Por Claudia Rafael

(APe).- El hambre sigue siendo una herida en el corazón del país. Fidel Frías, a los 14, murió de hambre. Un hambre que no es sinónimo del plato circunstancialmente vacío en la mesa de los pudientes. De los que parten el mundo en dos y dejan caer por los acantilados de la inequidad aluvional a los que no tienen nada y crecen a puro manotazo de desesperación y desesperanza. Un hambre de diseño, criminalizante, milimétricamente construida para expulsar a los ignorados, a los descartables, a los invisibilizados, a los desoidos.

Fidel Frías fue un niño wichi que esta semana dejó los últimos estertores de su historia entre las paredes del hospital de Tartagal, al que llegó derivado desde el de Santa Victoria Este. Y murió de un hambre vieja como la historia misma de sus ancestros que supieron de un tiempo demasiado lejano en que la naturaleza era su cobijo, los árboles los proveedores de sus frutos; las aguas y la tierra, sus territorios vastos de caza y de pesca. Un tiempo ausente y añejo que quedó anclado en aquel pasado feraz cuando el mundo de los blancos lo conquistó blandiendo la espada y la cruz.

Fidel Frías vivía en Las Vertientes, una comunidad a unos 50 kilómetros de Santa Victoria Este. A 1800 kilómetros de la Casa Rosada. A millones de kilómetros de las marquesinas y las tapas de los diarios que jamás lo nombraron ni lo nombrarán.

Deshidratado y desnutrido. Fidel pesaba 30 kilos y medía 1,53. Las instituciones justifican su muerte temprana señalando con sus dedos criollos que escapó del hospital para regresar a su comunidad y que dos días después, cuando regresó, ya era tarde. Porque “es difícil trabajar y ayudar a la gente por la resistencia de estas comunidades a recibir la asistencia necesaria: se resisten a largos tratamientos, a derivaciones, no aceptan quedar internados, no concurren a los controles de rutina, se fugan” (textual de Marcela Quispe, gerenta del hospital).

Fidel, wichi de 14 años, fue hijo de la tierra robada; nieto de los días de la libertad, heredero del viento y del fuego. Pero la justicia no habla su lengua. Los médicos no dicen sus palabras. Las escuelas no escuchan su tormento. “No aceptan quedar internados”, pronunció Marcela Quispe, de apellido originario y olvidos precoces. Y habló de “la resistencia de estas comunidades” como el delito de quienes se niegan, aún hoy, a 527 años, a ser domados por la mano blanca, la medicina criolla, la cultura ajena, el idioma extraño, el agua maldita.

Hace apenas tres meses, el gobierno salteño festejaba en sus partes y boletines oficiales que llegaba la luz eléctrica a Las Vertientes. Allí donde nació Fidel, el pibe que tuvo nombre de revolucionario cubano y murió de hambre vieja como los siglos.

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