Por Lisandro Amado

(APe).- El maestro hacía con su tiza un redondel en el pizarrón, y Juan trataba de predecir. Decidió que ese dibujo debía ser de una bola, de esas de piedra, que él había encontrado un día entre los aperos del potro del Pa.

Era temprano y el viento que peina los yuyos de la barda se metía fácil por entre los postigos de la ventana del rancho de adobe que oficiaba de aula. Ahí delante, el maestro cerró el círculo, y, con la misma traza tan firme y calma, dibujó una línea que arrancaba a la mitad derecha de éste, y bajaba curvándose hacia fuera.

Ahí se convenció Juan del todo. Ya sabía lo que ese dibujo era.

La vez que se animó a preguntarle al Pa por la bola de piedra, éste lo miró con cara tan seria que él frunció las cejas esperando el cachetazo. Pero en vez de pegarle, el Pa fue al rancho y volvió con esa y otras dos bolas, una soga muy vieja y fea, y tres pedazos de cuero chiquitos y gastados. Juntó las cosas en el suelo, con la soga como una unión entre las piedras, que había apoyado sobre los trocitos de cuero. Dijo que eso se llamaba boleadora, y que había sido el arma de caza del abuelo. Después guardó todo, tan bien, que Juan nunca más lo volvió a ver. Igual de bien se guardó Juan su curiosidad sobre el pasado.

Él estaba seguro que el redondel en el pizarrón representaba esa bola, y, la línea a su derecha, la soga que la unía a otras dos para formar las boleadoras. El maestro se paró firme de cara a la clase. El chiquilín se sonrió expectante. Ahora, imaginó, iba a contar la historia de su abuelo y, quizás, las de todos los abuelos que estaban en el cielo, o dentro de la tierra, o en el país que había escuchado una vez con un nombre raro del que no se acordaba.

- Ésta es la a -dijo el maestro. Luego emitió un largo y claro "ahhhhhh", como de animal llorando. Y Juan se levantó del banco de contento.

- ¡Qué lindo corderito cazó mi abuelo!

No eran bola de piedra ni gemido de cordero, y, de hecho, quizás el abuelo de Juan nunca haya cazado uno de ellos. Juan no supo ese día porqué le dijeron "indio", ni por qué le dio tanta vergüenza que le dijeran eso. Lo mismo que había sentido su padre la vez primera que, recién llegado a esos pagos, le dijeron "chileno". Juan habrá olvidado ese día, habrá seguido parco su destino de pastor, obrero o soldado.

Hijo de esta tierra no reconocido por el Estado.

El viento me trajo ese recuerdo, que me parece ver en ojos de Juanes criados a olvido y nacionalidad injertada.

(*) Mención en el Concurso de Crónicas de Infancia “Alberto Morlachetti”.

Edición: 3372

 

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