Por Silvana Melo

(APe).- La asimilación del valor de la vida de Morena, de un año y medio, y de un smartphone –de extrema fugacidad tecnológica- es una síntesis de la ferocidad sistémica. Tener o no es la diferencia entre la vida en sociedad o la muerte periférica. Tener o no incluye o excluye. Es determinante. Rousseau estuvo convencido de que todos los males de la sociedad moderna –fundamentalmente la desigualdad- nacen en la cuna de la propiedad privada. Un teléfono es capaz de suplir pertenencia y de generar un sentimiento de inclusión capitalista en quien difícilmente pueda asomar de su ghetto barrial si no es para un destino de cárcel o de muerte.

Tal vez sea éste el rayo que atravesó al chico de 16 años –ya convertido en padrastro para la prensa- que mató a Morena, de un año y medio, a golpes. La vida de Morena se volvió apenas un detalle en ese mundo de seminiño en Taboada, un pueblo del profundo Santiago del Estero. Lejos del corazón del mundo. Y de la oficina de dios, que no anda sabiendo mucho de federalismo. Porque lo que construía sentido en la vida de ese adolescente era el teléfono celular. La marca feroz del capitalismo en su vida desierta, que no tiene antes ni después. Sino que es esa pertenencia.

En un pedazo de país donde la mitad de la gente es pobre y el 80 por ciento es manipulada por un estado leviatán que da trabajo y lo quita con voluntad feudal, el sistema crea miserables monstruos. Ni siquiera Minotauros o dragones. Pobres monstruos capaces de matar a palazos y patadas a Morena de un año y medio porque "jugaba con mi celular, lo tiró al piso y me lo rompió”.

Me lo rompió define brutalmente la propiedad y la individualidad. Me lo rompió determina que Morena, de un año y medio, le ha roto intencionalmente acaso el único objeto valioso que lo convertía en propietario y que lo definía como sujeto.

Los privilegiados del sistema tienen muros, alambres electrificados, pitbulls, alarmas y policías en garitas. El pobre monstruo, crío recién asomado al infierno, no tenía cómo pagar una batería securitaria que lo defendiera del juego torpe de Morena, de un año y medio, que jugó con su celular y “me lo rompió”. Ambos fueron niños en un instante. Pero él se volvió miserable monstruo de este mundo. Descarte para la cárcel porque ya es imputable. Y, en un futuro seguramente cercano, huesos para la basura.

Morena no pudo ser. Su madre, su padrastro de 16 años, sus tíos, decidieron esconder el entorno atroz de su muerte.

Pero la mentira duró nada. Y la muerte sigue girando por las siestas hirvientes de Santiago del Estero. Donde un celular concede identidad y trascendencia. Conecta con el ombligo del mundo. Y crea pobres monstruos. Como en el ombligo del mundo. Usina del capitalismo que lo tuvo como protagonista mientras pudo digitar su celular. Hasta que Morena me lo rompió.

Edición: 3334

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