Por Silvana Melo

(APe).- A poco más de un mes de la desaparición de Santiago en la eternidad de la Patagonia, la noticia del procesamiento de seis gendarmes por acá, mucho más cerca, fue condenada a la marginalidad mediática. Es que mientras el Gobierno intentaba sostener enterita la versión desgendarmizada de la tragedia de Santiago, mientras colocaban parches de apuro en un tanque que perdía por todos lados, mientras los uniformes seguían lavados con cloro y jabón blanco por el Ministerio de Seguridad, un título destacado sobre el procesamiento de quienes atacaron –con la lógica del escorpión- a los chicos murgueros de la 1-11-14 hubiera sido colaborar activamente con el derrumbe del relato oficial.

Nunca es cómoda la intimidad del poder político con el brazo represor del estado. Como el escorpión que, aun domesticado, fatalmente va a picar, la violencia institucional está en su naturaleza. La policía, la gendarmería, la prefectura y las fuerzas que el estado en su nacimiento preparó para la guerra, pueden ser cordiales y mimosas bajo el sol. Pero el puñal en la espalda social suele ser inexorable.

Ningún ser humano está preparado para que su brazo termine en un arma mortal. La arbitrariedad es una consecuencia fatal de esa prótesis.

La del 29 de enero de 2016 fue la primera declaración de amor de la Ministra de Seguridad –que no es un ente autónomo sino una pieza más de una integridad con precisión ideológica- a la Gendarmería.

El episodio quedó clarísimo y la misma Justicia lo resume. A eso de las nueve de esa noche pastosa de verano, la murga Los Auténticos Reyes del Ritmo ensayaba el sueño del carnaval. A esa hora una grúa de la Policía Federal entraba al barrio con la escolta de dos patrulleros de Gendarmería. Tenían que llevarse dos vehículos abandonados. La opción era pasar por el espacio ocupado por la prueba de tambor y movida o tomar por un par de caminos alternativos viables. Pero la naturaleza del monopolio de la violencia pública es la arbitrariedad y el ejercicio de un poder que por el arma misma es imposible de enfrentar con éxito. Más si se es niño, con traje de brillos y tambor de lata. Y se intenta tocar otra música. No el programa oficial.

Ellos dijeron que los habían atacado a piedrazos. La banda –la musiquera, no la otra- comprobó que pedir permiso o apartar con gesto agrio pero sin golpes no está dentro de los protocolos de la Gendarmería. Y menos en una villa. Donde la Ministra los necesita bravos para combatir al narcotráfico. Y si es posible, a los niños, a los niños músicos, a los niños avalados por un ejército de piojos, a los mapuches, a los paqueros devastados. Y a sus amigos y a sus simpatizantes.

Al otro día la Ministra fue a visitar a dos “magníficos gendarmes” heridos. En habitaciones del Hospital Churruca. Los pibes estragados por postas de goma se quedaron en sus casas. Un año y medio después, hay seis procesados. Todos de la fuerza preferida por la sensibilidad ministerial.

Primer capítulo del romance. El segundo, brutal, comenzó el 1 de agosto. Cuando después de un operativo de “magníficos gendarmes” un flaco jiposo, de barba larga, tejedor de collares, desapareció del mundo. De inmediato la magnificencia de la gendarmería creó un prontuario del desaparecido: drogado, escondido, parte de una célula terrorista que busca tomar la Patagonia con apoyo inglés, escapado después de incendiar una estancia, agencia del ISIS, muerto por un mapuche o por un puestero de Benetton, paseando en Entre Ríos, haciendo dedo en la Ruta 40.

El amor ministerial apartó a los gendarmes de todo mal. A pesar de familiares, testigos, organismos de derechos humanos, amigos, que sostenían la desaparición forzada con la temeridad de la consternación. Pusieron manos, pies y cálculo político en el fuego por ellos.
Cuando lo edificado comenzó a caerse –a pesar del poder político establecido, de los medios abroquelados, de una parte de la sociedad desaforada por un odio que asombra- empezaron a aparecer teorías de gendarmes. Un mes después. Cuando habrán tenido tiempo de limpiar, esconder, enterrar. Fue increíble ver virar la culpa puesta sobre la víctima, hacia un gendarme que actúa como un velador conectado a 220 que entra en corto. La teoría del loco solitario ha resuelto las tragedias de Kosteki y Santillán y de Fuentealba. Franchiotti y Poblete en las parrillas judiciales dejaron a la crueldad institucional limpia y lista para su regreso.

Ahora la ministra se quemará las manos con siete gendarmes que están en la mira.

Pero la gendarmería será resguardada bajo el cristal de “cuidar a los que nos cuidan”, como a ella le encanta decir. Los empodera y los vuelve inimputables de cualquier imputación.

El problema es que no nos cuidan. Que se cuida a los que persiguen a quienes deberían cuidar. Y a los des – cuidados el estado los castiga y abona la terrible excusa de la moral social de las redes: si no hubiera estado cortando la ruta no desaparecía.


Imagen principal: intervención de una foto de Nacho Yuchark para Lavaca

Edición: 3435

 

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