos. Pero el proyecto político de la revolución de mayo estaba en el llamado Plan de Operaciones escrito por Mariano Moreno: independencia con igualdad. El gran objetivo de tipos como Belgrano, San Martín, Güemes, Artigas, Monteagudo, Castelli, Juana Azurduy y el mismísimo primer desaparecido de la historia política, el ya mencionado Moreno. Porque para vivir con gloria hay que poner en el trono de la vida cotidiana a la noble igualdad. Hoy, 204 años después, es fundamental preguntarse qué tipo de independencia tenemos y a qué distancia de la realidad concreta cotidiana está la noble igualdad cuando millones de trabajadores ganan menos de lo que necesitan y empresas como Vicentín facturan hasta 220 mil pesos por minuto. La noble igualdad pierde por goleada en el presente. De allí, entonces, que sea imprescindible hacer presentes aquellas necesidades que están en el fondo mismo de nuestra historia: igualdad e independencia. Tareas concretas que se continúan en las decisiones de cada uno de nosotros. Para ser felices hay que lograr hacer realidad aquellas dos palabras, la independencia definitiva y la igualdad. Lo que festejamos el 9 de julio, en definitiva, es tomar conciencia que nosotros debemos ser protagonistas de aquellos sueños acunados en mayo de 1810, junio de 1815 y julio de 1816. Hay que pelear por nuestros sueños porque si no terminamos sufriendo las pesadillas que otros nos imponen, sean buitres extranjeros o buitres autóctonos. 204 años después el desafío es ser protagonista de la historia o simple espectador. Pintura: "Revolucionarios", de Ariel Mlynarzewicz    Fuente: “Nuevas dependencias”, del autor de estas líneas. Edición: 4038

Todos son mis hermanos
Publicado: Viernes, 03 Julio 2020 13:15
Todos son mis hermanos

Por Alfredo Grande Dedicado a Alberto Santillán. (APe).- Arthur Miller escribió Todos eran mis hijos después del fracaso de su primera obra de teatro. La obra se basa en una historia real, que la entonces suegra de Arthur Miller había reseñado en un periódico de New York, sobre una mujer que denunció a su padre por haber vendido piezas defectuosas al ejército de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. La muerte nada accidental de varios soldados, descubiertas años después, precipita el suicidio del protagonista. La culpabilidad no pudo ser negada, reprimida, escondida, encubierta. La metáfora de la obra de Miller es potente. El que a hierro mata, a hierro muere. Sin embargo, la cultura represora decretó el tabú de la venganza y de la justicia por mano propia. Sólo admite la lenta, muy lenta, onerosamente lenta justicia por mano ajena. Lo que se llama habitualmente “la justicia”, que poco tiene que ver, más bien es lo opuesto, de lo que denominamos “lo justo”. Y hace especial énfasis en las diferentes formas de impunidad. Especialmente la política. La culpabilidad de varios funcionarios en la masacre del Puente Pueyrredón, ha tenido el indulto masivo que sólo los votos pueden dar. Hoy el Frente de Todos, incluidos todos esos funcionarios masacradores, es la cara de ese indulto político. Para ellos, nunca fueron todos sus hijos. Ampliaron el mantra de Raúl Alfonsín, y dejaron marcado a fuego que con la democracia también se mata. Hoy el gatillo demasiado fácil y las causas armadas, son la continuación de esa matanza por otros medios. La fraternidad es un sustantivo femenino. Este vocabulario hace referencia a una amistad, vínculo, afecto, lazo, solidaridad o compañerismo entre hermanos o las personas que se tratan como tales y que promueve los buenos valores como la honestidad, adhesión, respaldo y cooperativismo entre ellos. Desde mi implicación de género, sostengo la fraternidad atravesada sin duda por la determinación de clase. Obviamente, es uno de los tantos resabios de la cultura patriarcal. A mi criterio, el menos relevante. Unamuno en 1921 inventó la palabra “sororidad”. Hermanos y hermanas no necesariamente son categorías incompatibles. Más bien son complementarias, al menos en una cultura no represora. Se puede cacarear con la fraternidad, mientras se sostienen conductas no fraternas. Es lo habitual y un psicoanalista diría que se trata de desmentida y anulación retroactiva. Lo importante es que una de las tantas instituciones del modo de producción capitalista, las diferentes formas de comunismo de estado, todas las variantes del fascismo, arrasan con todas las formas de la fraternidad. La fraternidad y la sororidad son el fundamento colectivo de todas las luchas contra los poderes opresores. Para que el pueblo unido no sea vencido los vínculos fraternales deben ser creados, cuidados, amplificados, defendidos. Sin embargo, la cultura represora también captura la fraternidad. Muy especialmente la fraternidad. A pesar de su jaula clasista, la revolución francesa al sostener el trípode de la libertad, la igualdad y la fraternidad conmovieron hasta el fundamento, la divinidad de los reyes. Es análogo al pasaje del cristianismo del amor, a la cristiandad del terror. Y nuevamente fue el aparato del estado, Constantino mediante, que adoptó la religión del amor para triturarla en los sótanos de la inquisición. Los rebeldes, los combatientes, los revolucionarios, seguirán dinamitando los sótanos de la cultura represora, para que los fundantes originarios tengan vida eterna. Parafraseando una vez más a Rosa Luxemburgo, para que “la libertad, la igualdad y la fraternidad de los demás, prolongue la mía hasta el infinito”. Pasaje del individuo abstracto al sujeto concreto materializado en colectivos revolucionarios. Lo revolucionario no es la revolución. Pero es la única forma de propiciar los acontecimientos, los analizadores, los dispositivos, para que el horizonte de la revolución se acerque. En el marco del trabajo explotado, de la apropiación permanente de plusvalía directa o indirecta, la autogestión es revolucionaria. Como con lucidez implacable escribe Laura Taffetani: “Había un proyecto de país que se iba desplegando firme a cada paso y la clase obrera se organizaba para alcanzar su legítimo derecho de disfrutar los beneficios de lo que sus propias manos producían.Época también, en la que nadie dudaba que quien verdaderamente genera riqueza del país es la clase trabajadora y no el capital, como hoy se gusta decir para legitimar los privilegios de los más poderosos”. La época a la que Laura hace referencia es la década del 60/70. Cuando muchos Prometeos volvieron a arrebatar el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos. Uno de los logros del capitalismo es poner en primer plano al capital, ocultando en forma canalla que ese capital es trabajo acumulado y robado. Con razón los anarquistas decían “la propiedad privada es un robo”. Por eso considero, siento, pienso, sueño, deseo que todos y todas que se siguen peleando, enojando, embroncando, con todas las formas de la cultura son mis hermanos y mis hermanas. Maximiliano Kosteki y Darío Santillán son mis hermanos. Fueron asesinados en forma cruel y cobarde. Muy cruel y muy cobarde. Fueron condenados a la pena de muerte por sostener la solidaridad, la fraternidad, la cooperación, el amor entre los luchadores. El amor amplificado es revolucionario. La cultura represora lo sabe. Y dedica fortunas a impedirlo, pervertirlo, infiltrarlo. Por eso la memoria histórica que nunca será neutral, es la forma de sostener la vida y la rebeldía eterna. Hace 10 años escribí para APE “Fueron como el Che”. Diez años después, sigo recordando y no sólo con memoria, sino con actos, a mis hermanos. Por eso quiero entregarles un párrafo del trabajo escrito el 1 de julio de 2010. Si con Amanda aprendimos que la vida es eterna en 5 minutos, puedo sostener que la vida es eterna en diez años y más también. “Si el Ideal es lo contrario a la Idealización, siempre pensé que la consigna “sean como el Che” no era un mandato, sino la síntesis de una aspiración fundante. Y que en este caso al menos, el ser y el hacer no estaban disociados. Sean es la mezcla maravillosa del ser y el hacer. Resonancia con un acto, con una propuesta vital, y, en su extremo límite, con una estrategia revolucionaria”. Por esto, y por mucho más, sigo sintiendo que todos son mis hermanos. Edición: 4037

Los otros Aníbales
Publicado: Martes, 30 Junio 2020 14:48
Los otros Aníbales

Por Laura Taffetani (APe).- Cada época construye sus relatos, los que nacen del poder real y los que subyacen en las sombras de los que no lo tienen. Por eso, en quienes se aprecien de una lectura crítica para la transformación de esas relaciones de poder, es tan importante tender el puente entre la realidad que vivimos y las ideas que la atraviesan. En ese sentido, una de las ideas insigne de esta época en materia de infancia y juventud, la representa -sin lugar a dudas- la percepción reinante sobre el trabajo infantil. En el inicio de la dictadura militar del ‘76, los obreros de la fábrica Vincentín fueron -como la gran mayoría de la clase trabajadora en Argentina- blanco de la represión. Aníbal Gall fue uno de esos dirigentes, quien siendo personal jerárquico de la planta se unió a la lucha obrera, convirtiéndose en poco tiempo en el referente indiscutido del Sindicato de Aceiteros de las tierras santafecinas. Aníbal Gall fue secuestrado el 30 de Enero de 1976 y estuvo detenido ilegalmente hasta el mes de septiembre de ese año, en el que salió en libertad después de haber sufrido torturas que lo dejarán marcado para siempre hasta su muerte. Su hermano Albino Gall, al contar sobre su historia en el diario Página 12 de este domingo, menciona que ingresó a trabajar en esa fábrica cuando cumplió los 13 años. “Tenía que elegir entre trabajar y estudiar” dice en la nota con toda naturalidad. En aquella época, nadie se hubiera escandalizado por la edad de ingreso de Aníbal en el mundo laboral. La juventud que provenía de los sectores más humildes ingresaba a las fábricas en tropel, en esa Argentina prometedora que venía desde la década del 60 ostentando el casi pleno empleo. Un sueño que parecía imposible de alcanzar para otros países de América Latina. Había un proyecto de país que se iba desplegando firme a cada paso y la clase obrera se organizaba para alcanzar su legítimo derecho de disfrutar los beneficios de lo que sus propias manos producían. Época también, en la que nadie dudaba que quien verdaderamente genera riqueza del país es la clase trabajadora y no el capital, como hoy se gusta decir para legitimar los privilegios de los más poderosos. También, en esos tiempos, Argentina enarbolaba la legislación laboral más progresista de América Latina, sancionada en 1974. No es casual que uno de sus redactores, Norberto Centeno, desapareciera posteriormente durante la última dictadura militar. La Ley de Contrato de Trabajo, entre otros derechos conquistados, regulaba el trabajo de los menores de edad, prohibiendo trabajar a los menores de 14 años y a todos los menores de 18 años en general en el trabajo nocturno y aquellos de carácter penoso, peligroso o insalubre. Exigía también que, aquellos que se encontraban comprendidos en la edad escolar, hayan completado su instrucción obligatoria, salvo autorización expresa del ministerio tutelar “cuando el trabajo del menor fuese considerado indispensable para la subsistencia del mismo o de sus familiares directos, siempre que se llene en forma satisfactoria el mínimo de instrucción escolar exigida”. Después aconteció lo que ya todos y todas sabemos: la dictadura militar preparó el camino y los distintos gobiernos democráticos que siguieron fueron consolidando el cambio de modelo económico que empujó a gran parte de la clase obrera a los desiertos áridos de la exclusión. Al compás del masivo cierre de fábricas, los artículos de la Ley de Contrato de Trabajo se fueron desgranando, con las permanentes modificaciones de los dóciles parlamentos, asegurando las condiciones para que los sueños del pasado no pudieran colarse por ninguna hendija que trajera algo de dignidad. De las viejas consignas obreras de lucha por el poder que circulaban en los volantes distribuidos de madrugada en las puertas de fábricas, se pasó a la folletería elegante que luce en las oficinas de la mayoría de los sindicatos con las consignas puntillosamente dictadas por la OIT. Así fue como se pudo pasar, sin pena ni gloria, a cambiar la vieja aspiración de trabajo digno por el trabajo decente. Ya con el aparato productivo destruido, con tres o cuatro generaciones enteras que ya no guardan siquiera en los relatos de sus abuelos y abuelas la noción de trabajo digno, y borrada toda esperanza de un horizonte diferente para sus hijos e hijas, se comenzó a construir el relato necesario para afianzar el crimen. Foucault llamó criterio de verdad, a los parámetros que establecen las redes del poder para imponer el saber en la sociedad necesario para consolidar sus bases. De este modo, sólo por poner un ejemplo, bajo el lema de la resignación del “algo es algo”, llegamos a llamar trabajo a la mísera dádiva que da el Estado en forma de planes y de este modo, medir tranquilamente el índice de desempleo. La suerte no fue distinta para aquellos adolescentes que crecen en nuestros territorios sin perspectiva alguna de alcanzar los sueños fabricados de una sociedad de consumo a la que jamás accederán. El criterio de verdad vino enseguida al salvataje de esta realidad que atraviesa nuestras pupilas y que duele en el alma de un país que les roba día a día su futuro. Subimos la edad para el trabajo que nunca tendrán a los 16 años, sin establecer excepción alguna. Cerramos los centros de formación laboral o los convertimos en simples talleres de pizarras blancas, alejados de cualquier herramienta de trabajo que pueda establecer esa íntima convicción del orgullo que significa el fabricar los bienes de utilidad que la sociedad entera podría disfrutar. Establecimos además el secundario obligatorio para asegurar la ficción, sin otorgar una sola condición que permita evitar que más de la mitad de las y los jóvenes que concurren -casualmente la misma cantidad que se encuentran por debajo de la línea de pobreza- abandonen el camino que para ellos y ellas jamás estuvo señalizado. Es cierto que la prohibición produce una placentera sensación frente a la solución impotente de dar respuesta en un país que no tiene en su horizonte el trabajo digno. Tampoco dejan de ser atractivas las consecuencias, que penden en el aire como espada de Damocles, de la posible penalización cuando se infringe. Está claro que para ello, bastan y sobran las cárceles a cielo abierto que se erigen en sus barrios, en las que sólo cabe asegurar que no crucen sus límites. Este es el país que no le tocó vivir a Aníbal. La fábrica donde trabajaba se enriqueció a expensas de un Estado que resguardó sus intereses impúdicamente, frente a la mirada esquiva de un sindicalismo que se mueve a sus anchas después de la represión sufrida por sus militantes. De hecho, Aníbal nunca podría haber ingresado a trabajar con esa edad y menos aún, convertirse luego en el referente de sus compañeras y compañeros trabajadores. Es cierto que, el universo de los Aníbales, está atado a otros sueños que no caben en los que hoy se promueven como políticamente correctos. Aquellos que provienen de los criterios de verdad generados por las grandes usinas del poder y del saber académico con el fin de regular el destino de aquellos y aquellas que comienzan a transitar una adolescencia excedente. Por eso, el universo de los Aníbales, como los de las compañeras y compañeros que levantaron otras banderas, se encuentra tan celosamente escondido desde hace décadas, lejos de los mercaderes y traficantes que trabajan para la resignación. Sólo están ahí esperándonos, para encender las rebeldías del mañana necesarias. Esa rebeldía que no tienen edad ni fronteras que no sean las de construir esa nueva sociabilidad humana que estará siempre pronta a renacer. Edición: 4035    

Pillín
Publicado: Lunes, 29 Junio 2020 14:02
Pillín

Por Carlos del Frade (APe).- “…Yo soy de Arroyigasito, Central de Rosagasario, de la pasión de los barrios, nacimos entre los obreros, crecimos como atorrantes, por eso yo soy guerrero, guerreros con mucho aguante…”, canta la hinchada de Central en las tribunas del Gigante de Arroyito al ritmo de “Parte de la civilización”, de “Divididos”. Esos versos de inspiración colectiva arrastran una identidad rosarina que ya no es. Pero la historia insiste en las voces de esas pibas y esos pibes que están enamorados de los colores azul y amarillo. Sin embargo, ciertos atorrantes de guante blanco fueron achicando el número de los obreros. Y el viejo ferrocarril que fue la cuna de Central, hoy es una melancólica referencia que apenas funciona para los transportadores de cereal. El jefe de la barrabrava canaya, con la y que le puso Roberto “el Negro” Fontanarrosa, se llama Andrés “Pillín” Bracamonte. Un caso único en la Argentina y en muchas geografías en las que lo que sucede en la cancha chica del fútbol se mueven millones de dólares y también millones de alegrías o tristezas individuales. Durante dos décadas “Pillín” se mantuvo como jefe de una organización que trabaja también en la cancha grande de la realidad. “Empresario” fue la definición que eligió para definirse. También contó que apenas terminó la primaria. Pero no pudo gambetear el embate de un fiscal que ahora lo puso preso por el supuesto delito de lavado de activos agravado. Parece que el “Pillín” perdió. Que el único jefe de una barrabrava importante durante veinte años comienza su viaje final al olvido, a bajarse, definitivamente, del paravalancha de Arroyito. Parece. Lo acusan de tener un patrimonio de por lo menos 38 millones de pesos, muchos departamentos y muchos más automóviles. Allá por el año 2013, fue denunciado como el principal referente de una de las principales cuatro organizaciones dedicadas al narcotráfico que estaban en la ex ciudad obrera: “Los Monos”, en el sur; Alvarado en el centro; Luis Medina en la zona oesta y “Los Pillines”, en el norte. Pero “Pillín” es, hace y deshace porque lo dejaron ser, hacer y deshacer. Su suerte personal no puede tapar tantos años de violencia urbana que se tragó decenas de vidas jóvenes que latían de acuerdo a la suerte canaya. En las audiencias, la fiscalía dijo que el Guille Cantero, sobreviviente líder de “Los Monos”, desde el interior de la cárcel, maneja la barra de Ñuls. La pregunta fundamental, ahora, es qué pasará con “Los Guerreros”, con “Los Pillines”, tanto en la cancha chica del fútbol como en la cancha grande de la realidad. La pibada mientras tanto, entre bombos, bengales y banderas, seguirá cantando la identidad de una ciudad que hace rato no es obrera ni tiene casi contactos con el Che. Es de esperar que esa muchachada tenga una mejor suerte, que no dependa de los negocios presentados por empresarios como “Pillín”. Mientras tanto, en la cancha grande de la realidad, el lavado de dinero se lleva puesto al último máximo referente del poder de las barrabravas. Fuentes: “Central, Ñuls: La ciudad goleada”, tomos 1 y 2, del autor de esta nota. Audiencias del jueves 25 y viernes 26 de junio de 2020, en el Centro de Justicia Penal de Rosario, en las que también participó este cronista. Edición: 4034  

Por Alberto Morlachetti y Miguel Angel Semán

(APe).- Caridad y represión. En el siglo XVI Europa se vio asolada por el hambre y las epidemias. Miles de campesinos marchaban hacia las ciudades en busca de alimentos,

porque sólo éstas poseían un sistema organizado de almacenamiento de provisiones.

Ante el avance de los andrajosos, las autoridades urbanas adoptaron medidas destinadas a dominar la situación y bajo el manto de la caridad pública comenzaron a funcionar los aparatos represivos.

En el año 1527 se dicta en Venecia una ordenanza o “primera ley de los pobres“ cuya finalidad esencial era el aislamiento de los menesterosos en hospicios provisionales, prohibiéndose su estacionamiento en las calles y en las plazas, so pena de azotes, prisión o expulsión de la ciudad. Un año más tarde prohiben el acceso a los mendicantes forasteros, a los propios se los obliga a trabajar en la marina por la mitad del salario normal y se recomienda a las comisiones parroquiales que pongan a las mujeres y a los niños a servir.

En 1534 frente al temor de nuevas epidemias y revueltas de pordioseros, fue creada en Lyon la "Limosna general", institución con facultades jurídico-policiales, encargada de distribuir las limosnas, controlar el orden y, fundamentalmente, combatir la mendicidad, la haraganería y el ocio, para lo cual contaba con seis servidores denominados “atrapa vagabundos“ y una torre enclavada en la muralla de la ciudad que cumplía la función de prisión de mendicantes. Los trabajos forzosos eran el medio educativo y punitivo aplicado en forma permanente a los pobres, a quienes se obligaba a trabajar encadenados por ninguna paga. Cuando en el año 1536 se introduce en la ciudad la manufactura de la seda, los niños e incluseros educados por la Limosna eran colocados en el sector. Lo significativo es que los mismos burgueses, promotores del trabajo forzoso como sistema de ayuda social, fueran los rectores de la Limosna General y, a la vez, los introductores de las nuevas ramas de producción en Lyon.

A fines del siglo en Norwich, Inglaterra, se organiza un sistema asistencial bajo formas represivas que tendrá consecuencias duraderas y prefigurará rasgos de una futura explotación capitalista. En 1570 se llevó a cabo un censo de pobres a fin de determinar quiénes eran aptos para el trabajo, incluyéndose entre ellos a niños entre siete y nueve años. Se creó entonces una casa de trabajos correccionales, con un régimen carcelario, administrada por el propio alcalde. Se trabajaba en ella desde el amanecer hasta el crepúsculo y quien no lo hacía no recibía comida. Para el empleo de las mujeres y los niños se designaban celadoras pagadas por la ciudad, que tenían la facultad de aplicar azotes a los tutelados. Todo este sistema era sufragado por un impuesto a favor de los pobres. Al cabo de un año de costearlo los ciudadanos de Norwich sacaron cuentas y observaron que el trabajo obligatorio de los ociosos había procurado a la ciudad un ahorro de 2.812 libras, un chelín y cuatro peniques. Aunque la evaluación de la miseria en términos de inversión de dinero resultara importante, la verdadera garantía de funcionamiento del sistema era la represión violenta, basada en la legislación regia contra la haraganería y aplicada por las autoridades ciudadanas mediante dispositivos locales de control.


La domesticación de la miseria


Han pasado casi quinientos años y el mundo cuasi virtual no sabe aún qué hacer con los hambrientos de la Plaza de San Marcos ni con los habitantes de la Villa 31. Nadie sabe cómo reducir a cenizas los cadáveres insepultos de la historia. Se le teme tanto a los ociosos del siglo XVI, con sus pestes y tumultos, como a los deportados del neoliberalismo. Los indígenas de Chiapas, el Movimiento de los Sin Tierra del Brasil, los ocupantes de asentamientos en el Gran Buenos Aires son las expresiones de resistencias organizadas ante las políticas de exterminio y domesticación de la miseria.

Los programas asistenciales de hoy, como ayer, proponen, la traza de una geografía domesticada del hambre, una organización represiva de la pobreza para impedir que irrumpa abruptamente con sus pústulas en medio de la bruñida sociedad que ha sustituido la realidad por su imagen. Para ello, desde los organismos de beneficencia se somete a los pobres a un asedio administrativo, humillante y perpetuo. Se les imponen juramentos y declaraciones que acrediten sus indigencias y enfermedades.

El sufrimiento infinito de los pueblos requiere de la firma de un funcionario público para hacerse verdad en los dominios de la burocracia y lograr apenas la excención de un sellado, un poco de leche o apenas un remedio que demore la muerte.

Subsiste, en este afán de hacer confesar al pobre su “maldita“ indigencia, un sedimento de añeja desconfianza, pero su finalidad última es la de obtener una clasificación de los menesterosos en propios y extraños, sanos o enfermos, inofensivos o peligrosos. Primitivo control de las disconformidades, censo de las tristezas, tomografía de lo marginal que permite evaluar a los gobernantes el gasto mínimo necesario, no para evitar muertes por carencia de alimentos, sino el estallido y la revuelta, el tumulto callejero que pueda alterar la calibrada injusticia del mercado y el orden público resguardado por custodias estatales o privados.

Mientras tanto, el hambre, tempestuoso como el mar, se niega a obedecer las disciplinas que pretenden someterlo al turno de los comedores escolares. Se enfurece y rompe los calendarios de la espera, corre por las calles y revuelve la basura, se lleva a la boca los mendrugos ajenos y los mastica “con sentimiento de ladrón“.


I


En el amanecer del siglo XXI la represión no precisa disfrazarse de caridad para salir a las calles vestida con sus mejores galas. La epidemia que traen consigo los desposeídos de nuestro tiempo no es la peste negra venida a Europa en el año mil, por la ruta de la seda y de la mano del progreso ni el mal de los ardientes, capaz de devorar a un hombre en una sola noche. Tiene otro rostro, tal vez menos espantoso, pero igualmente inquietante, y afecta el nervio más sensible de las sociedades contemporáneas. Es el mal de los derrotados, la pandemia que padecen los excluidos del sistema. Miles de enfermos portan el virus de la peligrosidad y el fracaso, constituyen en sí mismos, por el simple encadenamiento causal de sus existencias, un evidente riesgo social.

La queja de esa labil “opinión pública“, traída y llevada de la piedad al miedo y del miedo al odio, sensible a las variaciones bursátiles de los mercados remotos e indiferente a los horrores limítrofes, entonces deviene el reclamo, el encierro de los peligrosos y la segregación de los indeseables. Pero lo cierto es que nuestras sociedades ya han recluido y discriminado hasta el hartazgo y, luego de dos siglos de haber sido depositarios de la peligrosidad humana, las cárceles, los institutos de menores y los manicomios parecen haberse desfondado irremediablemente.

Ante la imposibilidad física de aplicar la prisión indefinida, las sociedades “evolucionadas“ se han cerrado sobre sí mismas, provocando en su repliegue la automática expulsión de los indeseables. Las cárceles están abarrotadas, pero la forma más novedosa y sutil de la prisión es esta condena a permanecer a la intemperie del mundo, del otro lado del espejo, en un calabozo de castigo cuyas paredes lindan con la nada. Tal vez el “remedio-sanción“ ideal para nuestros tiempos sea una vacuna cuya aplicación extirpe de raíz toda reminiscencia de dignidad humana, un anticuerpo que libre a los menesterosos de la tortura de la esperanza, los vuelva estériles e indiferentes a la belleza y los convenza para siempre, a ellos y a los hijos de sus hijos, que sólo han sido dotados para engendrar tristeza y parir desolación.


II


Como decía un personaje de Haroldo Conti: el mundo es grande, pero no tanto. Por eso los del lado de afuera, tarde o temprano, aparecen donde no deben. Entonces suenan las alarmas, las sirenas caen como una red sobre la noche y el Orden se defiende a sí mismo, a los tiros o “a duras penas“. Algunos se encuentran con la desmesurada injusticia de la muerte y otros reciben su cuota en un reparto de condenas que no persigue la punición modulada de ningún culpable sino “la inmunidad de los amenazados“, la protección absoluta “de los otros“, con independencia de toda noción de culpa.

Como medidas “preventivas“ se montan espectaculares operativos de rastrillaje, se inventan inverosímiles figuras como el “predelito“, la tolerancia cero, la mano dura. Es decir: se criminalizan las sospechas y se hace del prejuicio una tipificación penal. Luego se elaboran estadísticas -viejo vicio de los represores- que miden la superficie de la ciudad en metros cuadrados de peligrosidad humana y evalúan la eficiencia policial en horas-hombre de detención sin motivo. Estas cruzadas en la oscuridad son definidas por los funcionarios de la seguridad como procedimientos de rutina y, a decir verdad, conforman una rutina de la violencia que pretende recluir la exclusión dentro de cuarteles determinados, llámense Fuerte Apache, Villa Tranquila o Carlos Gardel, detrás de cuyos límites el homicidio, la violación y el robo no resultan alarmantes, en tanto y en cuanto la miseria y la monstruosidad igualan a los victimarios y a sus víctimas. De alguna manera, las calles, el barro, la droga y el miedo prolongan bajo el cielo abierto el esquema cerrado de las prisiones, adonde el mal debe ser confinado, como en los antiguos Hospitales Generales, dentro de su propia promiscuidad de mendigos, delincuentes, locos, desocupados y huérfanos.

Cuando alguno de los confinados rompe el cerco y mata, roba, secuestra o daña, el gran ojo mediático acude en busca de su presa y enfoca el fenómeno como producto de un encadenamiento de genéticas irreparables. La era digital nos permite ser tranquilos espectadores de estos retazos de realidad porque la pantalla del televisor no hiede como la piel de los humillados. El cerco de 24 pulgadas, como el espejo que guarda los horrores ajenos, conjura las presencias y desactualiza el mal, aunque los hechos estén ocurriendo en ese mismo instante a pocas cuadras de nuestra casa. Contemporáneamente, fuera de los noticieros y en el horario de las telenovelas, los mismos medios se encargan de difundir una versión “light“ de la marginalidad en esos indefinibles programas donde pobres disfrazados de pobres y maquillados de sí mismos representan el papel de héroes o víctimas de sus propios dramas. Así, la televisión logra una vez más sustituir la realidad por su imagen, y lo humano -despojado de su dimensión trágica- aparece exhibido como un simple muestrario de obscenidades. La miseria es visitada como la reserva natural del fracaso en el mundo del éxito excluyente.


III


Así como en la antigüedad, la espectacularidad y desmesura del castigo eran una manifestación del poder absoluto y arbitrario del Príncipe, y la aplicación de la pena buscaba restablecer el pacto jurídico-político que el delincuente con su conducta había dañado, nuestras condenas apuntan a quienes han quedado al margen de una sociedad sólo ensamblada por las leyes y conveniencias del mercado. Se castiga a los marginales, la “no pertenencia“, el desarraigo y el olvido a los que la misma exclusión económica los ha conducido, porque su presencia y sus actos atentan contra el nuevo pacto político de nuestro tiempo. La arbitrariedad de las penas actuales es el reflejo del cruel funcionamiento de un mercado que se alimenta, casi exclusivamente, de la despiadada eliminación del otro.

El neoliberalismo individualista castiga a los delincuentes que ha producido, a los que podría llegar a producir y a los que ya no lo serán jamás. Las víctimas predilectas del sistema penal son los heterogéneos y los vencidos del mundo, se persigue tanto a los “peligrosos“ como a los indefensos. Por eso encierra no sólo a los presuntos delincuentes, sino también a los ancianos y a los niños hambrientos. Cuando abandonamos a nuestros mayores detrás de las paredes de los geriátricos, dejamos con ellos no sólo el estorbo de unos cuerpos vencidos, sino también el sobrepeso de las memorias inútiles, la carga de las miradas que más secretamente nos conocen, las que nos vieron niños, enfermos, débiles o pobres y, al mismo tiempo, retiramos discretamente nuestras propias miradas del cruel espectáculo de sus agonías. Al encerrar a los niños con el pretexto de tutelarlos, lo hacemos porque no nos gusta que nos miren unos ojos ante los cuales siempre seremos culpables. El secuestro de la infancia en Institutos de Menores pretende abolir memorias aún no escritas, pero que presentimos terribles, historias que no deben andar sueltas porque pueden aparecerse mañana y cerrarnos el paso en cualquier esquina del futuro.


Epílogo sin fin


Un racismo bio-económico atraviesa la civilización posmoderna. Como en una imaginaria “Nave de los locos“, los pobres de la Era Digital han sido echados al mar de las ausencias y por allí navegan en busca de un puerto de aguas generosas, pero los vientos de la civilización los expulsan una y otra vez hacia sus patrias de origen: las islas de la desolación y el miedo. En el planeta de la economía global y el mercado sin límites sólo los capitales viajan sin restricción alguna, porque la tierra y el cielo, la dignidad y la brisa han sido vendidos y llevados muy lejos de aquí, a donde no puedan ser contaminados por el mal de la pobreza.

Pero nunca nada es demasiado afuera y nadie jamás ha conseguido ponerse a resguardo de la esperanza humana. Ya es hora de ir sabiendo, entonces, que los pasajeros ilegales, los hambrientos de siempre, los niños vagabundos y las mujeres perdidas, antiguos y eternos leprosos de la tierra, no son únicamente la muestra congelada de unas penas, son la imagen que algún día romperá el espejo y llegará al aquí. Entrarán en el mundo con sus nadas al hombro, los seguirá el aroma milenario de las lluvias y traerán el olor desenterrado de la tierra para enseñarnos de qué lado de la luz está la vida, en qué margen del exilio se ha refugiado el tiempo durante todos estos siglos de tristeza. Mientras tanto, como el viejo Mascaró en su lento carromato de desdichas, "nosotros los ustedes" seguiremos adelante, reclutando poco a poco la esperanza, contando pétalo por pétalo la fe recogida en los caminos.

 

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Galería fotográfica

 

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Hechos en imágenes

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Hambre

 Son siete los niños wichí que no llegaron a vivir dos años y que se murieron de hambre y de sed en este enero. 


Natalia Melmann

A 19 años de su secuestro, violación y asesinato, la familia de Natalia Melmann sigue reclamando justicia.


Colombia

Enero de 2020 es, hasta el momento, el mes más violento en contra de líderes sociales, políticos y comunales en los últimos cinco años en Colombia.


Lago Escondido

Comenzó la 5º Marcha por la soberanía del lugar que cercó Joe Lewis.Reclaman la apertura de los caminos que conectan la Ruta Nacional Nº40 con el lago.


Luciano

Se cumplieron 11 años desde el secuestro, desaparición y homicidio de Luciano Arruga. El pibe que le dijo que no a la policía.


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