Por Carlos Del Frade

(APe).- Domingo Giménez tenía 61 años y murió carbonizado el miércoles 27 de diciembre de 2017, cuando se produjo una explosión en una de las celdas de las multinacional cerealera Cofco, propiedad del estado chino, en la fábrica ubicada en Puerto General San Martín, a menos de cuarenta kilómetros al norte de Rosario. El viernes, como consecuencia de las quemaduras, Juan Castillo, de cuarenta y dos años, tampoco pudo seguir vivo. Casi una quincena de heridos y una interminable lista de explicaciones que siempre llegan tarde. Ya en diciembre de 2016, en otra planta de la multinacional china, en Timbúes, Gustavo López, de solamente diecinueve años, perdía la existencia como consecuencia de un incendio. Ninguno de los tres debió morir.

La empresa escribió un comunicado de prensa a propósito de la segunda víctima: “Nos entristece saber que hemos perdido a un segundo colega en este trágico accidente… Los equipos de COFCO International están ayudando a los afectados y ofreciendo apoyo a las familias. Todas las operaciones en Puerto General San Martin han sido suspendidas. Todavía no se sabe cuándo se podrán reanudar. Se inició una investigación sobre la causa del incidente. COFCO está cooperando con las autoridades locales”, sostiene la firma que se quedó con Nidera y Noble en los últimos cuatro años.

¿Cómo será la cara triste del titular de la multinacional china que ni siquiera se conoce su nombre?.

Habrá que decirle al compungido empresario que su tristeza pudo no haber existido si solamente invertían en higiene y seguridad industrial, si mínimamente protegían a los productores de sus riquezas, por lo menos en estos arrabales del mundo, a los trabajadores de Puerto San Martín.

El balance del año 2016 le dio un excelente resultado a Nidera Cofco. Vendió por 30.121 millones de pesos; a razón de 83 millones de pesos diarios; 3,5 millones de pesos por hora; 58.103 pesos cada sesenta segundos. Una fenomenal cantidad de dinero que marca el tamaño exacto de la responsabilidad empresarial en un hecho que es consecuencia de la desidia, negligencia y desprecio por la vida de los trabajadores de parte de la misma multinacional.

Por eso la tristeza de la multinacional aparece como gesto impuesto, bordeando la hipocresía.

No hubo “trágico accidente”. La palabra tragedia deriva del griego y significa ofrenda a los dioses para que no castiguen, caprichosamente, a los seres humanos. La tragedia, entonces, es una castigo divino. Las muertes de Giménez y Castillo y la del pibe López no fueron obras de dioses borrachos sino de la decisión empresarial de no poner el dinero suficiente para cuidarlos.

Ahora Cofco International dice que “está ayudando a los afectados y ofreciendo apoyo a las familias”. Tuvieron que hacerlo de manera cotidiana consolidando los necesarios elementos para la prevención de accidentes.

Porque así como son necesarias las estadísticas, es muy importante pensar en esos números.
Tener cifras es fundamental pero es imprescindible analizar qué dicen esos datos.

La Superintendencia de Riesgos de Trabajo de la Nación, desde el kirchnerismo al macrismo, viene marcando que la mayor cantidad de accidentes laborales se verifican en las grandes empresas. Eso quiere decir que hay que hacer controles más serios, más seguidos y más contundentes en las grandes empresas. Sin embargo, en cualquier lugar de la Argentina, se verifica que el mayor control se hace sobre el chiquitaje, con los que menos poder económico presentan. Y esa subordinación ante el gran capital termina siendo una forma de multiplicar los siniestros laborales.

También hay que pensar hasta qué punto las leyes argentinas, en líneas generales, y las provinciales, de manera particular, son cumplidas por las grandes firmas. No es casual que solamente el 15 por ciento de los trabajadores estén afiliados a sindicatos mientras trabajan en las grandes empresas. La democracia, con sus 34 años de vigencia, no entró en las grandes empresas. Las leyes se quedan de la puerta para afuera. Y esa deuda con el pueblo se paga en muertes como las de Giménez, Castillo y López.

Lo que explotó en Cofco, en Puerto General San Martín, entonces, no es una celda que aloja cereales, sino una notable sucesión de desprecios, complicidades y cobardías ante el gran capital.

Por eso la tristeza de la multinacional no es más que una careta infame que, alguna vez, habrá que dejar de lado.

Fuentes: investigaciones del autor de esta nota; diarios “La Capital”, “El Ciudadano”, “Rosario/12”, de la ciudad de Rosario, entre el jueves 28 al sábado 30 de diciembre de 2017.

Edición: 3525

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