Hace cuatro años Alberto Morlachetti coloreaba de sepia nuestros días y se despedía de estas paredes, estos rincones, estos sueños que apiló como torres hacia el cielo. Un cielo que pudimos tocar todos, aun con la puntita de los dedos, cuando su voluntad hizo remontar en vuelo a Pelota de Trapo. Hoy seguimos su camino, con menos fantasia en las alas, con sueños más acotados, pero con las mismas ganas de estar de pie. Esta semana publicaremos su palabra día tras día. Esta palabra es su obra.

Por Alberto Morlachetti

(APe).- Lo que se disfraza de sentido, la tendencia pertinaz del capitalismo de extender y difundir el pensamiento único, la verdad única, el mercado único, el mundo único, nos ha hecho devenir sociedades desalmadas. Sin utopías y deste-rrada la belleza, cualquier alambrado le duele al horizonte.

La universalización de un único concepto de lo justo no ha remediado las injusticias, sino que las ha agravado. Savater sostenía que se ha aniquilado o desfigurado la pluralidad de identidades culturales hasta someterlas todas a un proyecto general según el modelo occidental -más específicamente norteamericano- basado en el individualismo posesivo, el utilitarismo, el consumo y la trivialización espectacular de la vida espiritual.

Jean Ziegler, comisionado especial de la ONU, denuncia con lenguaje numérico que lo que ganan en un año 2.500 millones de personas en el mundo no alcanza a la fortuna actual de las 225 personas más ricas de este mundo. Concentración notable y alucinante de la riqueza. Según Naciones Unidas, 800 millones pasan hambre y 500 mi-llones sufren malnutrición crónica. Una división para eruditos de la miseria: lo que separa a unos de otros es siempre una travesura estadística que generalmente suele ser un mi-serable plato de sopa. Digamos que la cifra de los desespe-ranzados llega a los 1.300 millones. Cifra que aumenta según pasan las horas: el mundo es la conveniencia universal de unas cuantas personas.

La mundialización -dice Pérez Gómez- vuelve a romper el delicado y creativo equilibrio entre universalidad y diversidad cultural al disolver el enriquecedor movimiento dialéctico entre los individuos dentro de su cultura y entre las culturas que pugnan o encantan para ser universales. El individuo se hace humano porque pertenece a una cultura concreta, no por estar dotado de la capacidad abstracta de pertenecer a cualquiera. El hombre se encuentra en una ciudad anónima que no puede mirar ni acariciar, que no tiene calles ni ríos ni rostros. La pequeña aldea donde sobrevive
-luces dispersas de antiguas estrellas- es un espacio que está en ruinas. Sólo las nostalgias de las esquinas que llaman a sus tiernos almacenes.

El mito no debe considerarse peligroso sino cuando desborda su territorio, cuando se convierte en sustituto de la razón, imponiendo sus certezas como incuestionables. Cuando se transforma en dogma o inquisición, reduce a los pueblos a servidumbre o mata.

Sin embargo, las palabras -escribe Foucault- pueden abrirse y liberar el vuelo de todos los nombres depositados en ellas. Rimbaud proclamaba en las barricadas de la Comuna de París, en 1870: ¡Cambiad la vida! Yo creo todavía que vale la pena seguir intentándolo.

Edición: 3858

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