Por Silvana Melo

(APe).- El cuerpo de Esmeralda estaba entre los árboles y la tierra de Morillo. Ahí donde alguna vez pasó el tren. Ella tenía apenas 14 años y la única vida que conocía era la de su comunidad. La vida era su vida wichi, el monte, el camino de tierra al pueblo Coronel Juan Solá, las casitas de barro de Misión El Chañar. La vida era esa vida corta, sin mañana a mano, con la oferta criolla tan lejos pero única oferta. Inalcanzable. Esa vida olvidada, confinada ahí, en los rincones del mundo. Y ahí quedó el cuerpo de Esmeralda, muerto a golpes, mientras la ciudadanía registrada en los padrones votaba. Elegía presidente. Y ella muerta por ahí mientras la comunidad la buscaba. Desechada. Prescindida. Antes de su muerte.

Esmeralda es femicidio. Esmeralda es una muerte de 14 años el día de la elección donde el gobernador quería ser vicepresidente. Con su bella familia de bella mansión y galería en la revista Hola. Mientras una de las tantas comunidades originarias de la Salta que se muestra linda –y que oculta una cara hostil y sombría- buscaba a una niña perdida que aparecía muerta en su cuerpo en los caminos polvorientos de la vecina Misión la Cortada (De donde hace cinco años desaparecía sin dejar un solo rastro María Lisandra Albornoz, de doce años). Y entonces la Fiscalía Penal colgaba en su página web que Esmeralda había sido asesinada. A golpes. Tal vez por resistirse a un ataque sexual. Acaso entre miembros de su propia comunidad.

Por ahí pasaba la estación Morillo, hasta que hace más de veinte años talaron el tren con tanta saña como los bosques. Como el espíritu mismo de los montes. Como la vida de Esmeralda.

De los indicios que recogieron junto al cuerpo, dijo la fiscalía, surgieron dos nombres. Dos que fueron los últimos que la vieron con vida. Jóvenes también. Muy jóvenes. Dos que comparten la comunidad con Esmeralda. Y que tal vez estaban reunidos en grupo, en una calle polvorienta de pueblo Coronel Juan Solá. Que a veces prefiere tomar el nombre de su estación muerta y abandonar el del militar.

La desesperanza se encarna en los que van creciendo en las comunidades. No ven para adelante y al futuro se los arrancaron de raíz como a los árboles donde vivían los espíritus. Y no va quedando nada. Más que el agua podrida que comparten con el vecindario, el hospitalito donde no hay nada, la muerte que los encuentra siempre en el camino larguísimo que hay que hacer para salvarse, la bala del criollo, de la policía o de los que quieren echarlos para sembrar.

Se juntan entonces en los caminos polvorientos de las vecindades. Toman ríos de alcohol, inhalan nafta. No hay mucha sofisticación en las sustancias que consumen. Desde la triple frontera los mercaderes y traficantes logran penetrar en los niños originarios por las fisuras del desaliento. Quebranto que comparten con la adolescencia criolla, tan perdida y olvidada como la wichi salteña. El paco y las sustancias rebajadas de pésima calidad les atraviesan el cuerpo y el alma. Los destruyen.

En marzo de 2018 varios chicos de Morillo se prendieron fuego. Consumían alcohol puro, paco, nafta, pegamento. No amanecía nunca para ellos. Las 26 comunidades wichi de Rivadavia banda norte salieron a la calle a buscar futuro. No lo encontraron.

Esmeralda estaba, tal vez, en medio de esa ruina. En una comunidad de la provincia sin gobernador. Mientras la gente registrada en los padrones votaba a presidente. Ella moría en algún camino polvoriento el domingo de las elecciones. Muy lejos del modelo agroexportador que ventea dólares. Muy lejos de la discusión central del 45 % de supuestos castigados que votaron a la derecha. Muy lejos del rebuzno mediático. En la frontera noroeste de esta tierra Esmeralda tenía 14 años y es un cuerpo muerto en un camino polvoriento de la comunidad Misión La Cortada. Un cuerpo golpeado, sometido, estragado. Descartado. Desechado. Prescindido. Mucho antes de su muerte.

Edición: 3974

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