Por Claudia Rafael
(APe).- Aturden los medios con su cantinela imparable en esa carrera feroz por la multiplicación de videos. En la soledad de la habitación, lejos de la adrenalina de la sangre que vende, ella huele una remera, quizás un pantalón. Probablemente se aferre a esa ropa en un abrazo demasiado flaco, que no tiene devolución. Un abrazo que duele. Pero no como esos abrazos que duelen porque estrujan, porque son de ida y vuelta, porque entrelazan cuerpos cálidos o sudados. Su abrazo duele porque es el abrazo de la soledad. Porque es el abrazo vacío. Graciela Sosa, la mamá de Fernando, contó que esta semana le entregaron la valija de su hijo. “Yo la había cargado con tanto amor, que me devuelvan a mi hijo en un cajón y me traen el bolso. No es fácil sacar cada ropa porque había ropa sin lavarse. Lo olía, la ponía para oler y me tiraba arriba. ¿Por qué le hicieron esto a mi hijo?”.

Quizás nunca lave esas prendas en un intento denodado y vano por retener a su niño. Es el olor de los amores. Ese olor intenso al que uno se aferra para retener, para recordar (que no es una palabra simple. Que implica volver a pasar por el corazón).
Ese olor al que apelan los exiliados, los sobrevivientes, los migrantes. Los que viven a pesar de que los crueles hayan arrebatado la vida. Los que cantan, como resignificó Víctor Heredia acerca de su hermana María Cristina, que “a veces siento risas y un perfume en el aire como de mandarinas”.

No se trata sólo de un aroma el que Fernando dejó en esas ropas. Es su esencia. Es el sudor de su piel. Es la huella de su paso por la vida. Es el olor de ese cuerpo joven, vibrante, amado. Es la prueba concreta, más allá de la infinita colección de anécdotas, instantes, recuerdos, palabras dichas o no dichas, tequieros repetidos hasta el hartazgo, desgarros, mates compartidos, fotografías, rebeldías, besos, risas, llantos acompañados.

El olor llegó encerrado en una valija. Entró nuevamente a la casa su olor. Sólo el olor. Sin él. Guardado en esa misma valija que había partido sin ser más que una simple valija casi un mes atrás. Y ahora, esa simple valija llena de ropa limpia y usada desparramó el olor de su niño por toda la casa. Sin pedir permiso y para quedarse.

Edición: 3939

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