Por Carlos del Frade

(APe).- -Careta viva de un pueblo con dolor…

Esas son las palabras del verso de “A mi gente”, una tradicional canción de “Los Olimareños” que suele escucharse en tiempos de carnaval.

A principios de marzo de 2019, cuando los cuatro días “locos” irrumpieron como un largo feriado en estos atribulados arrabales del mundo, en la ex ciudad obrera, portuaria y ferroviaria de Rosario, a la vera del Paraná, surgieron noticias feroces que parecen invertir los conceptos de aquellas simples y bellas estrofas.

-La piba iba caminando por la cortada hacia Avellaneda cuando llegó el auto. Primero le dispararon de frente y cuando el cuerpo giró por los impactos, le siguieron tirando de espalda. Pero no se quedaron conformes. El cuerpo de la piba quedó tirado casi sobre el badén y entonces uno de los sicarios fue sobre ella y le disparó una ráfaga de ametralladora. La remató en el piso – contó un testigo de los hechos que terminaron arrancándole la existencia Miguel Angel Quintana, de cincuenta años y la piba, Emilse Sosa, de solamente dieciséis años.

Solamente dieciséis años. Le atribuían ser la administradora de un kiosko de drogas y por eso la ametrallaron.

¿En cuántos carnavales habrá bailado y jugado, Emilse?.

Fue el viernes primero de marzo de 2019, en la esquina de Manantiales y pasaje 1801, en barrio Alvear.

Dos sicarios bajaron de un auto.

-Estaba toda la gente en la vereda, bajaron dos con metras y dispararon – coincidieron vecinas y vecinos que hablaron con los medios de comunicación rosarinos.

Metralladoras para acabar con la vida de una nena de dieciséis años.

Once fueron las personas heridas.

No hay muchas caretas para ocultarse detrás de semejante violencia desbocada e impune.

Un vecino dijo: “Todo esto, amigo, es por la falopa. Ametralladoras, gente tirando a mansalva. Rematando gente en el piso a sangre fría…como si lo que pasó no hubiera sido ya un desastre espantoso, la ambulancia nunca llegó. Todos los vecinos llamaron. A la policía hubo que convencerla para que se llevaran a los heridos graves en los móviles. Claro, no era para juntar la moneda de los que venden droga. El problema es que acá ya no hay diferencias entre la policía y la Gendarmería. ¿Dónde está la Gendarmería que sólo pasa para apretar a los vecinos, revisar a los pibitos del barrio que todos saben que no andan en nada y le sacan la plata?. Vos tenés que ver como los agarran a los cachetazos. A los mismos vecinos nos revisan cuando estamos en la vereda y si tenés un mango te lo sacan. ¿Y anoche dónde estaban?. Llegaron cuando estaba hecho. Y encima nos querían prepear. Nosotros, los vecinos, estamos solos. Todo acá gira por la moneda. Si tenés la moneda está todo bien. Los gendarmes y los policías son buenos para sacarle la plata a los pibes del barrio o a los mismos vecinos, pero anoche nadie sabía qué tenían que hacer. Dan asco, señor. Asco”.

Contundente relato.

Revelador testimonio de la hipocresía, de la careta que suele ser usado por muchas y muchos funcionarios que recurren a la necesidad de las llamadas fuerzas de seguridad para aplacar los pedidos de un cachito más de tranquilidad en la vida cotidiana sabiendo que los nichos de corrupción en esas instituciones, provinciales y nacionales, forman parte del problema y no de la solución.

-Hay cada vez más gente vendiendo y cada vez más gente que viene a comprar – sostuvo una señora.

El negocio funciona con sus propias reglas de juego.

Y para aquellas que las rompe, entonces, la ametralladora que le corta la vida, como le sucedió a Emilse, de solamente dieciséis años, en una noche de carnaval rosarino.

Donde las caretas, parece, no están justamente en los barrios, sino en otros lugares muy lejanos de esa ferocidad cotidiana.

Donde es muy difícil ponerse una careta viva para ocultar el dolor del pueblo, como suponían los versos de “Los Olimareños”.

Edición: 3830

Recién editado

Libros de APE