Por Alfredo Grande

Dedicado a Silvana Melo y Claudia Rafael.

(APe).- Freud diferencia melancolía de tristeza. Lo melancólico tiene como marca indeleble la culpa y el reproche.

La tristeza es un desgano del alma, un ahogo penoso, una parálisis del alma. Los textos, como las noches, pueden ser tristes. “No hay tristeza mayor que añorar aquello que jamás sucedió” escribió el cantautor Sabina. Pero quizá haya una tristeza mayor. Y es añorar aquello que alguna vez sucedió. Zitarrosa escribió: “En mi país, qué tristeza, la pobreza y el rencor… Dice mi padre que ya llegará desde el fondo del tiempo otro tiempo… Y me dice que el sol brillará sobre un pueblo que él sueña labrando su verde solar”. En la tristeza, la poesía y la música son la mejor compañía. En algún momento, en un indefinido instante donde la previsible se quiebra para dar paso a la singularidad, la tristeza se hace bronca. Y esa bronca se nutre de muchas broncas, y entonces incontenible el odio al enemigo se hace carne y conciencia. Lo señaló el Che en su conferencia “Uno, dos, tres, muchos Vietnam”.

Nos sometimos al mandato de no odiar, nos sometimos al amor por mandato, y la tristeza nos quebrantó el alma. Pero generaciones enteras, durante décadas y décadas, supieron que había un antídoto poderoso contra todas las formas de la tristeza. Un solo antídoto para curar al alma que tanto te han herido. El antídoto para no ser jamás vencido como pueblo. La unión contra todas las formas de la explotación: la represión, la injusticia, los privilegios, las diferentes formas de realeza. Vínculos deseantes, grupos militantes, colectivos combatientes, se nutrían en la profunda convicción de que el único horizonte que se acercaba era el revolucionario. Todavía nos resulta más fácil hablar de traición que poner el nombre a cada uno de los traidores.

El horizonte quedó petrificado. No se alejó, lo que hubiera sido grave. Tan solo desapareció, lo que fue siniestro. Entonces fue el dolor, la locura, el terror, el desgarro, la amputación de los cuerpos y de las almas. Y cuando la sangre que llegó al río mostró los cuerpos flotando en las tumbas del océano el pánico, que no es un ataque sino la peor de las defensas, fue amo y señor de las vidas. Cuando el temporal se conformó con ser lluvia y viento, entonces nuevamente fue el momento de las tristezas.

La profecía de pisar las calles nuevamente, que nos cantaba Pablo Milanés, comenzó a construirse como un nuevo horizonte de nuevos acontecimientos que propiciaran nuevos horizontes. Y creímos, deseamos creer, que con la democracia se comía, se educaba, se curaba. Pero el virus de las variadas formas del fascismo, virus que he bautizado COVID-1984, se expandió con prisa y sin pausa. Hoy el gatillo fácil, demasiado fácil, las personas que se obstinan en seguir siéndolo a pesar de que la calle nunca será una casa, las mujeres asesinadas con la crueldad de las formas sistemáticas de planificar los sufrimientos, niñas, niños, niñes en los que el hambre cotidiana va moldeando al sujeto del dolor, de la desesperación, de la desolación, de la incomprensión.

El virus de las variadas formas de fascismo, cuyo núcleo fundante es la destrucción de las personas y de las cosas, desde los campos de concentración y asesinato masivo, la quema de libros, la diáspora de los emigrados sin tierra, la maceración de los originarios aplanando la dignidad de pretender seguir vivo, la contaminación del aire, la tierra, el agua, la destrucción de glaciares y la creación de nuevos desiertos. Ese virus planetario había sentenciado a muerte lenta, dolorosa, solitaria, a miles de millones.

El modo de producción capitalista que en su mímesis permanente se hace llamar estado benefactor, democracia representativa, estado ausente, estado de aterradora presencia, ese modo de producción fue enfrentado por las y los valientes de la historia. La tierra con un bostezo brutal se despertaba con marchas multitudinarias, despertando el espíritu de las revoluciones pasadas. Y acorraló, empujó, enfrentó a todas las injusticias, a todas las formas del privilegio. “Nos encontramos en la calle”, decíamos cuando una marcha finalizaba pero sabiendo cuándo era la próxima.

Hoy ya no hay encuentros. La distancia será óptima, pero no es cercanía. El sujeto del deseo, el sujeto de la vida, es sujeto del vínculo. Hoy, y en el mejor de los casos, “nos encontramos en zoom”. Para la mayoría cada vez más silenciosa, el desencuentro llegó para quedarse. No me preocupa en absoluto cuándo termine el aislamiento social, que también es aislamiento político, ni tampoco discutir qué fases de la cuarentena son necesarias.

La mayor tristeza es el fundado temor de que las utopías rebeldes, libertarias, revolucionarias, queden esterilizadas en alcohol en gel y lavandina y los barbijos reemplacen a los pasamontañas. Por eso, muy lejos de tu talento, te invoco querido Pablo porque me di cuenta, dolorosamente, de que puedo escribir los textos más tristes esta noche.

Yo que escribí acusando al mandato de la felicidad, me encuentro dudando del deseo de la alegría.

En nuestras cavernas de 30, 50, 100 metros cuadrados, sepamos que es necesaria la convicción de salir de las cavernas. Nuevamente me acompaña el gran Zitarrosa para decirme “El candombe del olvido, tal vez si yo le pido un recuerdo, me devuelva lo perdido”.

Cuando me animo a futurizar, las tristezas pueden ser un poco menos tristes. No mucho menos. Parafraseando al manifiesto liminar de la reforma universitaria, necesaria para conmover a la universidad medieval, “las tristezas que quedan son los alegrías que faltan”.

Mi vida actual no es la vida que elegí desde por lo menos 50 años. Los primeros 22 fueron elegidos por una mezcla de azar y tragedia. Y la enorme tristeza de saber que no creo que me devuelvan lo perdido.

Por eso leo, aun sabiendo que la tristeza seguirá siendo tristeza, los versos de Pablo Neruda: Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Edición: 4028