Por Silvana Melo

(APe).- Cuando la maestra vio las manitos de Giselle, le corrió un frío por la espalda. Que  es por donde atacan los enemigos más  arteros. A esas cáscaras rojas no las conocía. La nena, desde sus diez años de ángel bajado brutalmente a la tierra, la miró. Son de trabajar en el campo, le dijo. Como Ezequiel Ferreyra, que cuando apenas tenía cuatro, sintió encenderse el cáncer en su cuerpito después de juntar huevos entre el guano, la sangre y los agroquímicos en un criadero de pollos de  Pilar. A los seis murió. Giselle tiene las manos quemadas por los agrotóxicos. Porque no sólo la explotan sino que la envenenan. Como a Ezequiel. Hijos los dos de familias de extrema fragilidad, traídas desde Bolivia o desde Misiones bajo la trampa de la mejor vida. Suponiendo que no hay vidas peores que las vividas hasta entonces, suelen aceptar. Y terminan prisioneros de un sistema que necesita esclavos, enfermos y quebrados, que se construye con veneno y con muerte. Que se sostiene en el sojuzgamiento de los más débiles, de aquellos a quienes las otras patas del sistema les vedaron los recursos de defensa y de pelea.

Giselle es parte de esa telaraña, que acopia niños de entre 5 y 12 años, hijos de familias a las que encarcelan en las quintas para que vivan, cosechen, trabajen 14 horas, duerman donde puedan, se choquen con alambres electrificados para no escapar, apliquen agroquímicos, sufran su deriva, los respiren, les caigan en la piel. Porque no sólo los explotan. También los envenenan. Porque el modelo agropecuario, sostenido del sistema como una borla de navidad, se sustenta en su propia toxicidad. Giselle contó, como muchos otros niños de las zonas rurales (donde antes la vida era sana y bella), con una maestra. Que la vio, como las maestras del campo suelen ver a los chicos y no sumarlos a un listado donde son sólo una línea alfabética. Y son las Ana Zabaloy, las Mariela Leiva, las que terminan viendo, jugándose y salvando a los niños individuales en medio del colectivo sistémico.

Giselle vino de Bolivia, arrastrada por el oropel de las promesas. En un transporte trucho, amontonados en el coto de una ilusión mínima, opaca, arrugada. Tan clandestinos como la riqueza de sus explotadores. Tan irregulares como los cimientos de una estructura que sigue en pie, vestida de legalidad y de privilegio, sin retenciones ni aprietes estatales, sin ajuste ni necesidad de vender cuando el dólar anda en alza, esperando como quien especula, es decir, se mira en su espejo.

Giselle vino al sur, por la ruralidad de Berazategui, como Ezequiel al norte, por los alrededores de Pilar. De las 40 personas esclavizadas que encontraron, 22 eran niños. Varios de ellos mostraban cáscaras en la piel como las de Giselle. “Vivían hacinados y en condiciones infrahumanas. No tenían agua caliente y se alimentaban mal. Muchas veces los dueños del campo les mentían a los padres de los niños que se enfermaban, les decían que eran llevados al hospital, pero en realidad los curaban ellos mismos de manera muy informal”. El hombre que lideró el operativo relató detalles que desnudan cómo las aspas del capitalismo reducen la condición humana a guano de las gallinas.

Ezequiel murió hace ocho años. Apenas alcanzó los seis. Era morenito, de ojos oscuros y mirada inquieta. Giselle tiene nombre gracias a su maestra. El resto de los niños fumigados, explotados y cesanteados de la vida como para siempre, no se ven. Hundidos en su sombría fragilidad. Pero con una rara pertinacia en la esperanza que es una aguja para pelearle a un dragón. Sin embargo, los dragones suelen caerse cuando pisan una aguja.

Y en ese milagro hecho a mano se sustenta el futuro.

Las imágenes son puramente ilustrativas.

Edición: 3632

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