Por Alberto Morlachetti

(APe).- Se ha extinguido la idea de futuro. El tiempo venidero ya no es el territorio imaginario en el que habitan los mejores sueños de los hombres, sino el lugar en que el presente extiende su soberanía con su carga de miserias. Borges opinaba: “nadie vivirá en el futuro: el presente es la forma de toda vida, es una posesión que ningún mal puede arrebatarle”.

Los problemas que gravan a nuestra infancia parecen darle a primera lectura la razón. Por lo que nuestras miradas han ido hacia el pasado. Como si no quedara más proyecto posible que el de mantener lo mejor de lo que hubo. “Según parece”, escribe Manuel Cruz, “la esperanza pasó de largo ante nosotros sin que nos diéramos cuenta: ahora, algo tarde, debemos salvar aquello que era nuestro único horizonte”.

Pero del mismo modo que no hay olvido casual, tampoco hay regreso inocente. La primera víctima de la historia que nos contaron ha sido la verdad. Quizás ahora nos toca a nosotros explicarla a nuestra manera.

Una historia hecha de sables en el exacto corazón del pecho, que fueron poniendo palabras, ideas, pasiones y que disparó contra las mejores intenciones humanas, que no acarició, ni amó a nuestros niños, salvo pequeños instantes. Que atravesó las generaciones y engendró este presente que apunta a los niños hambrientos.

“Es inquietante el desarrollo que viene adquiriendo la mendicidad, no sólo por sus extremas proposiciones, sino también por la abundante intervención que en ella van teniendo los niños. Las calles de la ciudad están a todas horas llenas de menores que imploran limosnas para aliviar las supuestas desgracias de sus padres, siempre postrados por graves dolencias que los imposibilitan para el trabajo, en cuanto no son los mismos o fingidos padres, los que rodeados de su prole ejercen el pordioserismo exhibiendo a sus hijos harapientos en cuanto lugar público existe”. Estos relatos parecen extraídos del diario de la mañana. Sin embargo, pertenecen al diario La Nación del 23 de agosto de 1915.

Bartolomé Novaro, “hombre de luces” cansado de tanto pobrerío invadiendo las calles de Buenos Aires, decía en 1898: “Pero si tus padres te faltan, si esta santa institución no puede ampararte; si tus manos criminales o las ideas de tu cabeza delirante han de iluminar los horizontes de tu Patria con resplandores de incendio, apágate más bien”.

Sandra Carli manifestaba que para Sarmiento los niños callejeros tenían los “ánimos ya demasiado pervertidos”. Estos chicos son condenados a no inscribirse en el orden de la cultura porque para el sanjuanino “jamás se instruirán”. Para estos niños, no podía ser la educación pública la encargada de modificar su situación social. Su destino era la casa de reforma o el asilo.

Antes de finalizar el siglo XIX, Sarmiento opinaba que los niños abandonados, callejeros, de escasos recursos o huérfanos, eran una enfermedad de las grandes ciudades. En su opinión: “Estas excrecencias, estos musgos que se desenvuelven en los rincones fétidos y oscuros de la sociedad producen más tarde el ratero, el ladrón, o el asesino, el ebrio, el habitante incurable del hospital o de la penitenciaría. Los gobiernos municipales o civiles deben como los curas que tienen cura de almas, extirpar estos gérmenes en tiempo y librar a la sociedad futura de sus estragos”.

Con estas convicciones, el sector a criminalizar, hubiese mediado o no la comisión de un delito, estaba señalado en forma transparente y se le adjudicaban una serie de vicios y carencias que legitimaban penas que nunca se terminan de pagar.

Esta mirada persiste hasta nuestros días y se cristalizó en normas jurídicas, sobre todo, a partir de la sanción de la Ley Agote en 1919 o la más reciente el Decreto-Ley 10.067 sancionado por la Dictadura Militar en 1983 -que rige en la provincia de Buenos Aires- que la democracia no quiso-no pudo derogar. La sociedad se protege de los niños, en lugar de abrigar su desamparo.

El horizonte, a fin de cuentas, está en aquella dirección en la que uno pone el corazón y su latido -y aunque les pese- el futuro con el que soñamos no tiene acta de defunción, ni es inexorable su advenimiento. Tenemos que hacerlo, que producirlo o no vendrá, porque el encuentro con la esperanza no está al alcance de la mano. Ella es un niño mendigo y no es fácil encontrar su mirada.

Para eso hay que atravesar primero diversas capas de olvido que la impregnan por completo. El pibe-mendigo es aquello tal vez humano que yace en el fondo -donde a pesar de todo- la mirada le brilla como una brasa.

Edición: 3859

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