Por Carlos del Frade

(APe).- -Nosotros vamos a buscar a las chicas y los chicos decenas de veces para que vuelvan a la escuela y más allá de lo que nos dicen las supervisoras, los números de los alumnos que supuestamente vuelven a estudiar y las promesas de los equipos interdisciplinarios, estamos muy solos y con las manos vacías para lograr el regreso de ellos a las aulas – dice la profesora mientras resiste que las lágrimas le salten. Tiene una indiscutible pasión por la docencia y un sólido afecto para las chicas y los chicos de los barrios periféricos de Vera, norte profundo de la provincia de Santa Fe, el más grande de los departamentos de la segunda geografía argentina.

Apuesta a una necesaria ley provincial de educación y sabe que los problemas de la desigualdad atraviesan lo que alguna vez le enseñaron en ese tradicional instituto superior de profesorado donde insiste todos los días en construir esperanzas.

Los estudiantes de educación inicial, economía, historia y otras disciplinas creen en esa fuerza todavía invicta de la escuela pública pero son conscientes que hay una brecha grande entre lo que se dice y lo que después aparece como estatura real de las preocupaciones a partir de los números del presupuesto.

-Hay que jugarse por los pibes – insiste Javier Barbona, el educador popular que en los últimos años se hizo cargo de las chicas y los chicos del primero “F”, es decir, de aquellos que nadie quería y por eso los agruparon en un curso cuya letra marca la distancia que querían imponerles del resto de las alumnas y los alumnos “normales”.

Sin embargo, Javier y sus compañeras y compañeros se las ingeniaron para darles un espacio en la construcción de tambores, paso previo a un concurso que luego nunca llegó. Cuando las autoridades vieron a “los del F” trabajar con tanta responsabilidad y respeto no podían creer ese clima logrado a fuerza de una pregunta inicial, indispensable: qué quieren hacer. Sin embargo, los tambores no pudieron ser escuchados porque no les dejaron participar de las olimpíadas donde querían estar. Los tambores que se quedaron en silencio en Vera parecen ser la metáfora de la indolencia de funcionarios que están más cómodos en lejanos escritorios que escuchando las urgencias de pibas, pibes, maestras, maestros, profesoras, profesores y directivos que se juegan todos los días por el corazón palpitante de las escuelas que son las alumnas y los alumnos.

A menos de diez kilómetros hacia el sur de Vera, está el paraje llamado Espín, nombre que recuerda un guerrero mocoví, una localidad de 55 casas y 300 personas, síntesis de dos estancias, lugar que produce, vende y exporta agua. Un oasis que según la leyenda es consecuencia de un río subterráneo. Todavía pueden escucharse cotorras, perros y garzas, mientras la gente se acerca a la escuela primaria para hablar de aquello que los angustia, la presencia casi permanente del negocio de la marihuana que empieza a cambiar la vida a las chicas y los pibes de ese lugarcito querible y entrañable del norte santafesino.

-No se qué hacer con mi hijo. Ya está perdido…me roba para comprar droga…no se qué hacer…-dice con valentía una mamá en la ronda que se hizo para escuchar al cronista que cuenta algunas de las cosas aprendidas en más de veinte años de descubrir ciertas pautas del negocio del narcotráfico.

La señora entiende que el negocio del narcotráfico no es una cuestión moral ni tampoco responsabilidad de desviaciones individuales, sino que forma parte del desarrollo económico a gran escala y que tiene una línea de venta que proviene de la ciudad de Vera, donde nichos corruptos de la política, la justicia, la policía y los empresarios lo hacen posible.
Cuesta entender que en un lugar tan maravilloso y tranquilo como Espín, el negocio haya llegado pero el capitalismo diseña sus estrategias de ventas de acuerdo a cada sitio de la geografía planetaria.

-Tenemos que hacer talleres, un polideportivo y generar trabajo – concluye otra mamá que sostiene la necesidad del compromiso comunitario por encima de los esfuerzos particulares.

Tanto en Vera como en Espín, a pesar de los pesares impuestos, el cronista está convencido que el presente parirá nuevos amaneceres, hijos directos de la conciencia, el amor y la búsqueda de la igualdad y la justicia.

Fuentes: Entrevistas propias del autor de esta nota.

Edición: 3357

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