Por Alberto Morlachetti

(APe).- Si el paisaje cuelga para los ricos de un marco de ventana, y sólo para ellos, lo ha firmado la mano magistral de Dios, escribía Walter Benjamin. Así sienten y piensan determinados grupos humanos, acopiadores de riquezas, siempre hegémonicos, siempre minoritarios, portadores de una suerte de propiedades “sustanciales”, inscriptas de una vez y para siempre en una especie de esencia biológica que los convierte en dominantes frente a colectivos sociales mayoritarios cuyos comportamientos discrepantes serán siempre inferiores, naturalizando el racismo a través de los tiempos.

El capitalismo como sistema es el lugar de los naufragios, no mira a la transformación del mundo, sino a su destrucción. Establece una suerte de profilaxis social sobre la amenaza que representan los pobres de bienes, los pobres de cuerpos. Ya Ingenieros a principios del Siglo XX centra su atención en la amenaza que representan y propone mecanismos para atenuar su potencial amenazante. “Se impone evitar que ciertos grupos sociales endosen a otros su población criminal; es indiscutible que cada Estado debe preocuparse para sanear su ambiente mediante la defensa social bien organizada y no descargando sobre otros sus bajos fondos degenerativos y antisociales”.

Señala especialmente a la población infanto-juvenil: “Urge cuidar la planta desde la semilla sin esperar que haya retoñado siniestramente”. En el mismo sentido, el Congreso Panamericano del Niño de 1916 reclama eugenesia instando a seleccionar las semillas para mejorar la raza ya que luego los niños serán “detritus sociales”.

-I-

La pasta base de cocaína o paco, no es una droga. Es peor que eso: “es el desecho de una droga”. Surge como residuo de las cocinas o laboratorios en los que se elabora la cocaína, emerge como un resultado de una industria que busca la forma de introducir en el mercado hasta sus desechos, que se mete en el cuerpo y en las almitas de los pibes y los destroza en barrios descartables, con poblaciones descartables, donde los pájaros se pudren en la mitad del vuelo.

Pudo ocurrir en cualquier lugar, pero ocurrió en Villa Urquiza, un barrio periférico al oeste de la ciudad de Córdoba, donde la comercialización se planifica domiciliando un puesto de paco cada dos manzanas. Habitado por hombres y mujeres de la ciénaga “que son como la propia turba del suelo formada con la podredumbre de los años muertos, de los vegetales que no pudieron serlo, de la gente que no pudo serlo”.

“Sólo en enero, diez chicos murieron por consumir paco en mi barrio”, dice Teresa Zamora, militante contra la droga y la pobreza, responsable de la Cooperativa de Carreros de Villa Urquiza quien pide que las nubecitas no metan viento porque las casas se vuelven pedacitos de cartón que se pegan como estrellas apagadas en el cielo cuando las pecha el viento.

Esta nota fue publicada en APe el 3 de abril de 2008. Parece que fue ayer.

Edición: 3380

 

 

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