Por Bernardo Penoucos

(APe).- En el mismo viento en que Jazmín pujo a su hijo, su hijo abrazaría la frialdad de un plomo perdido. Las esquirlas, que regodeando se fundían en el fango, determinaron para siempre la vida del barrio y la vida de todos. Morir suspendido por el zumbido de balas cortando el viento, dejarse caer sin más ante la violencia sólida del desamparo primero, de la ambulancia después, del fondo de la tierra y del fondo de la mierda.

Como en una sátira languideciente, los pibes de lo invisible abrazan el consuelo del poxirran primero y de la pasta base después, como niños enfurecidos y en patas van arrebatando escondites mientras se secan las lágrimas tibias que prolijas se deslizan por las mejillas. Han perdido el amor y el amor los ha perdido, desde sus ojos cansados y suspendidos buscar la palabra pero no la encuentran, buscan el motivo pero no lo hay. Han sido paridos por la desgracia del descontrato, para ellos los bordes y para ellos nada. En esa nada han crecido, zigzagueando entre los vagones, trepados a nubes toxicas, enterrando sus juguetes.

Inseguridad, esa poción y ese artilugio, esa herramienta paria que el poder se ha encarnado para desnombrar a quienes siguen sin nombre, para despersonalizar a quienes ya han sido arrancados de toda subjetividad.

Allí están, malabareando en las sombras, chistando, tosiendo, inventando un camino ante la ausencia de todo.

Edición: 3371

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