Por Carlos del Frade

(APe).- El arquerito ecuatoriano es alto y se estira todo lo que puede pero no llega a impedir que la pelota arribe a su destino, a besar la red, el imperativo que tuvo el autor del disparo, el rosarino de nacimiento Lionel Messi. En una Bombonera vacía, con la ridícula banda sonora de partidos anteriores, la Selección Argentina de fútbol comenzó su aventura hacia el Mundial de Qatar con ese penal pateado por el muchacho que nunca llegó a debutar en la primera de su club de origen, Ñuls, de la ex ciudad obrera de Rosario.

El 7 de septiembre pasado, una investigación periodística ampliaba el presente de ambos clubes rosarinos, aquellos que durante décadas fueron definidos como las canteras del fútbol argentino.

Decía el excelente trabajo: “El dato llama poderosamente la atención. Y más allá que todavía no haya terminado el 2020, es casi un hecho que por primera vez en la historia, en la misma década, los clubes rosarinos de gran convocatoria en el fútbol argentino, los leprosos y canallas, terminen con mayor cantidad de incorporaciones que futbolistas que debutaron surgidos de las divisiones inferiores”.

Agregaba que “aunque parezca mentira, la fábrica canalla y la usina leprosa no producen como antes. En el periodo 2011-2020, tanto Newell’s como Central contrataron tantos futbolistas de afuera que postergaron a los productos de la cantera”.

Enumeraba que “de los 125 futbolistas que se estrenaron en Rosario Central en los últimos 10 años, 75 de ellos (el 60 %) no hicieron las divisiones inferiores en el club. Mientras que de los 124 jugadores que jugaron su primer partido en Newell’s en esta década, el 52 % de ellos (65 players) no conocían lo que era jugar en Bella Vista”, sostenían las cifras.

El caso de Messi es único en múltiples dimensiones, especialmente porque alcanzó eso que se denomina “el éxito”. La pregunta, una vez más, desde la cancha chica del fútbol se inscribe en la cancha grande de la realidad, ¿qué pasó con cientos y cientos de pibes que no llegaron a debutar en primera ya sea con la rojinegra de Ñuls o la auriazul de Central?

En un año atravesado por la pandemia del covid 19 y la democratización de las balas y las armas, la ex ciudad obrera estuvo plagada de historias que también revelaban que muchos de los pibes asesinados habían soñado con debutar en sus clubes pero que por intereses siempre presentes, quedaron afuera. Con el tiempo terminaron alojados en las crónicas policiales.

Cientos de millones de dólares pasaron por las arcas de Central y Ñuls en los últimos veinte años pero sus economías siempre están a punto de descender.

Los datos reveladores de la investigación periodística denuncian que ambas instituciones, como tantas, se convirtieron en lugar de tránsito para que decenas y decenas de muchachos sean títeres de empresarios que los usan para multiplicar su dinero.

Los viejos logros deportivos de Ñuls y Central estaban vinculados a la suerte colectiva de lo que sucedía en la cancha grande de la realidad rosarina, corazón palpitante del cordón industrial más importante de América del Sur después de San Pablo, en los años setenta.

Las viejas identidades futboleras que caracterizaban a leprosos y canayas forman parte de la melancolía de una ciudad obrera con pleno empleo que hoy no es.

El fútbol, cancha chica de la realidad, se ha convertido en las últimas décadas en síntesis del modo de acumulación capitalista en la cancha grande de la historia.

El dinero se multiplica desde el dinero, no desde la producción y el trabajo.

La lógica del casino.

La ficha que va a la ruleta de la especulación alimentando un feroz sistema financiero que se traga todo.

Entre otras cosas, la identidad maravillosa que tenían Central y Ñuls cuando salían campeones con mayoría de jugadores surgidos de las inferiores.

La soledad de la Bombonera vacía, las tribunas llenas de fantasmas, exhiben los efectos de una pandemia que en lugar de ser causa, parece ser la consecuencia de un sistema que enferma y entristece.

Los pibes que no debutan en los clubes rosarinos, en realidad, expresan el resultado del permanente enfrentamiento entre el capitalismo y las grandes mayorías que resultan goleadas, como Rosario, la ciudad goleada.

Edición: 4096

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