Por Claudia Rafael

(APe).- Es el poder concentrado. El del hombre frente a la nena. El del policía porteño, robocop estatal con una nueve milímetros como extensión de su cuerpo. El del macho bravío ante la niña. El del hábil manipulador que contacta a una chiquilla por una red social y le hace sentir lo que él cree que ella desea sentir. El del escolta firme y armado en la Escuela de Suboficiales de la Policía Federal “Enrique O´Gorman” que posa en las fotos de la misma red que utilizó para seducir con los brazos extendidos y el arma con que el Estado lo va formateando para matar. El de Orlando Adrián Sánchez sobre Elizabeth Giuliana Anabella Solís Álvarez, de apenas 13 años. Del Barrio Santa Catalina de la chaqueña resistencia. Zona de casas simples, donde el barro anida cuando la lluvia se despliega. Donde pocos resisten a pesar del nombre prometedor de la capital provincial.

El resto serán detalles de una crónica anunciada. Escribas anónimos victimizarán una y otra vez a la niña. Indagarán en sus días. Perseguirán sus pasos hasta llegar a ese motel céntrico en el que ella fue asesinada y él se suicidó. Dibujarán con falsa sensibilidad sus sueños ocultos. Pero no volcarán su mirada sobre la relación asimétrica entre dominador y víctima. Que es la clave de un funcionamiento sistémico del que se sale únicamente rompiendo el círculo que cierra una y otra vez para asfixiar la vida que fluye.

La nena de 13 fue eso. Una nena de 13. Que fue rebajada a la categoría de cosa, de objeto, de nada por un policía. Que no es otra cosa que el brazo armado de un Estado, al que se educa pacientemente para dominar.

El de Elizabeth fue un proceso de sumisión que se asemeja, con distintos condimentos, a todos los procesos de sumisión. En donde se somete a la subjetividad hasta anularla. Hasta arrasarla. Hasta hacer creer que el sometimiento –más o menos desembozado- es un fatalismo inexorable. Y del que, por lo tanto, no hay modo de escapar. Tal vez la clave esté en la ruptura del círculo. Para nacer otros. Para desmontar los entramados de una sociedad que ahoga. Para salirse de la lógica del capitalismo que busca que el sujeto hunda su utopía en los sótanos de la oscuridad. La crueldad usa uñas buenas. Los agujeros del país las pintan con esmalte rojo y las instituciones felicitan de pie, escribía Gelman.

Habrá que llover para arriba para desandar tanta muerte.

Edición: 3397

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