Por Bernardo Penoucos

(APe).- Brotan los especialistas del todo y se refriegan las manos de morbo esperando el tercer muerto, como quien espera una pronta confirmación, como quien se relame en las sobras de la tragedia ajena.

Los medios confirmaban 30 personas muertas, luego 7, mas tarde 14; mientras los familiares de casi todas las provincias del país entraban en pánico pegados al televisor, sin saber a ciencia cierta si sus hijos e hijas volverían a su aposento o no.

Hace rato que nos cuesta querernos más y hace rato que no nos quieren tanto, por eso es que sobradas veces caminamos hacia espacios en los que, lamentablemente, no se piensa mucho en nosotros, no se nos tiene mucho en cuenta. Sabido es que mientras ingresamos a un espectáculo como el de ayer vemos desmayados a decenas y cientos de mujeres y hombres o vemos la ambulancia trasladando a otro que también es nosotros o nos bancamos pasar corriendo esquivando a un policía para que no sacuda el palazo, o tenemos que saltar un tablón para no morir estrujados en el intento de una salida.

Este fin de semana –y en Tandil, cuando estuve, pasó algo parecido a lo que hoy me cuentan amigos y familiares- la gente se asfixiaba en la salida y cortaba campo adentro tirando vallas y personas para encontrar la bocanada de aire necesaria, ante la ausencia de cualquier tipo de asistencia médica y de organización.

Ante la ausencia de todo y la presencia de nadie.

No es necesario este sacrificio, no hay que asumir a veces el riesgo, porque no hay causa a la vista que exija una patriada de tamaña envergadura.

La comunidad que se genera en los recitales del Indio es divina y ya forma parte de un mito inamovible en la historia del rock nacional, pero también son trágicas algunas otras cuestiones que las más de las veces ensombrecen cualquier motivo, viaje, distancia o devoción.

Hace un año, en Tandil, el Indio gesticulaba no poder creer la presencia de ese tsunami, de ese océano de gente reverenciándolo. Afirmó en tono sincero no poder hacerse cargo de lo que él mismo genera y claro está, difícil es hacerse cargo de esas cientos de miles de almas que cruzan la tierra argentina-y algunos el continente- para venerarlo y disfrutarlo. Él también, digámoslo, es un mortal como nosotros.

Pero lo cierto es que no hay que seguir esperando que ocurran bellos milagros que supuestamente nos merecemos. El tema está en el más acá, en ese empezar a cuidarnos de veras. En ese legitimarnos como comunidad, como ciudadanía activa y pensante. Allí debería de residir todo ese pensamiento político y crítico que Los Redondos y el Indio nos han compartido en este viaje a través del arte. Desde allí hay que empoderarse para construir, de una vez y para siempre, el respeto que nos merecemos como público, como ciudadanía y como seres humanos.

Válido y legítimo es el mensaje que comunica el “cuidarnos entre nosotros”. Pero a veces no alcanza; a veces, a la solidaridad de un público masivo hay que acompañarla con una presencia del Estado en sus distintos niveles. Y eso, en Olavarría no ocurrió, no existió y hubo que improvisar como en tantos otros eventos masivos. Y muchas veces en la improvisación reside la desesperación y la desesperación, claramente, nunca es un buen augurio.

Esta vez, algunas despedidas, tuvieron poco de dulce y mucho de dolor.

Edición: 3353

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