Por Alberto Morlachetti

(APE).- Había una vez unos chicos, donde la gente se doctora y se viste de derecho: Figueroa Alcorta y Pueyrredón.

La Facultad de Derecho nos recuerda arquitecturas señoriales, la cultura greco-romana y la Argentina del pasado.

En sus aulas solemnes se aprenden las normas esenciales de la República: La Constitución, los derechos básicos de la persona humana, la igualdad ante la ley.

Detrás del edificio había unos agujeritos en la tierra, que los niños transformaron en viviendas permanentes. Estos pibes venían del Gran Buenos Aires, donde los derechos son una ausencia. El pan una urgencia cotidiana y distante. Fueron por derecho propio, vecinos de lo humano, cohabitaron el decoro, el aula magna y el desprecio de los pulcros profesores de la norma.

Los pibes como hormigas en el bar de la Facultad, robaban las migas y las tortas, una verdadera rebelión de los hambrientos. Eran ladillas que picaban el saber de los doctos que se rascaban desesperadamente los diplomas.

Los niños más niños una noche entraron a una librería, se robaron la cultura, y todo el dinero. Al día siguiente le habían "arrebatado" la cartera a una estudiante de Belgrano. La joven protestaba contra las injusticias.

El personal de la facultad y los comerciantes decidieron terminar con la rebelión de los hambrientos. La búsqueda fue estéril, era inútil encontrarlos, las grutas vecinas acariciaban el secreto de los pibes a escondidas de la ley.

Los chicos en las sombras, y a manera de protesta, prendieron fuego a un aula del primer piso y las cenizas se llevaron los derechos escritos en papeles archivados, alejados del alma de la gente. Quizás, dejaban atrás, como basura, todos los disfraces con que se vistió la ciudad para engañarlos.

Los depredadores, con un corte de mangas arrancaban los carteles de las agrupaciones. ¡Son la barbarie!, gritó un estudiante de la JUP enfurecido, ¡Villeros! proclamaba la UCEDE. Franja reflexionaba sobre la moral y la Izquierda no entendía.

Los expertos se encontraron. Un Sociólogo disertaba sobre la marginación no contenida, una Psicóloga habló del Complejo de Edipo, una Asistente Social del informe ambiental, pero el gran Buenos Aires estaba lejos de la ciencia.

El escritor Francisco Benavente decía "en las novelas y en los cuentos se puede poetizar con la pobreza; en la realidad, no. Sin la seguridad de lo necesario para la vida, nadie puede responder ni de su misma vida, ni de su honradez, ni de sus afectos más íntimos. Los náufragos no eligen puerto".

Sin embargo, la indignación era una marea que crecía en el alma de los justos. Nadie se hubiese atrevido a invocar atisbos de piedad con los niños. Los catedráticos, opinaban según Spinoza que la piedad es de por sí mala e inútil en un alma que vive según la razón. Hubo que llamar a la policía, convencidos que la democracia no alcanza para todos.

La autoridad se sacó "las ganas", e informó escuetamente al Decanato: "Hemos impuesto silencio a los mendigos". Quizás como dice Nietzche toda cultura superior está hecha de crueldad.

Vuelta la calma a los claustros un viejo profesor, muy cerca del bronce, enseñaba los principios de la Revolución Francesa.

Este relato está lejos de la ficción, ocurrió y es un homenaje a los niños de Pelota de Trapo.