Por Alfredo Grande

(APe).- Moliere escribió “El enfermo imaginario”. Lo imaginario organiza una mirada de la realidad que, para hablar en criollo, da para todo. La única condición es decirlo en forma solemne, con cara de constipación crónica, preferentemente con una computadora portátil enfrente, varios alcahuetes alrededor que dicen sí con la cabeza hueca y genuflexa, y tomando café a pequeños sorbos, como si tuviera la cicuta que merecerían tomar. Imaginario es el territorio fértil del funcionario. Se apoya en un real incorporando elementos no reales que pasan a ser considerados reales. Algo así como un delirio, pero cotidiano. Y de tan cotidiano, pasa a ser crónico. Y toda cronicidad “es lo que hay”.

La cultura represora adora la cronicidad. Lo que se repite. Lo que siempre fue así y siempre será. Siempre habrá pobres entre ustedes y siempre habrá ricos entre nosotros, dice el credo liberal y delictivo de la nobleza nada gaucha. Por lo tanto sumamos al alucinatorio político social el cronicario: mezcla de crónico y de funcionario. Creo que merece ubicarse primero en ese listado demasiado extenso a Carlos Saúl Menem, la comadreja de los llanos (Pino Solanas dixit).

Condenado por la lentísima justicia, sigue siendo candidato eterno. Vitalicio, cual Pinochet argentino. Morirá con la dieta de senadorpuesta. Y, cual posmoderno Mio Cid, aun muerto asistirá a las sesiones de la cámara. Sin hablar. Como ahora. Ninguna diferencia.

El cronicario incluye mutaciones interesantes. De montonera a gendarme ministerial. No sé si siempre tuvo alma de gendarme, pero si sé que ahora sepultó su alma montonera. Preocupada por no tirar a un gendarme por la ventana. Pero nada preocupada, ni triste, ni deprimida, ni contrariada, por haber tirado con balas de plomo hacia población indefensa. Por lo tanto ha mutado para ser crónica sostenedora de la más absoluta impunidad. La impunidad estatal. O sea: la cobarde impunidad estatal.

El Estado Represor se ha sacado la piel de cordero democrática. El Estado en forma explícita, ya que implícita lo ha hecho siempre, ha salido a asesinar. Con variantes: bala, allanamientos, secuestros, torturas, difamaciones e injurias calificadas. Todo el aparato de coerción, de sometimiento, de exterminio, al servicio de la canalla gringa. De afuera y de adentro. Creen en la propiedad privada de aquello que ni siquiera es propiedad pública. Apenas es de uso, sin abuso, comunitario. Pero para el cronicario liberal la propiedad privada es fundante. Madre podrá haber una sola, y en cierto sentido es un alivio. Pero propiedades hay muchas. Porque tierra y vivienda, trabajo, salud, no son necesidades y por lo tanto derechos, como afirmó Eva Perón.

Son negocios, son industrias, son estafas. Son generaciones diezmadas por el progreso cínico y cruel que evangeliza con la cruz y la espada, con la publicidad y la picana, con la falsedad y las estadísticas. Pero ese progresismo imbécil, consumista, comprador y eyaculador precoz, apto para todas las formas del endeudamiento fácil, ha decretado la solución final de lo ancestral. De la resistencia al represor. De lo comunitario originario. Civilización burguesa o barbarie clasista. El cronicario hablará de las instituciones de la república.

Ya sabemos que la república está perdida. Y no justamente por el terrorismo de estado. Sino por su crónica continuación en las formas ritualizadas de la democracia restitutiva. O sea: anti representativa. Si pensamos a la desaparición forzada de personas como un analizador, entonces es la cultura represora en su máximo desarrollo. Desaparecer al semejante es la represión – solución final. Entonces podemos pensar en una nazidemocracia. Podrá no haber nazis (lamento Biondini si te ninguneo) pero siempre habrá nazismo.

Las villas de emergencia son campos de concentración. Más allá que los urbanicen, y sobre todo si los urbanizan. Porque es darle la cáscara de la urbe ciudad para que encima, no tengan de que quejarse. Y para quejarse llame a un 0800, que al menos podrá insultar a la operadora. Que aun siendo robot o humana o ambos, está programada para escuchar todo y no darle pelota a nada. La cultura represora ha producido un envés de la gendarmería. Ahora la frontera es interior. El enemigo que está afuera, aunque no se sabe bien dónde, no interesa. Siempre se puede negociar. El hecho maldito de la cultura represora es su enemigo interior. Y mucho más si es ancestral.

La raza maldita de asesinos y ladrones ahora exhibe la pornografía de un título de propiedad. Alguien le vendió algo a pensar que no era el dueño. Estafa colosal que forma parte del cronicario social y político. Entonces el problema puede ser un gobierno. Incluso éste. Pero no es el único problema. Y no es el mayor problema. El problema – dilema es el Estado, la continuidad de las acciones, compromisos, pactos, préstamos, que el Estado suscribe. Y el Estado no somos todos. En realidad, el Estado son muy pocos. En la Patagonia el Estado es Benetton. Y su bandera son los logotipos e isotipos de la empresa. Toscani, publicista, inventó la campaña United Colors of Benetton. Crueldad y cinismo unidos. Pero aclara y no oscurece.

Para el cronicario nazidemocrático la frontera interior son los mapuches, los wichis, todos los pueblos originarios y quienes lo defendemos. O al menos, no los atacamos. Para nosotros, la frontera interior son los gendarmes y todas las fuerzas de seguridad que no se van y siempre volverán. La Insistencia Armada Nacional. El cronicario represor de todo ejército de ocupación. Esa es la verdadera grieta. Que cada uno elija su lado en esta historia. Y la historia dirá a quien absuelve.

Edición: 3433

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