Por Carlos del Frade

(APe).- El 28 de noviembre de 1972 era secuestrado Àngel “Tacuarita” Brandaza, militante del Peronismo de Base y se convertía en el primer desaparecido de los años setenta. Fue en Rosario y el grupo de tareas que lo chupó estaba comandado por Agustín Feced e integrantes de la policía provincial y del lumpenaje de aquellos tiempos, cuando la ciudad todavía era obrera, portuaria, ferroviaria e industrial. Policías, militares, civiles regenteados por sindicatos y delincuentes de diversas dimensiones, compartían la densidad de las calles y crecerían vendiendo su violencia organizada.

Densidad rosarina y fuerzas de tareas donde todos sus integrantes estaban mezclados…

Cuarenta y cinco años después, en el lugar con igual nombre pero con otra geografía, fruto del saqueo de los espacios laborales, sin trenes ni talleres, con un puerto que le da trabajo a casi la décima parte en comparación con aquellos días del secuestro de Tacuarita; el juicio a la banda de Los Monos vuelve a mostrar esas organizaciones en las que policías y civiles violentos hacen negocio, ahora, a través de la democratizada actividad del narcotráfico.

Este martes 28 de noviembre de 2017, el ya retirado comisario mayor Raúl Sacone, con treinta años de experiencia policial y abogado desde hace siete años, testigo en la causa en que se juzga a la banda como asociación ilícita, expuso la precariedad científica de la fuerza de seguridad de la provincia al manifestar un profundo desconocimiento sobre lo que hacían sus subordinados en la llamada División de Judiciales, la que llevó adelante la mayor parte de la investigación de los negocios de la familia Cantero.

Florecieron en el desarrollo de la audiencia las figuras de los “dateros”, “informantes” y hasta se habló de “la fuga de datos de personal policial” a cargo de otros policías.

La Santafesina SA, aquella forjada en los tiempos del “comandante” Feced, empieza a ubicarse como parte del problema y no supuesto auxiliar de la justicia.

Y una vez más son las palabras que se dicen las que revelan ciertas políticas. Sacone dijo que el asesinato de Martín “el Fantasma” Paz, en septiembre de 2012, fue “impactante” y por lo tanto le dieron prioridad. Ese adjetivo marca un principio de explicación: hay crímenes comunes y otros “impactantes”, es decir que pueden alterar el humor social. No hace mucho, el prestigioso criminólogo y actual asesor de seguridad del gobierno de Santa Fe en materia de seguridad, Marcelo Saín, explicaba que todas las administraciones necesitan una tasa de homicidios tranquila. Que no haya homicidios impactantes y que produzcan convulsiones, movilizaciones, reclamos, cuestionamientos. Esa tasa de homicidios tranquila se logra con la menor cantidad de asesinatos impactantes. La “División” o “Brigada de Judiciales” comenzó a actuar porque la percepción política que el crimen del “Fantasma” Paz podía alterar la tasa de homicidios tranquila.

Durante más de dos horas, el ex comisario Sacone repitió varias veces que no sabía ni recordaba lo que hacían sus subordinados ni tampoco pudo describir cómo, quiénes y qué hacían los dateros o informantes.

Las preguntas de los fiscales y los abogados de la Banda pusieron en evidencia esa densidad donde policías, violentos y narcos parecen convivir sin mayores problemas. Hasta parecía necesario investigar a los investigadores. El viejo juego de policía y ladrón dejaba de tener sentido en el cúmulo de palabras dichas y escuchadas. Los límites nunca fueron claros ni precisos. Los métodos policiales no fueron claros ni precisos.

“No tienen pruebas”, fue la frase repetida entre los defensores de Los Monos. Y sobre esa idea cabalgarán durante los meses que durará el juicio.

-Se llevaron una tabla de planchar – gritó en dos momentos, Lorena Verdún, ex pareja y mamá de tres chicos del “Pájaro” Cantero, asesinado el 26 de mayo de 2013. La tuvieron que desalojar de la sala donde se desarrolla el juicio. Antes de irse, Lorena le dijo al juez que el testigo “era una vergüenza” y que “debía estar preso”.

-La realidad supera la ficción…hay que buscar debajo de la olla – sostuvo el ex comisario. El problema no es lo que se cocina en la olla, sino el fuego que la calienta. Extraña pero interesante definición de lo que se investiga en este juicio. ¿Qué es lo que calienta el guiso que se cocina en la gran olla rosarina?. Curiosa y atrapante imagen.

Y una vez más, la manera de recolectar información de parte de la División de Judiciales fue otro punto oscuro. No fue aclarada ni mucho menos. La sempiterna mención a la “información de calle” tampoco tuvo descripción. “Los subordinados deben saber”, dijo el ex comisario.

En otro punto del relato, aparecieron menciones a negocios en forma conjunta entre el “Monchi” Cantero, el policía “Chavo” Maciel y parte del Comando Radioeléctrico, al mismo tiempo que se repetía cómo se fugaban datos personales de la mismísima policía hacia los integrantes de la banda. Todo mezclado. Una ciénaga.

Pura densidad rosarina de la ciudad que dejó de ser obrera, portuaria y ferroviaria, como en aquellos tiempos de la desaparición de Brandaza, pero que supo mantener, cuarenta y cinco años después, las distintas “fuerzas de tareas” siempre vigente.

El negocio de la sangre, el negocio de la violencia y el flujo de dinero, ahora, en la nueva geografía, a través del narcotráfico.

Sangre y dinero, la vieja lógica del viejo sistema capitalista.

 

Fuentes: Audiencia pública de la mañana del 28 de noviembre de 2017 en el nuevo edificio de la Justicia Penal rosarina. “Desaparecidos, desocupados” y “Ciudad blanca, crónica negra”, del autor de esta nota.

Edición: 3497

 

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