Por Alfredo Grande
  Foto: Juan Pablo Barrientos
(APe).- Como escribió Andrés Rivera, la revolución es un sueño eterno. Sin embargo, es necesario destacar que lo revolucionario es una realidad cotidiana. Día tras día, noche tras noche, lo revolucionario sucede, como la vida, mientras estamos ocupados de otras cosas. Lo revolucionario es aquello que en su hacer, decir y saber penetra el fundante represor de la cultura. Es un hacer, decir y saber que ilumina aquello que estaba en la oscuridad.

La visibilización es un proceso previo, al menos como tiempo lógico, a la decisión de inventar otras formas para construir la realidad. Siempre más, pero no de lo mismo. No es ir por todo, pero es ir por mucho. Entonces aparecen dispositivos inéditos, concepciones transformadoras, prácticas liberadoras. El pobre, el vulnerado, el excluido, el desvalido, dejan de ser objetos pasivos de una forma edulcorado y habitualmente hipócrita de la filantropía culposa.

El pasaje de ser objeto de deshecho a ser sujeto de derecho es revolucionario. Sin embargo, es una revolución congelada. El derecho se pone en marcha, en el mejor de los casos, cuando es vulnerado. En otros términos: no tiene función preventiva. Solo punitiva. Castiga lo que está mal, pero nada enuncia sobre lo que está bien. El sujeto de derecho está indefenso frente a todas las vulneraciones. Si la justicia es lenta, los daños son rápidos. Si la justicia es materia de opinión, los daños son materia de vida o muerte.

Lo revolucionario fue el pasaje a otra categoría que superaba al sujeto de derecho. La niñez pensada como sujeto político. O sea: no se trata de ser cuidado por tratados, convenciones internacionales, legislaciones especiales, organismos estatales, organizaciones sin fines de lucro, organizaciones sociales, etc. El adulto acompaña, ampara, en cierto sentido guía, pero no decide en nombre de.

El sujeto político va descubriendo sus propias necesidades y sus propios deseos y luego inventa las formas materiales, las matrices vinculares, para que puedan ser satisfechas. Para ilustrar: no es para el sujeto de derecho, sino es desde el sujeto político. Desde ya, cuando la dimensión de la política está en la superficie, el derecho se amplifica. El derecho de todos los derechos es el derecho a la política. Palabra que curiosamente o no tan curiosamente vuelve a estar degradada.

Alberto Morlachetti no garantizó nunca, pero propició siempre, que niñas y niños desplegaran y pudieran satisfacer necesidades y deseos en esta tierra. Con una concepción comunitaria de la niñez. Y digo comunitaria y no familiar porque la captura reaccionaria de la familia por todas las variantes de la derecha es irreversible.

La familiaridad comunitaria es otra concepción de la vida. Concepción que no es mera filosofía especulativa. Es la materialidad de la Casa del Niño, de la Biblioteca, de la huerta, de la imprenta, del hogar para adolescentes. Y la formidable máquina de guerra que es la Agencia de Noticias.

¿Alberto sostuvo una especie de amable patriarcado? El tiempo que lo conocí, que lo entendí, que lo aprendí, me llevó a la conclusión de que sostuvo la función del “pater amado”. Pater – Padre – Función Paterna. Una trilogía necesaria y que en estos tiempos de posicionamientos de género merece pensarse.

Nunca hablé con Alberto Morlachetti (nuestro amado Morla) sobre el Che Guevara. Y si hablé, no me acuerdo. Pero Alberto sintió cada injusticia contra niñas y niños como propia. Fue duro con sus haceres y saberes, pero tampoco perdió la ternura jamás. Quizás algunas pocas veces, pero la alquimia de su humor disipaba malestares.

Silvana Melo evoca: “De qué lado de la luz está la vida. Lo dijo así Alberto, con esa poética desgarrada que era su visión del mundo”. Había desgarro y había sutura. No había sangre y si la había nunca fue negociada.

Anoché soñé con Alberto. Me miraba con esa ironía tierna que supo cultivar: “decime Alfredito. ¿Cuándo no discutís, no te peleás, no te enojás…que otras cosas hacés?.”

Hago esto Morla: te recuerdo.

Edición: 4426

 

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